26 de mayo del 2017
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A inicios de los años ochenta el autor y cineasta latinoamericano Julio García Espinosa en su libro Una imagen recorre el mundo (1982, UNAM) relata sobre el cine latinoamericano no comercial y su dura situación frente al imperio de Hollywood. Añadía que sin distribución equiparable a sus películas, este cine era influenciado por modas europeas que se alineaban dentro de una narrativa experimental y muchas veces de difícil acceso al gran público de las salas de cine comercial, sí estas películas llegaban allí. Es interesante pensar que en aquellos años Espinosa referenciaba a este “tercer cine” marginal: término que impulsaron en los cincuentas figuras del cine argentino como Octavio Getino, Fernando Solanas y el brasileño Glauber Rocha. Aquí estas películas le debían su militancia a un cine revolucionario y con un afán de ser reflexivo ante el espectador cuyo marcaje es una clara antítesis al cine comercial de la época. En nuestros días, este cine latinoamericano se inscribe como una posibilidad de expresión fílmica que se abre paso entre el marketing del festival de cine, luchando frente a la marea de grandes producciones y otras tantas con poca reflexión temática en sus guiones.

Sin embargo, el cine latinoamericano ha cobrado un auge peculiar tanto en Argentina, Brasil, Chile, Guatemala, Colombia y por supuesto México. Sin abundar en los grandes cineastas mexicanos que han sido galardonados en los diversos festivales de cine internacional, lo que sí cabe destacar es la recurrente temática de la violencia en sus múltiples expresiones inhumanas ficcionalizadas que muchas de estas películas abordan. No es raro habituarse a la violencia y a la migración como temas sociales representados en largos planos secuencia algunos contemplativos, para alegar una sobria y cruda realidad de gran trascendencia. También parte de una sensibilidad similar en muchas partes del continente europeo y sus realizadores más prolíficos cuya conciencia de clase social y económica evidencian las malas políticas que los gobernantes han empleado en el devenir de las naciones más pobres.

En este caso, me interesa abundar en cómo la “violencia de género” para el tercer cine mexicano significa una beta tanto para documentalistas, ya explotado a finales de los años noventas con los feminicidios de ciudad de Juárez, como para los directores que dramatizan los sórdidos momentos que ha vivido el país frente al narcotráfico, la trata y el secuestro. Temas en estos días bajo una latente suma de marketing sensacionalista que se arraiga en las narco telenovelas y series de importación colombiana para un público ávido en la apología del crimen como de la denigración de la mujer. No obstante la violencia de género ha sumado muchos mal sabores a la situación social de México. Pero entre las muchas analogías cinematográficas que se han realizado como lo fue Miss Bala (2011) de Gerardo Naranjo ahora me detendré a describir algunas líneas sobre una película llamada Me quedo contigo (2015) del artista plástico vuelto cineasta Artemio Narro.

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La historia relata la vida de la joven y guapa Natalia, una chica española que viene a México a encontrarse con su novio, quien esta fuera por trabajo. El día que llega se encuentra con unas amigas y salen de fiesta para trasnochar entre bebidas y bailes. Sin embargo, al aburrirse de una discoteca llegan a un bar de mal a muerte y deciden secuestrar a un joven de aspecto vaquero. Lo llevan a casa de una de las amigas y allí desatan una ola de violencia contra él. A diferencia de la crudeza que nos han regalado las películas del llamado extremismo social europeo cuya factura narrativa casi documental se esmera por transmitir veracidad a las historias, en Me quedo contigo lo terrible de las acciones lo representa la puesta en escena: la denigración del vaquero. No es un Funny Games del Hanneke pero parte de una juego sádico por parte de las chicas, ebrias sin tapujos para cometerle un sin fin de atrocidades sexuales y de golpeteos sicológicos.

Cabe destacar que una de las aciertos más extraños de la película radica en su estética casi de “trash cinema” al estilo de Harmony Korine, además su factura visual de la cinefotógrafa Renata Gutierrez obedece a la fórmula de planos muy abiertos que duran varios minutos lo que la hace cansada. Sin embargo, en ocasiones el barroquismo del director por su formación plástica abunda por dotar de elementos inverosímiles al encuadre que en ocasiones recuerda a la construcción visual de David Lynch. No obstante, el subtexto más desolador no esta en el radicalismo mal estructurado del guión sino que esto, por desgracia, existe en la vida real y evidencia una condición actual de una sociedad alienada por la cultura de la imagen y la condición violenta es el leit motiv para remediar traumas, soledades o disfunciones familiares que no son tan lejanas del crimen organizado y el narcotráfico que aqueja gran parte de México y Centroamérica.

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¿La violencia es ahora un modus vivendi para acrecentar las filas de la ficción y su marketing televisivo y cinematográfico?, al parecer sí es una respuesta loable para productores que ven en esta beta narrativa un mayor poder adquisitivo tanto en cuotas de streaming online como premios en festivales de cine. A este caso, el hallazgo más interesante de la película de Artemio Narro es la gran soltura dramática para dotar a sus bellas actrices de acciones crueles como lo es en la vida real, donde más mujeres que hombres padecen de asesinos seriales, de machismo en la vida laboral, doméstica como amorosa.

En un momento donde un misógino y machista Donald Trump gana la presidencia de una de las naciones más poderosas y nocivas para el mundo, el pueblo norteamericano le ha dado el poder a una figura racista sin cabales bajo una nueva forma grotesca del poder político contra la mujer. Es aquí donde esta película de Artemio Narro recuerda que su mundo grotesco y surrealista causa, en muchos de sus espectadores, suspiros de envidia por imaginarse a su hombre violador recibir su merecido, pero también nos da una dura lección que el tercer cine contemporáneo se ha vuelto incómodo por decir verdades mintiendo.

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Licenciado en Letras Hispánicas con Especialidad en adaptación cinematográfica por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Tiene la Maestría en Estudios Cinematográficos en Guionismo de la Universidad de Guadalajara y la Maestría en Cine Documental por el Posgrado en Artes y Diseño- CUEC de la UNAM. Realizador, guionista y productor escribe sobre temas de cine.

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