12 de diciembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



“Y abrázame,
no preguntes donde vengo,
no me digas lo que siento,
yo solo te quiero amar…”

Juan Moneo El Torta

 

Vine a Jerez porque aquí viven mis padres y mi madre insiste en que recuerde que una vez yo también viví en estas calles, que aunque ahora parezcan deprimidas, tristes, dejadas de la mano de Dios, antaño fueron testigo de mi infancia, el escenario donde preparaba, sin saberlo, mi huída hacia un lugar mejor.

Mis padres, con el tiempo, se han convertido en un ancla olvidada, la excusa perfecta para volver sin admitir que a veces me echo de menos en Jerez, e imagino de tanto en cuanto cómo sería una vida aquí, apacible, sosegada, feliz. La pregunta es, ¿puede la gente ser feliz ahora en la ciudad que me vio nacer?

Jerez de la Frontera es la ciudad de la crisis, una urbe de algo más de doscientos quince mil habitantes -con el séptimo término municipal más grande de España- que ahora empieza a ser conocida más por su derrumbe socioeconómico que por el famoso vino al que da nombre. La crisis se ha bebido de un trago el Sherry Wine.

Regreso habitualmente vía el aeropuerto de Jerez, a ocho kilómetros del centro de la ciudad. Es el único aeropuerto del mundo donde se aplaude al piloto cada vez que aterriza, llegue temprano, tarde o a su hora. Celebramos el hecho de estar vivos. Como nadie en mi familia tiene vehículo, un amigo me recoge y durante el trayecto a casa me pone al día de cómo están las cosas en la cuna del vino, los caballos y el flamenco. Jerez se promociona a través de singulares atractivos, de un potencial tremendo para el turismo, sin embargo, ninguno de ellos ha sido explotado hasta el punto de sostener la actividad económica. En algún momento de la implantación de sus señas identificativas, alguien hizo las cosas mal y todas las opciones de hacer de Jerez un referente turístico nacional, que combinara autenticidad, servicio y calidad, se vertieron por el retrete.

La estación de trenes de Jerez de la Frontera.

La estación de trenes de Jerez de la Frontera.

Esta vez viajo en tren. El buen tiempo, la proximidad del verano y el periodo vacacional superpuebla los aviones de alemanes y trae de regreso a miles de forajidos que, faltos de trabajo, abandonaron la ciudad. No quedan plazas a un precio asequible vía aérea, así que me las ingenio para combinar trenes y autobuses en la perezosa tarea de cruzar España. El itinerario: Barcelona, Madrid, Sevilla y Jerez.

Suelo preguntarme por la primera impresión que causa Jerez al viajero. Por una cuestión de orgullo provinciano, quiero que queden encantados con su embrujo, aunque luego resulte peor si se esfuma su encanto y, como aquellos olvidados del desierto, terminan descubriendo un cúmulo de arena donde creyeron ver un oasis. Aún así, me fijo en la reacción del turista extranjero en cuanto llega a Jerez. Los veo felices pero, claro, todo el mundo es feliz cuando hace turismo, o al menos, su predisposición anímica es la mejor posible. No sé si les impresionará una estación tan característica. Es lo suficientemente grande para conmover y lo suficientemente pequeña como para resultar acogedora. Se dice que la componen elementos estructurales propios de Gustave Eiffel, pero no es cierto. Es un bulo provocado por el parecido físico que guarda con algunos elementos de la Torre de París y la existencia en otras partes de la ciudad de construcciones diseñadas por el francés.

Al salir de la estación, tanto el casco antiguo como la zona comercial de la ciudad cae a mano derecha. En el primer cruce en esa dirección, una enorme figura de bronce, humana, desnuda, decapitada y sin brazos se alza imponente sobre los edificios. Tiene unos veinte metros de altura. Lo llamamos el Minotauro, aunque la figura no tiene el más mínimo rastro animal. Ni cabeza de toro, ni pezuñas, nada. Como un Gulliver joven y descabezado de principios del siglo XXI, el Minotauro no es más que el resultado de la política local predominante durante la década pasada: La ostentación como reclamo de actividad económica, y con ello, del desarrollo.

