23 de julio del 2018
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Contaba Victor Lenore en el programa Carne Cruda que, en mayor o menor medida, reniega de su pasado como crítico musical dentro del circuito indie, al que dedicaba mucho tiempo y del que obtenía conclusiones poco atractivas y nada gratificantes. Añadía que en la cultura hipster (indie, gafapasta o moderna, poco importa el término) impera la sensación de pertenecer a una élite cultural por encima de las ‘masas’.

El maestro Diego Manrique escribe en El País sobre ese pretendido esnobismo señalando el caso de Joaquín Sabina en Rock Deluxe. No es una excepción, es una norma. Músicos de enorme recorrido y trascendencia como Bunbury o Roberto Iniesta (Extremoduro) han sufrido la total indiferencia del escenario independiente, a veces relegados a la burla. Indiferencia fruto de una estrategia de marca. Otros artistas como Nacho Vegas o Calle 13 han sido penalizados por su implicación política y desplazados hacia coberturas secundarias.

Entienden los snobs que estos autores que conectan con el gran público apestan a populacho, a masa alienada, a sensaciones universales, a vulgaridad. La creme musical, el estilismo, el verdadero criterio de lo auténtico, de la calidad, es propiedad de unos expertos que dictan la hoja de ruta de la clase y la elegancia. El individualismo y la exclusividad por bandera, el desmarque intelectual del pueblo como sentimiento reconfortante.

Esta corriente cultural -porque supera la música- nacida en los años 90 presenta sus primeros síntomas de agotamiento. Cuestionado desde su nacimiento, hoy el universo indie se ve zarandeado desde su propio foro, navegando a contracorriente de una rebelión politicosocial que aflora en las calles y que mira con sospechas a cualquier élite. Es un efecto secundario más de la crisis de credibilidad que sufren los modelos jerarquicos cómplices de la transición, consecuencias del Régimen del 78. La transición trajo a la movida y de la animadversión a esta nació el indie.

No es descartable que los estandartes indies -acuciados por la crisis económica, deslegitimados moralmente y amenazados por la desaparición- optaran por una expansión de su target hasta acabar siendo símbolo de modernidad abierta y moderada.

No es la única paradoja. Si analizamos su esencia, la música es un arte con clara vocación emancipadora. Segregar al público es privar a muchos oídos de un placer inigualable, el vigorizador efecto de los latidos del ritmo. Restringuir los acordes, despreciar lo popular y tapiar el hilo musical para hacerlo exclusivo a una élite es una acción absurda. Es una política egoísta contraria a la evolución del arte. Una contradicción que algunos estamos denunciando.

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Periodista. Codirector de La Réplica.

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