21 de agosto del 2017
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En plena efervescencia del conflicto independentista en Cataluña, provocado dicho sea de paso por el continuo desgaste de los partidos en el gobierno y su manera de retener votos, me ha dado por pensar cuáles son los motivos principales por los que mis amistades independentistas quieren emanciparse de España. Los he resumido en cinco fundamentales:

1) España es un país sin remedio, ultraconservador, continuista del franquismo y que siempre estará anclado en el pasado

Touché.

Este es el gran motivo de la desafección de mi entorno independentista con respecto a España y, francamente, tienen motivos para pensar así.

España es un país donde su decrépita Corona ha usado el nombre de la nación para enriquecerse y en la que parte de la familia han sido juzgados y condenados por corrupción, un país que tiene la justicia secuestrada por el partido que gobierna, vinculado hasta extremos difíciles de comprender a la religión católica, cuyos habitantes son sometidos arbitrariamente a una ley mordaza utilizada ideológicamente, incapaz de tener gesto alguno con la memoria histórica y con el mayor número de fosas comunes tras Camboya, con un problema desatendido en torno a la violencia machista, y cuyo partido en el gobierno, que saquea lo público allá donde gobierna (Valencia, Madrid, Murcia… etc.), está siendo juzgado como partido por corrupción y tiene una estrecha relación con el franquismo y la ultraderecha.

Lo cierto es que, con estos mimbres, es difícil seducir a nadie.

La única contra argumentación a la que se puede aludir es que España ha sufrido una transformación notable en términos sociopolíticos los últimos años, el arco parlamentario ha mutado, tenemos unos movimientos ciudadanos con una actividad relevante y abiertos a la sociedad civil, unas agrupaciones municipalistas que ganan peso político, los partidos se han visto obligados a reinventarse en términos de transparencia y representación y, poco a poco, paso a paso, pese a la inestimable labor del gobierno, se está construyendo una sociedad capaz de darse auxilio a sí misma y con un gran sentido de la solidaridad. ¿Es suficiente? Seguro que no, evidentemente queda mucho camino. Pero es un principio. Subestimar la capacidad de cambio de la sociedad española es un error, al igual que sobrevalorar la capacidad de cambio de Cataluña. Somos, con lo bueno y con lo malo, mucho más parecidos de lo que creemos.


2) Hace falta una mejor financiación para Cataluña. Pagamos mucho al estado, recibimos poco

Este principio nunca lo he compartido y me sorprende a sobremanera encontrar amigos que se autodenominan de izquierda usándolo. Pero es una realidad que me han comentado muchas veces, que los recursos de Catalunya para mejorar la vida de sus ciudadanos no son los que debieran. Que su esfuerzo fiscal es superior. Que eso influye a las condiciones de los transportes públicos, a las partidas presupuestarias, al déficit, a la calidad de vida, etcétera.

Si bien es un reclamo pertinente, será porque vengo de una región pobre como ella sola, no lo comparto. Todas las regiones presentan desequilibrios fiscales y de riqueza, sin ir más lejos, Barcelona tiene un desequilibrio fiscal tremendo con el resto de ciudades catalanas, los pueblos de mayor número de habitantes con los pueblos de menor números de habitantes, y así podríamos parcelar cualquier parte del estado, las mismas ciudades en su seno interno o el eje norte-sur de Europa, por citar algunos ejemplos. Existe un principio de solidaridad entre pueblos que componen la mayoría de países avanzados y me parece el camino correcto. Todos debemos avanzar de la mano y de forma equilibrada, para lograr un mundo más justo. Yo resido y trabajo en Barcelona, y si parte de mis impuestos colaboran a que un pueblo extremeño disponga de una biblioteca, por ejemplo, no seré yo quien me oponga. ¿Que eso afecta a parte del desarrollo de mi ciudad? Me parece un precio razonable a pagar.

Por otro lado, en el apartado histórico, tampoco cabe olvidar que los esfuerzos del independentismo en materia económica han dado sus frutos las últimas décadas, y desde el célebre pacto del Majestic de Aznar y Pujol (por cierto, qué sintomático ver cómo han acabado sus protagonistas) hasta ahora, con cada gobierno catalán y cada gobierno central, se ha ido ganando cuota de autogobierno a casi todos los niveles. ¿Acabará el conflicto independentista con otra negociación económica? Hay quien vaticina que sí. Yo no lo tengo tan claro.