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Su autor, Víctor Ochoa, dejó escrito en una placa que se trata de un minotauro desmembrado, cuya parte animal ha logrado escapar del laberinto. Está orientado a Creta, hacia el mismo lugar donde se hallaba la salida en la fábula mitológica. La rotonda donde se levanta (el antiguo alcalde tuvo la idea de gastar parte de la liquidez de la ciudad en monumentos que adornaran las principales rotondas de la ciudad) se ha convertido en el lugar donde el equipo de fútbol de la ciudad, celebra sus victorias. Ahora, con el equipo al borde de la desaparición debido a su astronómica deuda con Hacienda y sus propios empleados, no hay nada que celebrar.

Jerez, por su parte, achica aguas como puede. No vio las raíces del iceberg y tiene a la orquesta interpretando el último vals. Con más de 34.341 personas en paro[1] y siendo la tercera ciudad con la deuda viva más alta de España, la salida se adivina, aún, muy lejos, si es que hubiera alguna. La ciudad ya no depende de sí misma. No está articulada para generar empleo, no tiene industria, no atrae a inversores y sólo el sello distintivo de su gente, sus atractivos turísticos y el clima parecen concederle una esperanza, el mejor patrimonio que le queda. Hoy, ni los defraudadores tienen trabajo. No hay trabajo en A y no hay trabajo en B. No existe, siquiera, el colchón de la prestación del paro. Las familias se ayudan en un ejercicio de supervivencia inédito. Tú me das porque yo no tengo nada. Y así. El único paro que queda, es el paro en el sentido estricto del término, el que te atenaza en el salón, el que tiene que ver con el alma. El muerto vivo sigue intentándolo con poca convicción y la mirada gacha, como un toro por ajusticiar. La ciudad ruge desencanto. En Jerez no solo hay una crisis, también se ha anunciado a viva voz y se ha interiorizado que se vive en crisis, la mayor de la historia según los viejos del lugar.

Es frecuente recibir periodistas europeos que escriben sobre la ciudad, describiéndola como el paradigma de la crisis. Toman cuatro lugares comunes e intentan hacer pedagogía de nuestro mal ejemplo, mostrándonos como no quisieran llegar a ser, como un muestrario de todos los defectos de la sociedad moderna (inconsciencia, egoísmo, ostentosidad, despilfarro, etc.) como si no tuviéramos nada que ver con ellos, como si ellos nunca hubieran sido proveedores de las armas que nos han estado devastando.

La crisis que partió como un rumor imparable se ha convertido en triste realidad. De poco vale el tufo que echa su implantación global, su descarada estrategia de culpabilización, la complicidad de los poderes fácticos, que paguen justos por pecadores o que exista una conducida campaña para asumir el fracaso. El concepto ha traspasado la barrera de lo inmaterial y se sitúa en un plano físico, afectando a las fachadas, a los edificios sin arreglar, a los locales vacíos, a la gente que está en su casa y no en el trabajo, a la que está en la calle y no en los restaurantes, a la que no pasa por las tiendas ni por el banco ni por ningún lado que implique gasto porque ya nos les queda ni un duro. Se ha devastado el empleo y es el primer tema de conversación en todos los encuentros. Hasta los que no quieren hablar de crisis ni del concepto crisis, hasta los que hablan de estafa, de conjura, de engaño, de fraude, acaban claudicando ante el término. Es una crisis gigante, devoradora, que ansia sangre y destrucción. Todo se ha desbaratado como una inmensa rodada de nieve.

Rianal cerró sus puertas a finales de 2010.

Rianal cerró sus puertas a finales de 2010.


