23 de julio del 2017
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Acabo de leer Los perros de la Eternidad,  la última novela de Alejandro López Andrada y no me resisto a hacerle un breve comentario, desde el cariño y la admiración que profeso al autor. Tengo que confesar que, como siempre que leo los escritos de Alejandro, siento que mi imaginación se enriquece con la vitalidad que le da el estilo literario de su autor, al que sigo desde hace tiempo y siempre acaba sorprendiéndome con la riqueza de su vocabulario y de un mundo inusual de metáforas e imágenes que uno no sabe si está leyendo un libro de poesía novelada o una novela poética.

Los perros de la eternidad es el último premio  de un Alejandro acostumbrado ya a recibir muchos condecoraciones  a lo largo de su carrera literaria. La novela  se ha impuesto en el Premio Literario Jaén de Novela 2016, convocado anualmente por Caja Granada y que está en su trigésima segunda edición, y ha tenido que competir nada menos que con 104 obras que se han presentado al concurso. Eso nos dice que la obra ha debido tener ante el jurado una calidad literaria y un desarrollo brillante de la trama como para enamorarlo. Y es que Los Perros de la Eternidad  es una novela que, aunque describe  “la historia de un hombre recluido en la habitación de un hospital que va desgranando los momentos vividos” a lo largo de su existencia, primero, en un pueblo rural y minero,  y después en la capital, pudiera resultar un tanto monótona y limitada a las reflexiones de un enfermo crónico, resulta atrayente porque aborda mucha de la problemática social y política  que hoy nos preocupa.  El Jurado del premio ha destacado “la certera recreación de un mundo rural en vías de desaparición en contraste con la complicada actualidad político social” y eso narrado en un texto “cargado de pulsión lírica y que mantiene la tensión narrativa hasta el final”.

En las dos últimas novelas escritas, Alejandro se muestra como un escritor de compromiso con su realidad social. Ya en  El Jardín vertical se presentaba como la voz de un indignado  ante la realidad sociopolítica que se vive en estos años, y la verdad es que el autor volcaba mucha de su indignación y cabreo ante el espectáculo provocado por la corrupción y la mala política que provoca la pobreza y la humillación de una clase social pisoteada por los dictados de un liberalismo criminal. Eso sí, la dureza de la trama novelística se endulzaba, de alguna manera, con una escritura poética, muy fácil de leer y siempre pringada de imaginación y brillantez. Ahora con Los Perros de la Eternidad  sigue Alejandro implicándose en la realidad sociopolítica pero con más ternura –diría yo. Describe con energía tanto la situación de un mundo rural en declive, donde las relaciones humanas están inmersas en un ambiente hosco de personajes duros y de difícil trato;  en contraposición  “con una sociedad urbana herida por el desencanto de una crisis económica, sino también ideológica y moral” como apunta la contraportada del libro. Pero todo ello, descrito con un estilo peculiar que ayuda a digerir la dureza de la trama.

Es por ello, que puede pensarse que Alejandro nos presenta una línea negativa de la situación sociopolítica, una tanto frustrante, que no nos lleva a ningún sitio. No creo. Nuestro autor es un espectador serio de la situación que se vive, sobre todo, en los ambientes que más están sufriendo los embates de un sistema que, en los últimos tiempos, se está degradando a marchas forzadas, dejando en la cuneta a mucha gente mientras que los privilegiados de arriba cada día son más ricos. Y vuelca su mirada, triste e hiriente, en sus escritos para que  todos seamos un poco más conscientes de nuestra responsabilidad en el devenir de nuestra sociedad para que la situación no se pudra más. Pero, eso sí, a través de su herramienta más preciada: la literatura. Con la palabra hecha poesía, repleta de figuras literarias que invitan al lector a acercarse al texto con pasión y, al mismo tiempo, con el deseo estético de disfrutarlo.

La novela describe una especie de panorama sociológico de situación sociopolítica y cultural de la ciudad en que se enmarca la acción. Se moja en la descripción de los aspectos menos positivos y destaca, en contraposición, las singularidades estéticas y de dinamismo vital que la ciudad muestra en tantos rincones de su geografía y de la jovialidad de sus gentes. Esto descrito con el rico lenguaje que emplea Alejandro lleno de ingenio, de riqueza literaria y de una brillante imaginación, invitan a vivir o al menos a visitar a esa ciudad que tanto encanto presenta. El final de la novela deja una sensación algo triste, el protagonista recuerda con resquemor los personajes que han ido pasando por su vida y alude a una especie de espacio etéreo “donde aún ladran…  los perros malditos de la eternidad”. Por supuesto que el lector  adivina quienes son esos “perros” y se queda con el, a veces, duro mensaje de la novela, agradeciendo a Alejandro su capacidad para hacernos reflexionar a lo largo de la lectura de su novela.

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Emilio López Pizarro

Jubilado. Fue periodista durante una breve temporada y funcionario público casi toda la vida. Hombre de bien. Es progenitor de los creadores de La Réplica.
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