27 de mayo del 2017
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Cuando hablo de la memoria, a mis alumnos siempre les digo lo mismo cada curso: “nunca fiaros del todo de vuestros recuerdos“. Lo que hace que la memoria sea un tema tan interesante es que es un proceso cognitivo que, además de tener una función de supervivencia, muchas veces actúa al margen de la “voluntad” del individuo. Es decir, a veces recordamos informaciones que no deseamos recordar y otras veces olvidamos otras que sí queríamos conservar. ¿Por qué ocurre esto? Para ello he de hablaros de forma resumida de los cuatro mecanismos de olvido, es decir, las cuatro razones por las que las personas olvidamos una información.

– Primer mecanismo: La Información no ha tenido tiempo de procesarse

Es la típica situación donde intentas acordarte de un número de teléfono, pero al llegar a casa lo has olvidado. La razón está en que para que una información se almacene en la memoria a largo plazo, primero debe procesarse (registrase, codificarse) en la memoria a corto plazo. Entonces, para garantizar que una información se memorice, debemos estar expuestos cierto tiempo a dicha información para que le dé tiempo a codificarse.

Es lo que hacen los alumnos cuando estudian para un examen. Leen y releen una materia, la repasan una y otra vez, para que se les “fije” en la memoria. Es decir, están codificando la información para facilitar su almacenamiento (su recuerdo). Si no fuera así, bastaría con leer una sola vez la materia para recordarla, o seríamos capaces de recordar todos los libros que hubiésemos leído o todas las películas que hubiésemos visto, aunque solo fuera una vez. A la memoria no le interesa recordarlo todo. ¿Para qué recordar todo, si no todo es necesario para sobrevivir? La memoria es práctica.

– Segundo mecanismo: La información es poco relevante

Es cuando estamos expuestos a una información un tiempo considerable, pero nuestra mente juzga que no es importante, por lo que no le presta atención, no la codifica y, en consecuencia, no la almacena. Es lo que en psicología se denomina “inhibición latente” o “ceguera perceptiva”. No recordamos todas las cosas que nos han pasado, sólo las que hemos juzgado (incluso a un nivel no consciente) como relevantes. Por ejemplo, puedes estar hablando una hora con alguien al que, obviamente, has tenido todo ese tiempo en tu campo perceptivo, pero eres incapaz de recordar de qué color llevaba la camisa. Lo has visto, pero no has atendido a ello porque el color de su camisa  no era importante; lo relevante era lo que decía y eso sí lo recuerdas.

Entonces, las dos condiciones que por ahora hemos visto que deben cumplirse para que se pueda recordar una información son: 1) que se considere importante y 2) que se le preste atención un tiempo suficiente.

– Tercer Mecanismo: la información memorizada deja de ser útil

Pero incluso aunque una información se considere relevante y estemos expuestos a ella un tiempo razonable, esto es, aunque se memorice, no se garantiza que vaya a estar disponible en la memoria por tiempo indefinido. Por ejemplo, si hemos estudiado una materia como “los ríos de España” la recordamos durante un cierto tiempo, pero a la larga la olvidaremos porque no es una información que nos sea útil en el día a día (a menos que seas un geógrafo).

Aquí puede verse de nuevo la función práctica de la memoria. La mente, al margen de la voluntad del individuo, elimina aquella información que no se considera práctica. Es lo que se llama “efecto Zeigarnik”: las tareas que han cumplido su misión se olvidan porque ya no tiene sentido conservarlas almacenadas. Por eso, justo tras un examen, se nos suele olvidar gran parte de lo estudiado.