Al llegar a casa, comparto mesa con mis padres. ¿Cómo van las cosas? Ellos me miran con cara de ¿cómo va a ir?
, pero intentan transmitir un mensaje pedagógico y constructivo. Sus inútiles esfuerzos resultan enternecedores. Vivieron una ciudad con un digno presente y un prometedor futuro -inmersos en una burbuja, puede ser, pero lo cierto es que así la vivieron-, y ahora la viven con un penoso presente y un futuro incierto. A veces, leo en sus ojos una mezcla de descreimiento, decepción y certeza. La certeza de que todo ha salido mal. En una familia que siempre quiso formar parte del mundo en que vivía, que intentó construir en material social, que perteneció a asociaciones, a APAs, a coros de iglesia, a comunidades de vecinos o a grupos Scouts, entre otros, esta deconstrucción le está minando la esperanza de una realidad común. Ahora, la esperanza es que los tres hermanos salgamos lo más ilesos posibles de este despropósito, que es como solemos acabar algunas conversaciones “solo queremos que nos dejen vivir en paz”. A mí, el sálvese quien pueda no me gusta un pelo, pero a veces, resulta imposible esquivarlo.

Tras la cena, me voy a mi habitación a hacer como que duermo un rato, aletargado tras un largo viaje. Pero al final nunca duermo, siempre ando nervioso, excitado como si durante mi estancia fuera a ver una antigua novia después de mucho tiempo o como si esa noche uno de los grandes días de la adolescencia quisiera volver a mí, a cautivarme con los mismos encantos con lo que lo hacía entonces. Miro un rato una habitación capaz de vencer al tiempo, que permanece inalterable, idéntica a cuando partí de la ciudad hace casi diez años. Las mismas fotos, el mismo color en las paredes y los mismos cuadros. Uno de ellos es un póster en el que un niño pequeño se encuentra atándose los cordones con dificultades. Debajo, un lema dice: “No se pueden pactar con las dificultades, o las vencemos, o nos vencen”. Crecí viendo ese cuadro todos los días de mi vida. El único cambio es la cantidad de libros. Como no tengo casa estable, traigo libros a la casa de mis padres en cada visita e inundan la que fue mi habitación cuando era un crío, haciendo de ella una gran despensa de letras. En diez años, no he conseguido una casa ni un piso ni un coche ni grandes posesiones materiales, los libros son mi mayor patrimonio.

Me tumbo en la cama y me comparo: Cómo era yo entonces, que pretendía ser llegado esta edad y en qué ando convertido. Y lo mismo hago con Jerez, pero no sé muy bien qué pretendía ser la ciudad, ni siquiera si alguien tuvo alguna vez una hoja de ruta más allá que perpetuarse en el poder o llenarse los bolsillos tan pronto como fuera posible. Habría que preguntar a los responsables de entonces, al final, los mismos responsables de su caída. Jerez ha sufrido las clásicas tropelías de la clase política predominante en nuestra democracia. Sus tres alcaldías se han combinado hasta agotar los –ismos: Caciquismo, clientelismo, enchufismo y hasta sadomasoquismo. Con dos de ellos condenados por la justicia, Pedro Pacheco y Pilar Sánchez, y la actual alcaldesa, Maria José García Pelayo, siendo investigada por una de las tramas corruptas más famosas en el país en los últimos años, la ciudad se pregunta dónde mirar ya y si existe la política más allá de la trampa.

Al salir de aquí pensé que mi vida estaría unida a la provincia para siempre y que era la opción de futuro más confortable, la llave que abría las puertas de la felicidad. Vivía, sentía y respiraba Jerez. Luego, solo hizo falta un año lejos de aquí para saber que difícilmente regresaría. No soy el único que ha partido de manera indefinida. Desde la cama, antes de cerrar los ojos, alcanzo a ver una fotografía con los amigos de siempre adornando la repisa. Es la clásica instantánea que se toma en la Feria del Caballo, la gran agitadora de la economía local durante el mes de Mayo. Todos juntos, con cubalitros en la mano, sonreímos a cámara como si no existiera un mañana. Voy tachando la cabecitas, una a una, teniendo en cuenta su actual lugar de residencia. Solo dos personas de la fotografía viven en la ciudad hoy día.

