24 de septiembre del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



El diccionario Cambridge recoge la definición de Fake News: “historias falsas que parecen ser noticias, difundidas en Internet o usando otros medios, generalmente creadas para influir en las opiniones políticas o como una broma.”.

Habrán leído, de un tiempo a esta parte, multitud de artículos sobre Fake News. Como tendencia, son muchos los medios que alertan sobre la proliferación de noticias falsas que buscan influir en la opinión de la población en un sentido u otro.

Si nos fijamos en la procedencia de esas noticias, casi todas vienen de medios tradicionales venidos a menos que guardan un aspecto en común: Las han pasado canutas para adaptarse a los tiempos que corren. En su redacción se sufrieron los recortes -la working class, claro, los sueldos de los directivos ni se tocaron-, sus suscriptores se han ido a otros medios y la audiencia ha ido menguando de la mano de su credibilidad.

El máximo exponente de esta coyuntura tiene nombre y apellidos: El País.

 

Tantos las últimas noticias de Google como las noticias de pago sobre Fake News tienen a El País detrás. Qué casualidad.

No es el único, pero sí su capitán. Un medio que ha perdido a grandes firmas en la última década y que de la mano de su director Antonio Caño se ha asomado al precipicio. El otrora referente informativo de este país durante la transición y el comienzo de la joven democracia española, es ahora un medio sostenido por negocios paralelos, su red de contactos y la nostalgia del brillo perdido.

 

En esta tesitura, El País lleva tiempo insistiendo en sus escritos sobre redes sociales y medios de comunicación en una dirección: El mundo lo invaden los bot rusos y las noticias falsas (Fake News). Algo que convive con el usuario digital desde que accedió a Internet pero que, de repente, preocupa a sobremanera en la dirección de los periódicos. ¿Qué hay detrás de esta repentina obsesión?

Simple: Los medios tradicionales necesitan recuperar credibilidad y restituir su prestigio perdido. Por eso los verás organizar conferencias, debates y escribir mucha opinión al respecto. Sin pudor, se señalan a sí mismos como solución a una ficción alimentada desde sus propias páginas. Los mismos medios que ignoraron el 15M, que han publicado Fake News cuándo y cómo han querido, que confundieron deseo con realidad poniendo un falso Hugo Chávez moribundo en su portada, que han aplicado un ERE a su plantilla, que han m vetado a periodistas en diferentes publicaciones por pura criba ideológica (Aguilar, John Carlin, Ignacio Escolar… etc.), que han publicado editoriales salidos de los intestinos de su máximo responsable, que han sido condenados por la justicia y que han acercado la opinión al terreno de la verdad, ahora nos dan lecciones de dignidad y nos alertan sobre la posverdad.

 

Del triunvirato que ha sostenido a El País los últimos años, Cebrián se va obligado por el consejo directivo y por la puerta de atrás, a Antonio Caño lo echan después de llevar al periódico hasta parecer más de derechas que La Razón, y David Alandete, desmontado por el parlamento británico y con una carrera más que cuestionable, va por el mundo haciendo el ridículo y mintiendo sin pudor sobre los bots rusos junto a sus redactores de confianza. Ya no le creen ni con el apoyo incondicional de la también desacreditada APM, liderada por la blanqueadora oficial del Franquismo, Victoria Prego.

Amparados por un Donald Trump que hace de altavoz ante las Fake News, gran obsesión del magnate americano -que tilda de falso todo lo que entiende contra sus intereses-, la dirección de El País subraya un epitafio que maquilla su mala gestión y tiñe de dignidad la carrera de quienes se preocuparon por el poder mucho más que por el oficio.

Así, cabe volver a la pregunta primigenia. ¿Existen noticias falsas? Sí, las ha habido desde tiempos pretéritos y siempre las habrá (en España, por cierto, la comandan los panfletos de ultraderecha), pero nunca sirvieron más de subterfugio a los que perdieron su credibilidad con el simple ejercicio de su profesión. Prostituyendo el periodismo ante los sectores dominantes, servil hasta la náusea y adhesionándolo a corrientes ideológicas personales, que en nada contribuían a las sanas costumbres de pluralidad, respeto y credibilidad que merece el ejercicio del periodismo.

Por eso toman por borregos a los lectores tildándolos de influenciables, sin demostrar el impacto real de las Fake News, e intentan pasar por falsa la información pertinente y alternativa, y por eso te hacen creer que las noticias falsas han venido para acabar con la información. Y no. Con el periodismo estaban acabando ellos hace ya demasiado tiempo.

Hace algún tiempo hubiera sido imposible creer que los tres de la fotografía de  El País, solo iba a quedar Pedro Sánchez.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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    Una Réplica

  1. José Juan Bueso

    Felicidades Javier, has escrito un artículo estupendo que se sumerge en los intereses empresariales de construir “falsedad” replanteando sus estrategias ahora también desde los medios digitales. Sin duda la postverdad y las distopías son el síntoma social de un problema social y cultural muy profundo que afecta a los modelos nuestro entero mundo

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