25 de abril del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



En un artículo anterior muy relacionado con éste, mencioné que cuando un servidor era un joven estudiante de Psicología, un profesor nos dijo que, si bien vivíamos en la época de los trastornos de ansiedad y las depresiones, pronosticaba que a estos se les unirían en unos años las psicopatías. Y realmente tenía razón. Las psicopatías son un grupo de alteraciones caracterizadas sobre todo por la incapacidad para empatizar con las demás personas. Debido al cine pensamos que un psicópata es un asesino desprovisto de sentimientos que sacia sus instintos sin tener en cuenta el sufrimiento de sus víctimas. Eso es cierto en parte, y no hay más que considerar lo que recientemente ha ocurrido en el caso del asesino de Diana Quer. Casi con total seguridad, y a falta de la opinión de los peritos, ese tipo es un psicópata que muy probablemente hizo lo que hizo sin remordimientos y sin sentimientos de culpa por el gravísimo daño que ha causado.

Pero la psicopatía también puede darse a un nivel más sutil, más cotidiano si cabe. Me refiero a esa ausencia de capacidad para ponerse en el punto de vista emocional de otra persona, que se da en el día a día y que lleva al “psicópata cotidiano” a despreciar el sufrimiento ajeno, ya sea provocado por él mismo o por otros. Es un psicópata que no mata, pero cuya falta de empatía se manifiesta en pequeños actos de forma rutinaria, normalmente contra desconocidos a los que trata con desprecio o crueldad. O bien “calla y otorga” cuando es testigo de una agresión en su entorno. Este psicópata puede ser incluso visto como una buena persona en su círculo próximo y no se equivocarían: el psicópata cotidiano no trata mal a las personas de su entorno, sino a aquellas de las que se siente emocionalmente distanciado y cuyo sufrimiento le importa, literalmente, un bledo.

Hace poco he sido víctima de uno de estos psicópatas. Me encontraba junto a mi pareja en un tren en Alemania que hacía la ruta entre Colonia y Bonn. Habíamos comprado nuestro billete el día anterior en la estación, por lo que aparentemente todo estaba en orden. Al aparecer el revisor se lo dimos para que nos lo picara. Pero algo extraño empezó a suceder. El revisor comenzó a observar detenidamente el billete y a voltearlo mientras empezaba a proferir malhumorado frases en alemán, que, evidentemente, no entendíamos. Realmente no sabíamos dónde estaba el problema, ya que el día anterior habíamos hecho otro trayecto similar en tren y habíamos seguido el mismo procedimiento en la compra del billete. En esa ocasión, la revisora no nos había puesto ningún problema. Cuando le pregunté en inglés al cabreado revisor qué ocurría, pude entender que por lo visto el billete deberíamos haberlo pasado por una máquina para que estampara la fecha en la que iba a ser usado, es decir, ese mismo día. Ni que decir tiene que al comprar el billete nadie nos había informado de que debíamos hacer tal cosa, y así se lo hice saber al revisor. Pero el tipo seguía enojado con nosotros. Y cuando digo enojado no exagero. Gritaba en alto frases entre alemán e inglés recriminándonos no haber sellado el dichoso billete. La situación pasó de ser cómica a ser verdaderamente desagradable. Yo le decía que tampoco es que fuera un gran problema, pero él gritaba y reiteraba: “Yes, it’s a BIG problem!”.

De pronto, alguien que se encontraba unas filas más atrás comenzó a gritarle algo en alemán al revisor. Para nuestra sorpresa, se entabló entre ambos una discusión de la que no entendíamos absolutamente nada. La disputa, que duró algo más de un minuto, se zanjó cuando el revisor, visiblemente irritado, hizo un gesto con la mano como diciéndole “basta”. Al final el revisor, que no paraba de reñirnos, puso la fecha a bolígrafo directamente en el billete y lo picó. Yo, educadamente, a pesar de la bronca que nos acababa de echar, le dije que lo sentía y que ya sabía para otra vez que teníamos que sellar el billete. Entonces el revisor se acercó a mí y me preguntó: “Where are you from?” a los que le respondí “Spain. Entonces cambió el gesto de la cara a uno de desprecio que indicaba a las claras: “No me extraña”. Y se fue.

Mi pareja y yo estábamos literalmente alucinando por lo ocurrido y por sentirnos víctimas de tamaña falta de respeto. Hay que decir que durante los aproximadamente cinco minutos que duró el entuerto, nadie, excepto el señor que se encontraba unas filas más atrás, intervino en modo alguno. Entonces empezamos a elucubrar qué sería lo que podría haberle dicho el pasajero de atrás al iracundo revisor. Casi con toda seguridad le habría espetado algo del estilo: “Deja en paz a la pareja. Tampoco es para tanto. ¿No ves que son extranjeros y no se han enterado de lo que tenían que hacer?”.

