23 de noviembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Atrás quedaron los tiempos en que los caballeros se batían en duelo para salvar el honor. Ya nadie te espera en la calle para que se lo digas a la cara. No hay muchachos a los que mandar. Iñigo Montoya ha caído en el olvido y partirse la cara dialécticamente tampoco está de moda.

La gente no lee, no escribe, no olvida ni perdona no se ilustra ni tampoco se venga. Despojados pues de ese romanticismo inherente a toda venganza, lo que nos queda a los que vivimos en este siglo de supuesto avance y modernidad, de derechos que no se cumplen y de vidas insulsas, es la venganza tecnológica.

Así que, si albergas algún sentimiento de venganza, deja de pensar en las películas de Alfred, lo de la muerte lenta en una tacita de té tampoco vale. Lo que te queda es puramente tecnológico, frío y aséptico como un quirófano antes de operar, como el olor a formol que mantiene intactos a los cadáveres. Si quieres urdir una venganza del siglo XXI, elimina a alguien de Facebook. Fácil, no hay ni que levantarse del asiento: botón derecho-clik-eliminar. Si quieres que el daño sea mayor, repite la operación y bloquea. Ya está. Lo habrás conseguido.

El eliminador facebookiano, una vez ejecutado su acto siente una especie de alivio casi infantil, y el eliminado y, a su vez, bloqueado, montará en cólera. Sentirá que lo has eliminado de tu vida, que ya no le “ajuntas”, que no lo merece, y, sobre todo que se le ha escapado el control sobre tu vida. Algunos de los eliminados rumiarán su ofensa en silencio, llorarán su bloqueo con sus íntimos o tratarán de pedirte explicaciones a través de whatsapp, pero jamás en la calle tomando un café y sin aparatos electrónicos de por medio. Pero los otros, los a su vez más vengativos que tú, tomarán el sendero de las sabandijas que se cuelan por aquellos huecos de tu vida virtual que aún queden abiertos. Te buscarán sin cesar para devolverte el golpe, enrojecerán de ira si comprueban que la vida te va bien, o eso dices, y pasito a pasito iniciarán el proceso de descrédito de tu persona también por los mismos medios. En mi opinión es lícito. Cada cual se venga como quiere. Pero hay un tercer tipo de eliminado tecnológico que es aún más feroz, más absurdo, quería decir: el que se esconde y ataca sin cesar donde sabe que más puede dolerte, el que te difama, dice que eres un mierda o un cobarde y jamás da la cara.

Éste último no atiende a razones porque le falta raciocinio, así que quédate quieto y no hagas nada. La gente con mucho tiempo libre y muy poco que perder es realmente letal. No esperes jamás de ellos una salida airosa de la situación, un insulto en la calle o una bofetada a tiempo. No aparecerán, así que no los busques.

Siempre he sido una romántica y lo seguiré siendo, yo prefiero la vida en real, los abrazos, los perdones y las venganzas cara a cara, pero ya no es posible. La única vez que pude vengarme de alguien a la cara fue en la puerta del ascensor de mi casa hace más de treinta y cinco años. Aquella absurda colegiala de mi misma edad pretendía robarme una piruleta. Pobre.

Desde entonces, nada. O te subes al carro tecnológico o no eres nadie. Sin saber, que en ese carro aún eres menos que nadie, solo una cara, un nombre y un ego. Para de contar.

Sin embargo, yo no me apeo de mi romanticismo y seguiré apelando a los muchachos cada vez que alguien ose batirse en duelo conmigo tras la pantalla de un puñetero cacharro tecnológico.

Creedme, sé de lo que hablo.

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Mencha Pardal

1975, Madrid. ¿1975? ¿En serio? No debí desvelarlo, pero ahí queda. Converse rotas edición limitada para recorrer el mundo, un bloc de notas y un bolígrafo japonés. Ordenador por exigencias del guión. Por mí, seguiría escribiendo a mano. De profesión apátrida.

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