16 de noviembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



En estos angustiosos años de crisis que algunos se empeñan en decirnos que ya se han acabado, hemos podido comprobar cómo se han perdido gran parte de los derechos y libertades que nos costó décadas alcanzar. Todo ese sufrimiento que conllevó conquistar derechos laborales y sociales simplemente parece haberse olvidado en apenas unos años. Y no me refiero sólo a los recortes laborales, sanitarios, educativos y sociales, sino también a la tristemente conocida como “ley mordaza”, que supone un retroceso sin precedentes en cuanto a la pérdida de la libertad de expresión y manifestación. Es verdad que no han faltado movimientos dirigidos a protestar por la pérdida de tales derechos, pero también es cierto que la mayoría de los ciudadanos terminan por aceptar casi sin rechistar todo lo que desde el poder político y económico se les impone.

La pregunta que surge entonces es la siguiente: ¿cómo se explica que los ciudadanos seamos capaces de someternos a tantos recortes y pérdidas de libertades sin oponernos, rebelarnos o actuar en contra de quienes toman esas decisiones? La explicación está en un proceso psicológico llamado “Indefensión aprendida”. Pero antes de definirlo os voy a explicar someramente el famoso experimento de Martin Seligman, su descubridor.

Seligman puso a dos grupos de perros en dos jaulas y los expuso a todos ellos a descargas eléctricas ocasionales. El primer grupo de perros fue colocado en unas jaulas en las que tenían la posibilidad de poner fin a la descarga eléctrica accionando una palanca, y el segundo grupo de perros tenía que soportar las descargas sin poder hacer nada para evitarlas.

Más tarde todos los perros, tanto los del primer grupo como los del segundo, fueron encerrados en una jaula donde también recibían descargas, pero la diferencia con las primeras jaulas era que para escapar solo tenían que saltar una pequeña valla. Los perros que tuvieron la posibilidad de escapar anteriormente accionando la palanca (grupo 1) saltaron sin problema la valla, percatándose de que podían escapar de esa situación como habían podido la primera vez. Pero los perros del segundo grupo, sin embargo, estaban tan sumamente atemorizados que ni siquiera se plantearon saltar la valla. Permanecieron inmóviles en un rincón de la jaula padeciendo las descargas, asumiendo que nada podían hacer por dejar de sufrir. Habían aprendido una terrible lección: la indefensión aprendida.

La indefensión aprendida se refiere entonces a la condición de un ser humano o animal que ha aprendido a comportarse pasivamente ante circunstancias dolorosas o dañinas para él, y que no responde ni hace nada a pesar de que existan oportunidades para ayudarse a sí mismo. Sería, en definitiva, la percepción de ausencia de control sobre el resultado de una situación. Es decir, la estoica creencia de que no podemos hacer nada para remediar o poner fin a una situación crítica que vivimos porque simplemente asumimos que no depende de nosotros y, consecuentemente, “hemos de aguantarnos con lo que nos echen”.

Este poderoso mecanismo psicológico de control social se conoce desde antiguo y no son pocos los desalmados que lo han puesto en práctica a lo largo de la historia: Stalin, Hitler, Mussolini y Franco, son un ejemplo de ellos. Más recientemente hemos podido comprobar el uso del mismo mecanismo en gobernantes como Bush (padre e hijo), Merkel, Rajoy y Trump, entre otros, así como en los extremistas de derechas que acechan a Europa y cuyo discurso está principalmente dirigido a inocular el miedo en la población. Todos aluden continuamente al miedo: miedo a los mercados, miedo a que si no realizan los recortes nos vamos a pique o nos echan de Europa, miedo a lo que está por venir, miedo a los que vienen de fuera, miedo a lo diferente, etc. Sencillamente porque una persona con miedo se deja hacer de todo (indefensión aprendida) y es fácilmente manipulable.

Por eso no hay que tener miedo, porque precisamente es con nuestro miedo con lo que juegan los poderosos. Con miedo estamos perdidos. Como decía José Luís Sampedro: “los recortes se aceptan por una de las fuerzas más importantes de la humanidad: el miedo“. Y, apostillo, el miedo lleva a la indefensión aprendida y a la aceptación pasiva.

El problema es que esta situación se perpetuará en el tiempo mientras el miedo esté siempre del mismo bando. Alan Moore, en su conocidísimo cómic anarquista “V de Vendetta”, pone en boca de su personaje principal una frase muy reveladora: “el pueblo no debería temer a los gobernantes; los gobernantes deberían temer al pueblo“.

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Antonio Romero

Doctor en Psicología por la Universidad de Sevilla. Profesor en el departamento de Psicología de la Universidad de Cádiz. Es autor y coautor de diversos libros académicos, a destacar “Psicoterapia” (Absalon ediciones, 2010) y Psicología del ciclo vital: desajustes y conflictos (El gato rojo, 2012), así como de diferentes artículos en revistas especializadas.
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