Pero la cosa no terminó ahí, y lo que ocurrió a continuación fue lo que en realidad nos hizo sentir indignados e impotentes. Al cabo de una media hora, y cuando suponíamos que estábamos llegando a nuestro destino final, nos acercamos a la puerta del vagón. Allí precisamente se encontraba el revisor parado y sin hacer nada. Entonces, muy educadamente y sabiendo cómo se las gastaba el sujeto, le pregunté en inglés con la máxima corrección posible si la siguiente parada era Bonn. El tipo me miró y me ignoró por completo. Pasaron unos tensos segundos y, sin mediar palabra, me dio la espalda y comenzó a alejarse por el vagón. En ese momento noté cómo la sangre se agolpaba veloz en mis sienes por la profunda rabia que estaba sintiendo. Al comprobar cómo pasaba completamente de mí, le solté un: “Sorry?”. El revisor, sin tan siquiera girarse, me rugió un furioso: “No!” y siguió su camino.

Como podéis suponer ese fue el tema de conversación entre mi pareja y yo en las siguientes horas (e incluso días). Por la pregunta que nos hizo acerca de dónde éramos y por el gesto de desprecio que puso, pensamos que nos habíamos topado con un xenófobo. O simplemente era un desalmado, y la xenofobia sólo actuaría como una excusa para comportarse como lo que realmente era: una persona cruel. Un psicópata cotidiano. Quién sabe, tal vez con su mujer e hijos fuera un buen esposo y padre, un hombre agradable con sus amigos. Pero ante unos extranjeros despistados con los que no tenía conexión emocional alguna y que le habían supuesto una (pequeña) traba en su trabajo, salió a la luz el psicópata que llevaba dentro. Uno de esos que, en otras circunstancias y con algo más de autoridad, nos hubiera condenado al exterminio sin pestañear y después se hubiera ido despreocupado al cine con su familia.

Pensé en la cantidad de personas que por su raza o condición son víctimas de un odio casi a diario. Porque al fin y al cabo yo soy un tipo occidental que tuvo la suerte de nacer en un país medianamente civilizado y no estoy expuesto diariamente a tales muestras de desprecio y odio. ¿Pero qué ocurre con aquellos que sí lo están? Posiblemente un inmigrante musulmán se ría de lo que me ha ocurrido, ya que al él le pasarán cosas por el estilo un día sí y otro también. Ser víctima de menosprecios día tras día o te insensibiliza o te torna por mimetización en un intolerante. Tal vez eso explicaría (aunque no justificaría) que muchas de estas víctimas de odio cotidiano, por ejemplo, jóvenes musulmanes residentes en un entorno hostil hacia su raza o religión como lo es la Europa Occidental, terminen por convertirse en fanáticos que, por contrarreacción, decidan atentar contra el país que los acogió pero que los humilla diariamente. Ese era precisamente el perfil de los yihadistas que atentaron en Francia, Bélgica y más recientemente en Barcelona. Uno se plantea hasta qué punto podemos ser responsables con nuestros actos de los actos de los demás.

Pero lo que os he contado no es un caso excepcional. Los psicópatas cotidianos son muchos y están en todas partes. Son ese tipo de personas que, por ejemplo, acosan en el trabajo sin remordimientos a un empleado o compañero (mobbing), o se aprovechan impasiblemente de los demás. Y por desgracia también aparece entre los niños, seguramente por la violencia e insensibilización cotidiana a la que están expuestos y que tienden a imitar.

Pero otra forma de psicopatía cotidiana es la que se da entre los que son testigos de un acto de violencia y no hacen nada. Son los observadores que, ante un acto de humillación, agresión o violencia, prefieren no intervenir. Con su tolerancia hacia la maldad y su falta de reacción, fomentan que los actos del psicópata cotidiano sigan teniendo lugar. En un anterior artículo mencioné esa tendencia cada vez más extendida a callar cuando presenciamos un acto de agresión. Todos recordamos las imágenes del metro de Barcelona donde un racista golpeaba sin pudor a un chico oriental, o el caso del hombre al que le partieron la cabeza por recriminar a otro el no llevar al perro con bozal. Y los testigos de esos actos no hicieron nada. Por miedo o por indiferencia, pero no hicieron nada. Bueno sí, algunos sacaron sus teléfonos móviles para grabar la agresión y subirla después a Youtube.