Al día siguiente, paseo por el centro. Siempre lo hago ceremoniosamente, como si para la gente fuera importante el hecho de que yo estuviera allí, captando los detalles que descubre el decorado. La zona céntrica y comercial se ha ido convirtiendo en un vivero de tabancos y bares de tapas, la actividad más rentable hoy día. Los precios están por los suelos a costa de los trabajadores, que trabajan más y cobran menos. Un ejemplo, el precio medio de unas tostadas con aceite y jamón y café con leche son dos euros, mientras que en Barcelona, un zumo de melocotón suele costar algo más que eso. Ya no existe la diversidad de antaño. No hay agencias de viajes, ni tiendas especializadas de videojuegos ni hay establecimientos de calzado deportivo ni muchos otros comercios que formaron parte del paisaje. Lo que sí se ven son muchos locales vacíos, las ruinas de antiguos sueños.

El paseo es una rueda de reconocimiento donde espero encontrarme conocidos que me ayuden a salir del empantanado terreno común. Sin saberlo, ellos cotejan la realidad y rompen estereotipos, desvelando una verdad que no sale en los periódicos. Así, en cuanto piso la calle, me vendo al mejor conversador y trabajo como un periodista de la prensa rosa, intentando ganarme en poco tiempo la confianza del contacto y generando el clima idóneo para su confesión. Jerez es un pueblo que remeda una ciudad, donde siempre te encuentras caras familiares. Ante cualquier conocido empiezo relatando mi vida y le desconcierto contando algo de carácter personal, irrelevante para mí pero significativo para ellos, un primer paso para el intercambio. El que ansia un cambio, primero tiene que ofrecer algo. Entonces hablo sobre mi actual trabajo, sobre mi situación sentimental o sobre las cosas que aún me unen a la ciudad. Luego busco vínculos que aviven el terreno común, vivencias pasadas o personas del mismo círculo -a todos nos gusta hablar de terceros- y entonces cedo el turno de palabra.

¿Aspiran los niños a un mañana mejor o a recomponer los escombros del presente?

¿Aspiran los niños a un mañana mejor o a recomponer los escombros del presente?

 

Y la gente, por lo general, responde hablando de ellos con soltura. Lo hacen porque lo necesitan, porque vivir con dudas genera un continuo estado confesional, porque las penas compartidas son menos penas y porque hay una fuerza irresistible que te impulsa a entregarle a un foráneo los secretos de una tremenda injusticia. Me cuentan un sinfín de calamidades, de oportunidades que se van, de empleos que se destruyen, de empresas que quiebran y familias que se mantienen pendiendo de un hilo o se quiebran hasta romperse y, con esa ruptura, rompen también sus ilusiones e ideales.

Si son jóvenes, me cuentan disparatados planes de vida, planes que pasan por Madrid o Barcelona o Mallorca o Ibiza o Latinoamérica o Alemania o Reino Unido o Escocia o Islandia o el norte de Estados Unidos, planes que implican todo tipo de actividades y a todo tipo de gente, planes que a veces no son más que eso, planes, y que pasan por todos lados menos por el lugar en el que nos encontramos. Es como las rupturas entre parejas, la decepción induce al rechazo y después a la distancia y, a la hora de salir, mejor hacerlo hacia la otra punta del planeta.

Si son adultos, la conversación vira en torno a los hijos y resumen, en pocas palabras, las dificultades por las que están pasando. Lo hacen con cierta dramaturgia, como si nuestra generación no estuviera acostumbrada a sobrevivir y nos hubiera caído una desgracia inaguantable encima, como si no lleváramos más tiempo sobreviviendo que superviviendo. Me cuentan sus intenciones de ayudar y se revelan -y rebelan- como interventores de urgencia. Los padres se sienten a menudo con la potestad de intervenir cuando las cosas no funcionan, como si el mero hecho de sentirse responsables de la situación, les otorgara el derecho de arreglarlo a su antojo.

