27 de mayo del 2017
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Se cumplen quince años de la primera emisión de “A dos metros bajo tierra”, la magistral serie de Allan Ball que recapacita de un modo nunca antes televisado sobre la vida y la muerte. Es hora de revisitar a los Fisher o morir en el intento.

Hace poco comentaba con unos amigos si las series de televisión actuales no encierran gran parte de la solución en la búsqueda de una definición para el concepto de postmodernismo tras acabar, impactados y satisfechos, el último episodio de la excelente segunda temporada de “The Affair”.  La serie de Sarah Treem y Hagai Levi es una portentosa y lúcida reflexión polifónica sobre los avatares de la intemperante aventura extramarital entre un maduro aspirante a escritor asfixiado por una vida guionizada y una joven y lacónica camarera atrapada entre un pasado perturbador y un presente oscuro.

The Affair” es un slow paced show, un concepto sin una clara traducción en nuestra lengua, pero que vendría a significar algo así como “una narración a fuego lento”. A diferencia de otras series más populares y cargadas de efectismos, tours de force y personajes ambiguos, “The Affair” se instala magistralmente en el complejo terreno que comprende el mundo audiovisual y el de la novela, y lo hace introduciéndose en los pensamientos, temores, inseguridades, tormentos y dichas; en las consecuencias de los actos impulsados por la atracción física y las rupturas emocionales de sus protagonistas, sin oropeles innecesarios ni excesivos artificios.

Y a pesar de su original puesta en escena, series como “The Affair”, con una estructura mesurada y fundamentalmente exploradora de la naturaleza humana, le deben gran parte de su andamiaje y armonía narrativos a la magistral, inolvidable y pionera obra de Allan Ball, “A dos metros bajo tierra”, que en estos días cumple quince años desde su primera emisión en HBO el tres de junio de 2001, y que lo hace con vigor y vigencia. Un slow paced show como la propia vida. La historia de las mil y una muertes.

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Decir que a “A dos metros bajo tierra” es una de las grandes obras audiovisuales de la televisión y el cine de todos los tiempos no debería extrañar a cualquier persona que haya disfrutado de sus cinco ejemplares temporadas. Y quizá es quedarse corto.

Articulada a través de la muerte -una al comienzo de cada uno de los cincuenta y cinco episodios: variopintas, arbitrarias y distintas (desde el bebé que muere súbitamente sin haber concebido la memoria, el dolor o los misterios del universo hasta un vulgar atropello, pasando por suicidios lisérgicos que viajan en el tiempo, homicidios intempestivos, ancianos conectados a un holter que emite repentinos pitidos o aparatosos accidentes laborales), “A dos metros bajo tierra” nos conecta con la fatalidad suprema de la vida usando como medio narrativo a la propia muerte junto con las vicisitudes de la compleja y entrañable familia Fisher, propietarios de una casa funeraria en Los Ángeles –Fisher & Sons– a la que habrán de acudir los familiares de los fenecidos al comienzo del episodio.

Con esta singular premisa, “A dos metros bajo tierra” nos acongoja en cada episodio con una proyección hacia nuestro propio futuro: la inevitable finitud y la quebradiza fragilidad de la vida sustentadas sobre las reflexiones de los propios Fisher, dolorosamente conscientes de que la muerte es su negocio y el modo de afrontarlo desde la perspectiva de sus distintos miembros y de los familiares de las personas fallecidas que acuden a contratar sus servicios funerarios: reflexiones, conversaciones y situaciones cargadas de hermosura, crudeza, profundidad analítica, desamparo, discordancia o  desgarradas negaciones de las más elementales reglas de la naturaleza; silencios perentorios rodeados de ataúdes, recomposición de cadáveres, tubos de drenaje, refacciones y químicos para embalsamar.  Todo reflejado sin boutades, sin intrincadas odiseas vitales: la serie está salpicada de cotidianidad, de momentos en los que el espectador comprende que esta obra habla de su propia vida, de la vida de todos.

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La serie de Allan Ball está provista de numerosos y pioneros méritos. El primero y más evidente es retratar en el medio audiovisual un tema tan espinoso e inefable como la muerte de una manera fulminante y directa, absolutamente exenta de censura, derrumbadora de tabúes. Ya sólo por esto, la obra es valiente y merecedora de reconocimiento. Y sin embargo, “A dos metros bajo tierra” no deja de ser una inmejorable, serena y radiante alegoría a la vida, además de un sublime ejercicio técnico y de guión, con algunas de las mejores actuaciones que hemos visto en una pantalla.

Narrada con una cadencia hipnótica que destila esencia literaria, perdurable como un buen libro, la serie contiene una belleza lírica, un tempo y una disposición de personajes atrapados en sus propios dilemas -la memorable Brenda, el atormentado Nathan, la terquedad titubeante de Lisa, la perspicacia adolescente de Claire, por nombrar algunos- que construyen una trama arrolladora emocionalmente, lúcida, dolorosa. Es eficiente en el arduo proceso de deslavazar o erradicar tópicos, de visitar los sótanos en los que arrojamos nuestros temores e incertidumbres más intratables,  y aún se permite licencias sorprendentes: está cargada de un inteligente humor negro, casi siempre a mano de los visitantes del más allá. En “A dos metros bajo tierra”, los muertos aún tienen una última palabra que decir a los que se quedan aquí apabullados por la tristeza de la pérdida del ser querido.

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“A dos metros bajo tierra” es compleja, magnética y sublime. Y nunca decae: todo lo contrario, la serie crece conforme crecen en el espectador sus memorables personajes. Y posee uno de los más portentosos desenlaces jamás escritos: sus últimos tres episodios son pura explosión de sensaciones y su apoteósico final es capaz de sacudir los más férreos cimientos de nuestras emociones y arrastrarnos a un desbocado paroxismo de un modo nunca antes visto -y sentido- en televisión o en el cine. De los que dejan una huella indeleble y te acompañan como un deslumbrante tesoro para siempre.

La creación de Allan Ball es posmodernismo, es el la joya de la corona de la televisión reciente. Aunque lo más justo sería emanciparla de la mundana etiqueta televisiva. “Six feet under” -su nombre original – trasciende el concepto de simple espectáculo; más bien es un ejercicio filosófico, una  reflexión ajena a las modas y corrientes de los tiempos, una invitación a diseccionar la naturaleza humana a través de sus luces más rutilantes y sus sombras más lóbregas. No es una serie apta para todos los públicos porque, de hecho, no es una serie.

Y a los que nunca se asomaron a ella: no dejéis que la parca os pille por sorpresa y ya sea demasiado tarde. Cuando ya estemos reposando, hasta el fin de los tiempos, a dos metros bajo tierra.

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Manuel Martin Perez

Diseñador gráfico y aprendiz de Bartleby. Escribiendo cosas que no publica y ganando concursos literarios sin importancia desde que tiene uso de teclado. Actualmente copresenta y guioniza el espacio de radio “Jerez en positivo”, en Onda Jerez Radio. Debuta como firmante en La Réplica.

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