Y esa es la sociedad enferma en la que vivimos y de la que a veces, por acción u omisión, nosotros también participamos. En cualquier caso, siempre nos excusaremos a nosotros mismos de nuestros viles actos, porque la capacidad de autojustificación del ser humano es infinita (como la estupidez, decía Einstein). Sencillamente no podríamos vivir con nosotros mismos pensando que somos unos malnacidos. Y estoy seguro de que el revisor del tren pensaría que incluso se quedó corto con nosotros por haberle hecho un poquito más difícil su trabajo aquel día.

Pero quiero terminar en positivo. Si bien es cierto que existen los psicópatas cotidianos, también están los “héroes cotidianos”. Son esas personas sencillas que se rebelan contra la violencia que observan a su alrededor y hacen algo, por poco que sea, para evitarla. O al menos por evidenciarla. El desconocido que se sentaba unas filas más atrás de nosotros y que alzó su voz para hacerle ver al revisor de lo exagerado de su reacción es uno de esos héroes. Aunque no evitó, ni seguramente evitará, que el revisor se comportara como lo hizo, al menos sí dejó en evidencia públicamente que se estaba pasando de la raya. Eso seguramente indignó aún más al revisor y no me extraña que explicara su reacción final cuando me dirigí a él en la puerta del vagón. Porque el psicópata cotidiano no está acostumbrado a que le recriminen por sus actos y eso le enfurece más. Así que la labor del héroe cotidiano en realidad no va dirigida tanto a la “rehabilitación” del psicópata, sino a actuar como modelo ante los demás y hacer ver al resto de observadores pasivos que hay que actuar contra el que se comporta cruelmente. Pero, sobre todo, el héroe cotidiano actúa por sí mismo. No puede dejar pasar un acto de humillación o violencia porque su ética personal está por encima de su miedo o indiferencia. Y ese es el verdadero valor del héroe cotidiano. Si la vida y la sociedad avanza y mejora es gracias a ellos. Son nuestros referentes y también se hallan a nuestro alrededor. Pero son menos visibles porque por desgracia son muy pocos.

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Antonio Romero

Doctor en Psicología por la Universidad de Sevilla. Profesor en el departamento de Psicología de la Universidad de Cádiz. Es autor y coautor de diversos libros académicos, a destacar “Psicoterapia” (Absalon ediciones, 2010) y Psicología del ciclo vital: desajustes y conflictos (El gato rojo, 2012), así como de diferentes artículos en revistas especializadas.

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    Una Réplica

  1. Nombre

    Qué puedo decir… Parece como si lo hubiese escrito yo.

    Por fin alguien expone la realidad de que la gente carente de escrúpulos no se encuentra sólo en las altas esferas del poder.
    Los de arriba son un reflejo de los de abajo… no al revés. Sólo se diferencia en las circunstancias. Dale “poder” al ciudadano promedio… y…

    Pero la gente no puede concebir una realidad tan cruel… y más si se sienten atacados como especie (e individuos). La mayoría necesita creer que hay un ser demoníaco que controla el mundo, que se opone a nuestro amoroso creador, siendo nosotros unos pobres corderitos inocentes tentados por el primero (aunque tampoco no sé si es verdad), pero núnca VILES y PERVERSOS. Cuando la realidad es que los humanos núnca hemos sido tan buenos (y espirituales) como nos pintamos nosotros mismos (quien si no).

    Y… naturalmente, el virus no va a reconocerse como tal. Es preferible (por el bien de todos) que continúe la mentira… o lo que es lo mismo: La (falsa) armonía en la sociedad. Que sigamos creyendo que “los malos” de la realidad se limitan a esos individuos oscuros y maquiavélicos que aparecen en el cine. Que el malo tiene cara de malo, y el bueno cara de… persona “corriente”. Así el “inocente” ciudadano promedio puede pasearse por este “bello” mundo con la sonrisa de tener limpia la conciencia (si es que la tiene). Gente que lo mismo es “buena” con los suyos (familiares y amigos), y “mala” con aquellos que no valora.

    Después de todo… los humanos somos animales… y nos movemos en grupo. Parecemos estar programados para ser buenos con los miembros de nuestra manada, y crueles con los individuos externos a esta.

    Y desde luego… también coincido en que en la cantidad no está la calidad (gente mucha, personas pocas). Tampoco es que yo me esté poniendo en la zona de los “inocentes” (de boquilla).

    PD: Lo dejo aquí… Pero no acabaría núnca.

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