12 de julio del 2018
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Convivimos cada día con las cuentas de nuestra clase política en las redes sociales. Ya sea por interés propio, por campañas de pago, por nuestro algoritmo o porque lo comparten nuestros contactos, terminamos invadidos por sus contenidos. Y, teniendo siempre en cuenta que ninguna forma de comunicar está exenta de errores, es curioso comprobar cómo la clase política suele reincidir en sus mismos defectos. Hemos querido analizar los diez errores que nos parecen más habituales.

Usar las cuentas institucionales como propaganda de partido

Este es un error frecuente, que se manifiesta sobre todo cuando se avecinan comicios importantes. Los partidos que gobiernan olvidan que las cuentas de los Ayuntamientos y Comunidades no son un elemento más de propaganda. Por muy irresistible que resulte, estas cuentas han de actuar como servicio público e informar de los asuntos que conciernan a la población, no a los partidos. Informar de asuntos relevantes, solucionar dudas, comunicar iniciativas y eventos, y promover la participación ciudadana en asuntos del día a día. Pero no están para lucir al alcalde o alcaldesa, promocionar a concejales o destacar logros como si fueran patrimonio de unos cuantos. Las buenas prácticas en este sentido deberían regularse por ley, pues está visto y comprobado que los partidos políticos son incapaces de autocensurarse.

Hablar sin saber

Un ejemplo reciente. En su ambición por atraer el voto femenino en un momento que en las encuestas le dan la espalda, Ciudadanos se intentó apropiar del legado de Clara Campoamor y del contexto de la época, hablando de ella como si fuera una liberal en el sentido actual, mucho más conservador y asociado al neoliberalismo. Pero entonces llegó Isaías Lafuente, experto en la figura de Campoamor, y puso las cosas en su sitio. Por supuesto, no ha habido una respuesta coherente a estas apreciaciones.


Apropiarse de éxitos ajenos

En esto los líderes políticos, sea cual sea su signo político, actúan de igual manera. Cada vez que un deportista del país gana un título, lo felicitan a través de un tweet. A veces parecen mensajes calcados. Todos se emocionan con Nadal, con la Champion League, el Baloncesto o con las medallas de la delegación española en las Olimpiadas. En esta etapa oscura donde el Partido Popular tiene pocos motivos para la alegría, la cuenta de Mariano Rajoy parece la de un periodista deportivo. Hasta Pablo Iglesias alaba al Real Madrid, un equipo del que ni siquiera es simpatizante, ¿lo hubiera hecho de no tratarse de una figura pública?

No habría nada de malo en ello si luego se acordaran de los deportes minoritarios a la hora de destinarles los recursos que también merecen o si su seguimiento no se hiciera público solo en momentos exitosos.

No solo sucede con los deportes, si hay un éxito político que se pueda asociar a tu partido, estate preparado para aprovecharlo. Le sucedió a Rajoy con Merkel, a Rivera con Macron, a Pedro Sánchez con Portugal y, hace ya algún tiempo, a Podemos con Varoufakis y Syriza. Las alianzas internacionales son algo cotidiano en política, pero se echa de menos la lealtad en esas relaciones. En eso, la política es un poco como la vida, cuando llegan los éxitos, todo el mundo te visita, pero en los malos momentos, estás más solo que la una.

 


Reproducir y perpetuar bulos

Si hay algo que me parezca especialmente deleznable de una cuenta política, a la que se le presupone responsabilidad social, es difundir bulos y desentenderse de ello. Y más cuando usan como fuentes panfletos periodísticos que sirven más como propaganda política y como Fake News que como referentes de la profesión. OkDiario, EsDiario… un tipo de publicación tóxica que se saltan, día sí, día también, cualquier cosa que se le parezca a un código deontológico.

 

No saber reconocer un error

Darán extrañas explicaciones, retorcerán las palabras hasta el surrealismo, sacarán rocambolescas teorías conspiratorias de la chistera, experimentarán un repentino silencio, pero nunca -o casi nunca- pedirán perdón por un error o un escándalo, por más evidente que sea. Es casi como las ruedas de prensa después de un caso de dopaje en ciclismo -símil que ha utilizado Unidos Podemos muchas veces en relación a la financiación del Partido Popular-.

