24 de septiembre del 2017
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En general, los estudios científicos demuestran un hecho que no debería sorprender mucho en realidad: en todas las sociedades avanzadas del mundo (tanto a este lado como al otro del Atlántico) los lobos han pasado de ser criaturas proscritas, y condenadas al exterminio, a considerarse hermosos animales que hay que conservar y recuperar. Efectivamente, hoy las sociedades avanzadas quieren lobos. Quizá porque esas sociedades se construyeron a base de destruir el mundo natural en exceso, arrasando bellos paisajes, extinguiendo a muchas especies de plantas y animales, y empobreciendo enormemente nuestro entorno inmediato. La fealdad y miseria ambiental de los alrededores de toda gran ciudad, por ejemplo, es prueba evidente de ello. Sería de esperar que, con el tiempo, esas sociedades avanzadas se dieran cuenta del error cometido, y por tanto de que la destrucción no es el camino correcto hacia la verdadera civilización. Y como rectificar es de sabios, quizá ahora queramos recuperar la naturaleza perdida y, con ella, a sus lobos.

Sea como fuere, los datos científicos son muy claros. En un estudio reciente realizado por especialistas suecos, en el que repasaron las actitudes hacia el lobo en toda Europa desde 1976 hasta 2012, se ha constatado que la mayoría de la población europea es hoy en día proclive al lobo. Por sectores, resulta que las jóvenes generaciones y las personas más educadas, o con mejor formación, son las que tienen actitudes más positivas hacia la especie. Por el contrario, las posiciones de ganaderos y cazadores fueron las más negativas, aunque es importante señalar que también mostraron porcentajes importantes de apoyo al lobo. Desde luego, mucho más importantes que antaño, cuando su tolerancia hacia los lobos era prácticamente nula.

Es muy ilustrativo que sean precisamente la juventud y el conocimiento los factores que en Europa estén impulsando la protección y la recuperación del lobo, pues estos siempre han sido elementos decisivos en el progreso de la sociedad. Los jóvenes aportan nuevos y necesarios bríos, mientras que el conocimiento nos aclara cómo son las cosas de verdad, más allá de supersticiones o viejos prejuicios, de forma que orienta a la sociedad sobre por dónde hay que ir para lograr avances significativos. Actuar de espaldas a la ciencia, hacer caso omiso al conocimiento, o perjudicar a la juventud, siempre ha sido en la Historia fuente de grandes traumas y retrocesos. Por tanto, habrá que hacer caso de nuevo a los jóvenes y a la ciencia, si es que se quiere seguir mejorando como sociedad.

De hecho, la comunidad científica internacional proporciona cada vez más pruebas de la importancia crucial que el lobo tiene en el funcionamiento de los ecosistemas, y en los beneficios que, indirectamente y a través de la regulación de los mismos, proporcionan a su vez a la sociedad humana. Esto es lo que se considera como servicios ecosistémicos. O dicho de otro modo, la ciencia explica qué ocurre cuando los lobos faltan, como sucede en tantos lugares, de esos ecosistemas. Y lo que ocurre es que la sociedad paga con el tiempo facturas cada vez más elevadas: por ejemplo, los jabalíes aumentan en exceso (así como otros ungulados, como cabras montesas, ciervos y corzos; lo que a su vez favorece la aparición de enfermedades como la sarna) transformándose en una verdadera plaga, y esta abundancia antinatural destruye el suelo de nuestros montes, daña la vegetación amenazando a la flora autóctona más sensible, provoca la desaparición de pequeños animales (como roedores, reptiles, etc) e impide el crecimiento poblacional de otros como el conejo (perjudicando así también a especies amenazadas como el lince ibérico o el águila imperial), invaden los cultivos produciendo importantes pérdidas a los agricultores, y se convierten, incluso, en un peligro para los conductores en la carretera. Todos estos son graves problemas con los que las administraciones españolas tienen que lidiar cada año, y que evidentemente también se traducen en dinero, es decir, en cuantiosas pérdidas económicas, que no se producirían de haber habido lobos.