Los unos y los otros, jóvenes y no tan jóvenes, hijos y padres, andan convertidos en sombras de lo que quisieron ser. Unos porque se comieron un embuste y no dejaron, como hubiesen querido, el camino abonado y la tierra fértil, otros porque les pasa como a los valientes expedicionarios de la película Viven, que al final de la montaña, sólo encuentran más montañas. Son sombras fantasmales, que aparecen y desaparecen sin dejar rastro. En Jerez, cualquiera se va sin anticipar su salida y vuelve sin comentar su fracaso. En eso, la nuestra es una ciudad generosa, sin un ápice de orgullo. Bajo sus propias reglas y dentro de sus parámetros existenciales, acoge a sus hijos pródigos las veces que hagan falta, pactando un silencio atroz que engulle la palabra fracaso. Conversando con los fantasmas de Pedro Páramo, me percato que actúo como lo hacen ellos, yendo y viniendo y sin dar explicaciones, y que puede que el tiempo, me haya convertido en el mayor fantasma de todos.

La Plaza. Un espacio histórico que sufre los efectos de la crisis.

La Plaza. Un espacio histórico que sufre los efectos de la crisis.

El día se sucede y visito a dos amigos que, de manera independiente, montaron negocios en el centro de la ciudad. Una tienda de juegos de rol y un establecimiento de camisetas y artículos de merchandising situados entre los tabancos y locales de las grandes marcas de moda. Apenas les separan quince minutos. El sino de ambos, parece, es verse arrastrados por la marea negra que inunda la ciudad. Pero aguantan, a trancas y barrancas, siempre preocupados y dándole una vuelta y otra al mismo tema, hablando de técnicas de ventas, de reducir gastos, de optimizar recursos, enfrascados en su micromundo financiero, resisten. “Nosotros no vamos a decir que las cosas van mal, queremos transmitir optimismo”, me dice uno de ellos. Y el otro: “¿Y si remonta todo el día de mañana y termino trabajando, toda la vida, de lo que quiero?”. En Jerez han aumentado los emprendedores, pero en la mayoría de los casos, no se tratan de emprendedores vocacionales. Los nuevos negocios de la ciudad no tienen un estudio previo de mercado, ni un análisis DAFO, ni se han podido costear los servicios de una consultaría ni saben a ciencia cierta cuál será la viabilidad del proyecto ni, por supuesto, cuentan con el apoyo del gobierno local –un licencia de apertura de un negocio se puede demorar de forma inexplicable durante casi un año, no existen ayudas y la cansina burocracia de un ayuntamiento que se desmorona se ofende e irrita si gritas en el desierto de sus oficinas-. Todo se hace por una cuestión de supervivencia, porque ni empresas privadas ni el sector público rescatan a esos parados que quieren volver a sentirse trabajadores. El porcentaje de éxito de los emprendedores en España es menor del 10%. Simplificando, de cada diez, solo uno, en el mejor de los casos, termina dirigiendo un negocio rentable. En Jerez, sobre los emprendedores no existen datos oficiales, quizás, porque no interesa que se sepan.

Pero si hay algo que permanece en el espíritu de la ciudad es el optimismo, la ensoñación de una imagen idílica en el que las nubes negras por fin se han disipado. No es un optimismo público ni ostentoso, más bien actúa bajo cuerda, como si fuera ilegal, transmitiéndose solo en reuniones de aforo limitado y en plena confianza; con tu pareja, tu familia o tus mejores amigos. Solo ahí se desata y se contagia, y por una vez, el entorno siente que las cosas terminarán yendo a mejor. Incluso se planea en grupo formar una fuerza mayor que combata con garantías las dificultades. El optimismo, dicen, es revolucionario.