El caso del máster de Cifuentes quizás sea el más flagrante de los últimos tiempos, donde la protagonista de la historia se fue enredando en una tela de araña de mentiras hasta provocar su caída. De vergüenza ajena.


Tomar la parte por el todo

Es muy habitual en la guerra de ataques que se ha convertido las redes sociales, coger un caso particular de un pueblo recóndito de España y llevarlo a la crítica de toda una organización. Seas del color que seas, suena un tanto injusto. Si un concejal de un pueblo perdido en el mapa de la geografía española comete una fechoría, eso no hace que toda tu organización sea así.

Es necesario y entendible señalar estructuras mafiosas y corruptas como las del Partido Popular en la Comunidad Valenciana, Madrid o Murcia, y se actúe denunciando su cleptocracia, pero es totalmente desproporcionado cuando se tratan casos a todas luces puntuales y que tienen que ver con personas concretas en entornos concretos (dos ejemplos, un concejal que robó un iphone o el líder de juventudes de un partido que tenía pornografía infantil en su ordenador).

No saber unificar el tono de una cuenta

Sabemos que es complicado compatibilizarlo, pero hay cuentas de políticos que mutan del lenguaje personal a lo meramente institucional y viceversa de una forma descarada y termina confundiendo el propósito de su perfil. El caso más paradigmático es el de Donald Trump, cuya actividad diaria se suele saldar sin grandes sobresaltos, pero con la llegada de la medianoche hace temblar a su equipo de comunicación, pues es el propio Trump quién tuitea mientras ve el televisor. En este tweet, por ejemplo, acusa a Barack Obama de pincharle el teléfono durante las elecciones con falta de ortografía incluida. De película.

 


Aprovechar Hot Topic de manera ridícula

Hay Trending topic muy jugosos, pero algo que deben aprender los responsables de comunicación digital es que no siempre tienen porqué estar en el candelero. Un ejemplo es el de Podemos con el hilo que catapultó a la fama a Manuel Bartual. Su versión resultaba ridícula y no pareció, ni de lejos, el mejor método para ganar votantes ni para hacer reflexionar sobre las vergüenzas del gobierno de la Comunidad de Madrid. Más bien al revés, a la comunidad digital no hay cosa que menos les guste que le tomen por tontos.

Actuar con irresponsabilidad

La cuenta de Albert Rivera es tremenda en este sentido. En un caso reciente, el líder de Ciudadanos no tuvo el más mínimo reparo en difundir las identidades de nueve profesores que supuestamente discriminaron a alumnos que eran hijos de guardias civiles tras el 1 de octubre. Un incidente que tendrá que solucionar la justicia llevado hacia una cacería digital en su propósito de denunciar el adoctrinamiento en las escuelas de Cataluña. Las consecuencias de su tweet no se hicieron esperar y una pintadas amenazantes aparecieron en la fachada del colegio. Lejos de pedir disculpas, los hooligans de su partido salieron a defender a su adorado líder y justificaban así un tweet vergonzoso, impropio de alguien que tiene el propósito de gobernar el país.

Comportarse de forma infantil o como un vulgar Troll

Una cosa es entender el lenguaje propio de las redes sociales y usar sus recursos para que el impacto de tus comunicaciones lleguen lo más lejos posible, y otra es darle un enfoque excesivamente infantil o vulgar. Las palomitas del Partido Popular durante la crisis del PSOE o el tweet de Mango de Izquierda Unida tras la renuncia de Cristina Cifuentes podrían servir como ejemplo. Mofarse del contrario cuando ya está hundido es de muy mal gusto. En la vida hay casi más importante que saber perder es saber ganar. Hasta en política, la educación y las formas son importantes.


Y a ustedes replicantes, ¿qué otras prácticas de la clase política en las redes sociales os parecen corregibles? 

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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