– Cuarto Mecanismo: La Información memoriaza está asociada a emociones negativas:

Si una información memorizada está asociada a una emoción negativa (tristeza, ansiedad, miedo, etc.), es más probable que se olvide, porque su función de supervivencia es menor. Es decir, es mucho más útil recordar lo bueno que nos ha pasado que lo malo, porque lo malo crea tensión y ese no es un estado óptimo para la supervivencia. Y, como ya sabéis, la mente es pragmática y funcional. Por eso se suele decir que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Pero esto no es cierto, lo que ocurre es que tendemos a recordar mejor las experiencias positivas que las negativas (e incluso las recordamos mejor de lo que fueron en realidad). De igual modo, una información a priori poco interesante, superflua y a la que no prestamos demasiada atención, si se produjo en un estado de alegría o bienestar, quedará memorizada a pesar de que no cumplía las “condiciones” básicas para ser recordada.

Me viene a la mente una escena de la película “Ciudadano Kane”. En ella, un personaje dice en un momento determinado: “Cuando era niño vi en la estación de tren a una bella mujer vestida de blanco. Fue sólo un instante y nunca la conocí ni supe quién era. Sin embargo, no pasa un día de mi vida sin que recuerde a aquella mujer”.

Hasta aquí los cuatro mecanismos de olvido. Como hemos visto, el olvido no es necesariamente patológico (amnesias), más bien todo lo contrario: nos protege de nuestra propia experiencia y acumula la información que es realmente importante en cada fase de nuestra vida. Tal vez por eso hay un dicho que reza: “Para ser feliz hay que tener buena salud y mala memoria“.

Pero el asunto es mucho más interesante porque, si hay algo más que caracteriza a la memoria, es que ésta tiene “horror vacui” (horror al vacío) y odia los espacios en blanco. Por eso, si al intentar rememorar una información no la recordamos del todo, lo que hace la mente es “rellenar esos huecos” con otras informaciones de otras experiencias que hemos tenido en el pasado, o incluso las inventa dándolas por ocurridas. Este es un mecanismo psicológico denominado “paramnesia del recuerdo”, es decir, errores o distorsiones en los recuerdos. Y, en concreto, al proceso por el cual la memoria rellena huecos con experiencias no ocurridas se le llama “confabulación”. Por eso no debéis fiaros de vuestros recuerdos, ya que probablemente estén distorsionados y alterados: o bien no ocurrieron como realmente tuvieron lugar (dado que, como ya sabemos, se tiende a recordar mejor y de forma más resaltada las experiencias positivas) o, incluso, generamos recuerdos falsos que tomamos como reales.

Siempre pienso que si se inventara una máquina del tiempo y tuviéramos la ocasión de volver a revivir una experiencia de nuestro pasado, nos llevaríamos una sorpresa porque descubriríamos que no ocurrió exactamente tal y como la recordábamos. Eso nos inquieta porque nos produce falta de control (“vaya, no me puedo fiar ni de mis recuerdos”), pero es así como ocurre. No obstante, y como os he mencionado varias veces, el que la memoria funcione así tiene un sentido y una razón de ser.

Cómo la memoria genera recuerdos inexistentes está muy bien explicado en una escena de la película “Vals con Bashir”, donde se hace referencia al famoso experimento de Wade, Garry, Read y Lindsay (2003).

De todas formas, si no lo creéis, os propongo un pequeño experimento para terminar de convenceros. Dejad sobre vuestra mesilla de noche un papel en blanco y un bolígrafo. Una mañana que os despertéis recordando vívidamente lo que acabáis de soñar, antes de levantaros o hacer nada, escribid en el papel con todo lujo de detalles vuestro sueño. Ese papel lo guardáis y dejad pasar tres días. Al tercer día, en otro folio nuevo, escribid el sueño tal y como lo recordáis (sin consultar el papel anterior). Una vez  que terminéis, comparad ambos textos. Os llevaréis una sorpresa.

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Antonio Romero

Doctor en Psicología por la Universidad de Sevilla. Profesor en el departamento de Psicología de la Universidad de Cádiz. Es autor y coautor de diversos libros académicos, a destacar “Psicoterapia” (Absalon ediciones, 2010) y Psicología del ciclo vital: desajustes y conflictos (El gato rojo, 2012), así como de diferentes artículos en revistas especializadas.

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