La noche acaba con una reunión de amigos en el bar de siempre, que también ha cambiado en consecuencia de los tiempos que corren. Antes, era un rincón taciturno pero con encanto, con una clientela fija de edad avanzada. Ahora, se vende a cualquier postor, convertido en un espacio que reúne a grupos de jóvenes de dudosa fidelidad, que lo mismo están hoy que faltan mañana. Ya no se tienen clientelas pequeñas pero fieles en esta ciudad. Miro a los jóvenes y me pregunto cómo se es joven viviendo en un socavón, cómo se puede tener una adolescencia sin la promesa de un mañana mejor. Luego me doy cuenta de que a esas edades, no giras tú alrededor del mundo sino que es el mundo el que gira alrededor tuya, en una ingenuidad tan grande como definitiva.

En el bar, todo se ha universalizado en pos de la supervivencia. Han cambiado las buenas marcas por bebida de cloaca. Los precios son competitivos pero el matarratas termina afectando al hígado y te recuerda que, a veces, lo barato sale caro. Hasta la música suena diferente. Pero por alguna razón nostálgica, algo que nunca terminamos de explicarnos, seguimos encontrándonos en el mismo sitio y terminamos hablando de los mismos temas, de cómo está Jerez y cómo remediarla.

Y hablamos de lucha social, de cambiar el sistema, del funcionamiento en comunidades, de abandonar la banca tradicional por una banca ética, de hacer política de otra manera, de consumir energía procedente de renovables, en definitiva, de conquistar el mundo para hacerlo mejor. Sí, somos unos idealistas muertos de hambre. Entre copas, expandimos nuestra fantasía como un manto que pretende abarcarlo todo y nos prohíbe decir que no. Por primera vez, nadie se guarda rencores y si hay un camino, nos parece el que hemos hablado. Puede que se trate de una exaltación alcohólica o puede que, sencillamente, el tiempo nos acerque a nuestra verdad.

Camino a casa ya es de madrugada, los mendigos pueblan los bancos y las tiendas, cerradas, esperan otra jornada gris. Y pienso que en pocos días me marcharé y me sucederá como siempre, que lo haré refunfuñando y perezoso, escupiendo culebras por tener que irme. Se vive bien en Jerez y, sin embargo, la vida es un sinvivir.

Comprendo que no me queda más remedio que marchar y hacer vida fuera, y que Jerez, como el Minotauro, seguirá siendo un hombre desnudo y sin cabeza, manco, cojo e incapaz de defenderse, cuyos ciudadanos desmembrados, guiados por un instinto animal, buscan la salida del laberinto en el que se ha convertido la existencia. Impulsados por la costumbre de sobrevivir, despiden esa falsa estación de Eiffel corriendo detrás de una vida mejor y desprovistos de la promesa que les trajo el gigante. Su destello de bronce, que solo refleja nuestra propia avaricia, ya no le impresiona a nadie. 

 

Minotauro, la estatua de Víctor Ochoa Sierra, herencia de otros tiempos en Jerez.

Minotauro, la estatua de Víctor Ochoa Sierra, herencia de otros tiempos en Jerez.

[1] datos del mes de Noviembre de 2014.
[2] Los dos amigos a los que consulté cuando se realizó esta crónica, han cerrado sus negocios.
[3] El reportaje fotográfico ha sido realizado por Alejandro López Menacho.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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    5 Réplicas

  1. Alberto

    Gran síntesis de lo que ocurre en esta ciudad, o al menos de la mayor parte de su situación a día de hoy. Coincido en los sentimientos encontrados que nos produce esta ciudad a los que hace tiempo que la dejamos y volvemos periódicamente, no podrías haberlo explicado mejor. Enhorabuena por el artículo, de jerezano a jerezano.

  2. Carlos Gallardo

    No se puede describir mejor. Desde Brasil, hace 10 años que intento entender.
    Nada me entristece mas que pasear por la calle Porvenir un domingo de tarde.
    Volver es ilusionante, salir es inevitable.

  3. Ivan

    Conozco Jerez solo de ir a Primark.
    Pena ninguna. Votantes de políticos corruptos, seguro que si voy al centro está lleno de banderas españolas apoyándoles una y otra vez.

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