3) En ningún otro país roban como en España

Es cierto que el PP bate todos los récords de corrupción y que no ha sido el único partido centralista en su expolio a las arcas públicas (véase el caso de los ERE en Andalucía), pero que las élites aprovechan sus privilegios para infringir la ley y enriquecerse no es un privilegio exclusivo de España. Sucede en muchos países, sucede en el FMI, sucede en casi cualquier espacio de poder. Igual que el PP está imputado, el partido de Durán i Lleida, UDC, entonces parte de Convergencia, fue condenado por corrupción y las mordidas de la familia Pujol (el famoso 3 y 4%) han afectado a la sociedad hasta el punto de inhabilitar su discurso y su figura política para los restos y dejar a lo que queda de Convergencia, PDCat -con la estrecha colaboración de Artur Mas-, en las cloacas de la representación política.

Los paralelismos en la corrupción de ambos gobiernos -conservadores y muy muy patriotas- son evidentes. ¿Mal de muchos, consuelo de tontos? No, simplemente ratificar una obviedad, que la independencia no acabará con la corrupción y las desigualdades ipso facto, sino que tendría, como en España, que comenzar echando cambiando a quienes han ostentado el poder los últimos lustros y trabajar en medidas de reparto de la riqueza, transparencia institucional y regeneración política. No es poco.

Imagen encontrada en el blog Spanien Kaputt.


4) Es una cuestión histórica. España nos conquistó

Este es un tema complejo, del que me permito minimizar su impacto.

Tanto del lado independentista como del nacionalismo español, se han mostrado mil y una teorías a lo largo y ancho de la red. No está de más verlo con perspectiva y acudir a alguna publicación extranjera. Esto dice, por ejemplo, la BBC. En cualquier caso, no me parece una argumentación adecuada. Parte de la sociedad catalana forma parte de un legado, el de una reivindicación histórica que tiene muchos precedentes y se encoge y alarga como un acordeón. La relación con el estado español ha conocido muchas fases. Desde luego, no se parecen en nada, por poner ejemplos recientes, el acercamiento de Zapatero y su abortado Estatut al inmovilismo de Rajoy, la mayor fábrica de independentistas del mundo.

Sea como fuere, a mi juicio, en cuestiones identitarias la historia no debe ser una losa. Qué más da la serie de catastróficas desdichas o sagradas bendiciones que hayan provocado tu sentimiento, el caso es que ahora te sientes así. Los pueblos tienen derecho a autodefinirse en el presente y a elegir qué quieren ser el día de mañana.

Fotografía de Enric Catalá en Eldiario Catalunya.

5) Es una cuestión sentimental

Argumento irrefutable. No se puede elegir cómo se siente una nación, una tierra, una patria o una bandera. Hay personas que no desarrollan un sentimiento patriótico (como yo) y otras que sienten que unas costumbres, una cultura, un mismo espacio, una memoria colectiva o la proyección de un futuro en comunidad, los vincula a determinadas personas y estiman que para su proyección comunitaria deben tener órganos de autogobierno. Y es que el independentismo, aunque suene manido, es como el amor, no se elige, sucede sin más.

Ahora bien, si tiene que ver con el desapego, con cuestiones estratégicas o problemas de carácter estructural, siempre les digo a mis amigos y amigas que yo prefiero seguir vinculados, que veo absurdo dividirnos en dos frentes para luchar por lo mismo, que para combatir las desigualdades y bregar por la justicia social, mejor unidos.

Tengo claro que España es muy amplia como para sentirnos iguales, lo veo más bien como un conjunto de naciones que se vinculan a través de las relaciones entre sus habitantes y una memoria compartida fruto de la emigración, la cultura y las relaciones comerciales. Pero no me veo con la potestad de obligar a una comunidad a formar parte de un conjunto con el que no se identifica. Si los catalanes y las catalanas quieren independizarse, que lo hagan, encantado y buena suerte. Si no, perfecto, ni un minuto sin trabajar juntos por un mundo mejor.

Ahora bien, alguien, más tarde o más temprano, tendrá que preguntarles.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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