En todo el hemisferio norte, y por tanto también en España, el lobo es una especie clave que impide que los ecosistemas se alteren y terminen derrumbándose, protegiendo con ello a los propios seres humanos y sus intereses. El lobo equilibra los ecosistemas donde vive, evitándonos así toda clase de problemas como los arriba expuestos. Por tanto, y según la ciencia actual, el lobo es una especie tan necesaria y beneficiosa que hay muchas razones para que sea protegido totalmente por ley, así como para recuperar sus poblaciones en todas las regiones del país, asegurando su supervivencia a largo plazo (que al final es tanto como asegurar la nuestra propia, porque dependemos de los ecosistemas que el lobo ayuda a mantener). Nadie negará que los lobos puedan llegar a atacar al ganado doméstico, pero los daños particulares serán siempre muy inferiores a los beneficios generales producidos para toda la sociedad. Y desde luego, será labor de las administraciones públicas, en una sociedad que sea de verdad avanzada y civilizada (esto es, reconciliada con la naturaleza y por tanto sostenible), compensar eficazmente al ganadero el pequeño daño producido, así como poner toda clase de medios para minimizarlo en lo posible. También será responsabilidad del ganadero (apoyado por la sociedad y la administración), como buen profesional y con la preparación debida, aplicar los métodos ya conocidos y probados (muchos de ellos tradicionales) que permiten poner a salvo los rebaños y evitar así las pérdidas.

Pero además es que el lobo es un símbolo vivo de la naturaleza, y las sociedades avanzadas quieren lobos ya que se dan cuenta de que el destino de esta especie es el mismo que el de la Tierra en que habitamos, y por tanto es también el nuestro. Una sociedad avanzada de verdad sabe que sólo pervivirá si el lobo sobrevive, es decir, si somos capaces de mantener la biodiversidad, si somos competentes para conservar y recuperar la naturaleza de la que dependemos. Si esto se logra significará que hemos hecho lo correcto, que nuestros actos han sido dirigidos por el conocimiento y la ética, y también que las leyes de las que nos dotamos se han cumplido. Y en todo esto consiste precisamente la auténtica civilización. Porque ya decían los antiguos que la diferencia entre los pueblos bárbaros y los civilizados comenzaba con el respeto a la ley, de forma que, en la versión idealizada de Platón, el gran Sócrates (que predicó en la Grecia clásica también la importancia de la ética y el conocimiento) prefirió morir en vez de escapar de la prisión y violar la ley ateniense que le condenó. Antes muerto que incivilizado. En este sentido, es literalmente una auténtica barbaridad que se maten lobos al sur del río Duero, pues la ley lo prohíbe, y estas matanzas que eluden la norma escrita nos alejan de la civilización. Las sociedades avanzadas quieren lobos porque también quieren que se cumplan las leyes, porque leyes y lobos (naturaleza) señalizan la la senda correcta que lleva a la verdadera civilización, y así a nuestra propia supervivencia.

En nuestras manos está proteger al lobo y garantizar tanto su recuperación como su futuro. En las manos de la ciudadanía y en las de los gobernantes. Todos tenemos que decidir, en último término, si queremos avanzar de verdad como sociedad, si optamos por dejarnos guiar por la ciencia, la ética y el cumplimiento de la ley hacia un horizonte sostenible en el que el aullido del lobo sea la guinda de la civilización. O si, torpe de nosotros, decidimos acallar la voz de la naturaleza y, con ella, nuestras propias voces. Veremos.

 

 

Las fotografías espectaculares son de Josu Ortega

 

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Jorge Lozano

Experto en Ecología y Conservación de Carnívoros. Investigador Post-Doctoral en la Universidad Leuphana de Lüneburg (Alemania)

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