13 de diciembre del 2017
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No todos eran fachas. Yo tengo muchos amigos que han ido y no son de derechas“, me decía un amigo jerezano afincado en Barcelona sobre la manifestación del 8 de octubre. Y tenía toda la razón. No todos eran de derechas ni fachas, pero también es cierto que la convocatoria venía alentada, promovida y financiada desde partidos, movimientos y asociaciones de derecha y extrema derecha. 

Al igual que en su inicio, el 15M era un movimiento nacido en el entorno 2.0 y principalmente antisistema (sí, sí, antisistema), una explosión ciudadana que más tarde se ramificó y se difundió por terrenos del descontento social —gente harta de que el bipartidismo de Rajoy y Rubalcaba le robara a manos llenas, gente arruinada, ninguneada, hastiada con la clase política—, este 8 de octubre es una reacción principalmente nacionalista, de carácter ultraconservador que se extiende y se propaga gracias al sentimiento de catalanofobia y la interpretación rígida de la Constitución del Régimen del 78 y de sus leyes.

El 8 de octubre ha jugado bien sus cartas, hay que subrayarlo. Ha utilizado métodos propios del 15M (una potente difusión a través del boca a boca, de la mensajería instantánea y las redes sociales) y se ha aprovechado de todas las ventajas y recursos que les proporciona el establishment.

Recapitulemos: El Partido Popular, Ciudadanos y algunos movimientos sociales de extrema derecha organizaron viajes masivos en autobús. RTVE, Atremedia y Mediaset, más las televisiones regionales (Canal Sur, Telemadrid, etc) y los periódicos locales, han confeccionado un agresivo, virulento y alienante relato no solo contra el independentismo, sino contra todo lo que oliera mínimamente a referendum. Las élites financieras también han jugado sus cartas. El IBEX y las empresas afines al Régimen del 78 han hecho cálculos y están trasladando su sede a otras latitudes de España, no solo como medida de presión, sino también como lifting publicitario.

Rajoy y Zoido han impulsado una posverdad en la que la Policía y la Guardia Civil (cuya actuación en el referéndum el Gobierno podría habérsela ahorrado evitando conflictos), que repartieron estopa de una forma tan salvaje que alarmó incluso a la ONU, son hoy héroes, unas pobres víctimas de la población catalana y más concretamente de las CUP. Hay funcionarios públicos tan lobotomizados que aseguran que Terra Lliure, alentada por ETA, está detrás de todo esto. Hay fascistas campando a sus anchas, como hoy en Valencia, que de repente se autoproclaman defensores del pueblo. El 8 de octubre ha escrito una distopía vulgarota y absurda que ha calado hasta los huesos. ¿Por qué? Por dos factores: una simplificación abrumadora del relato (independentistas terroristas que quieren acabar con tu país y tu familia) y el viento a favor de la aparatología mediática (miles y miles de mensajes antisoberanistas en forma de lluvia torrencial).

Cuando algún movimiento político hace tambalear el sistema este actúa con una contundencia brutal.

Le sucedió a Podemos, que vio como resucitaron de la nada un partido político para contrarrestarle (“necesitamos un Podemos de derecha“, y surgió Ciudadanos) y cuya relación con los medios de comunicación es una tortura china cada día, y le está sucediendo, en otro contexto más complejo y apasionado, a las fuerzas independentistas, caricaturizadas para el resto de España como ambiciosos terroristas que solo quieren “la pela” y que pretenden hacer añicos nuestra estabilidad.

 

El 8 de octubre ha tenido un efecto aglutinador que no debería sorprender (al fin y al cabo en España gobierna quien gobierna, no nos engañemos) pero que tiene un carácter insólito: Nunca se había visto a la derecha tan organizada y ocupando las calles. La gran mayoría de gente que acudieron a la llamada del 8 de Octubre no ha ido en toda su vida a una manifestación por la sanidad pública, contra la reforma laboral, la corrupción o por una vivienda digna. Son gente de otro perfil, poco solidaria, gente de edad avanzada, que no quiere problemas a estas alturas, más preocupada por la estabilidad del país, la perpetuidad de sus códigos actuales y la bandera que por los derechos sociales. Verlos a todos movilizados en Barcelona ha sido un éxito de las fuerzas conservadoras y de extrema derecha, algunas de ellas indisimuladamente fascistas.

No ha sido un movimiento de abajo-arriba como el 15M, sino de arriba-abajo (jerárquico, planeado y asistencialista, como le gusta a la derecha), pero ha tenido eco en la gente. No debe obviarse.

Hoy, mi vecina Pepi, ama de casa que tiene al marido en paro desde el 2011, que cobra tres euros la hora por limpiar escaleras y que no ha salido de Jerez en los últimos 20 años, dice que no ha dormido porque los catalanes quieren destruir España. Dice que hay que salir con la bandera bien visible a defender lo que es nuestro. Que “esa gente” nos quieren robar. Que no los puede ni ver.

Pues eso.

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Periodista. Codirector de La Réplica.

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