15 de diciembre del 2018
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Si pudiéramos sustituir la soberbia de muchos jueces españoles por la humildad de los niños ecuatorianos, España sería un gran país. Si la paranoia o el narcisismo togado diera paso a la sinceridad y pureza de los infantes de Ibarra, el conflicto catalán ya se habría resuelto. A los guaguas ecuatorianos no les resulta necesario creerse más que el resto.

Circulan por la vida seguros de sí mismos y convencidos de ser tan prescindibles como cualquier magistrado del Supremo. No necesitan dar la nota ni hacerse el “prota”. Cuando otro niño les molesta y les impide jugar, sea acercan a ti sin disimulo y te dicen: “oiga señor, este niño me está molestando, y yo no le he hecho nada”, “¿le parece justo, señor?”. Y tú, que conoces de su elegancia y educación, amonestas al niño rebelde y le haces ver que juega con injusticia y que ha de aprender a jugar “bonito”. A los niños ecuatorianos no se les habría ocurrido impugnar el “Estatut” de todos los catalanes con el objetivo de conseguir un juguete de regalo. Menos aún se habrían dedicado a recusar a los jueces que no les iban a dar la razón (Pérez Tremps) para sustituirlos por jueces afines. “Eso no está bien señor”. Tampoco los niños ecuatorianos habrían perdido el tiempo organizando una votación sobre juguetes que no se encuentran a su alcance. Si los niños ecuatorianos dirigieran este país los catalanes nos sentiríamos más integrados. Promoverían el kichwa, el catalán y el castellano y reclamarían respeto a sus comunidades. No tratarían de imponer sus reglas ni aceptarían que otros les impusieran las suyas. Si los niños ecuatorianos impartieran justicia, Ortega y Gasset no tendría razón cuando afirmó, con cierta ironía, que “del inmenso volumen de la historia universal se pueden espumar muy pocos nombres de jueces inteligentes”(Sobral Fernández, 21, 1994). La soberbia ciega la mente y convierte en estulto hasta al hombre más inteligente. Eso jamás le pasaría a un niño ecuatoriano.

Si los niños ecuatorianos se presentaran a las elecciones, PP y PSOE necesitarían coaligarse con VOX para sacar representación parlamentaria. Casi nadie se resistiría a la clarividencia de quienes viven sabiéndose intrascendentes, tan intrascendentes como cualquier político español.

El niño ecuatoriano no robaría del erario público y su sueldo sería modesto. No ambicionaría grandes riquezas ni vestiría suntuosos trajes, su autenticidad y su grandeza se encuentran en su humildad.  Si los niños ecuatorianos gobernaran este país, el inefable Felipe VI huiría a Roma despavorido, incapaz de aceptar su absoluta mediocridad y negándose a recibir lecciones de los pequeños genios. Para los soñadores, para quienes sueñan con la utopía, no hay mayor esperanza que la de un futuro dirigido por niños ecuatorianos. Mientras tanto, la estulticia del mundo jurídico nos hunde en la fosa de la estupidez, la estupidez de quienes se creen imprescindibles mientras pasean su escandalosa mediocridad.

Referencia: Sobral Fernández, J. (1994). Psicología y Ley. Madrid: Eudema.

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David Condis Almonacid. Escritor y letrado de la Seguridad Social. España no puede caer en una espiral autodestructiva. Replicar forma parte del proceso dialéctico que debe conducirnos a soluciones equitativas.

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