30 de marzo del 2017
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Madrid en llamas. La atávica voz de Esperanza Aguirre sentenciando: “es una medida ideológica, Carmena está enfrentando a coches y personas”, como si tuviéramos entre manos una nueva Batalla del Ebro –comentaba Enric Juliana esta mañana-. La ya de por sí compleja pulsión entre la crisis medioambiental y la escasa implicación para lograr un cambio de paradigma acentuado por el “cuñadismo” español y la falta de escrúpulos a la hora de utilizar estas situaciones como arma arrojadiza en el escenario político. Y la gente: “es que a mí las medidas contra la contaminación en estas fechas me vienen muy mal”, como si el dióxido de nitrógeno hubiera permanecido escondido tras un arbusto y, justo ahora, se revelase cual Grinch para robarnos la Navidad. ¿Qué demonios está pasando?

El Ayuntamiento de Madrid ha activado el escenario 3 del Protocolo de Contaminación, lo que implica que en la denominada “almendra central” de la capital (interior de la M-30) se alternará durante la semana la libre circulación entre matrículas pares e impares, sumado a las medidas que implican los niveles anteriores como la limitación de velocidad y la prohibición de aparcar a no residentes. Hay excepciones: vehículos de alta ocupación, ecológicos, transporte público, etc. Se trata de una medida de choque, a corto plazo, que pretende rebajar los niveles de ciertos contaminantes, especialmente el dióxido de nitrógeno.


A corto plazo porque, como escribí a principios de año en un artículo precisamente sobre la problemática ignorada que suponía la movilidad en este país , en el largo plazo son necesarias medidas urbanísticas acordes para paliar esta coyuntura. El problema del tráfico y por ende de la contaminación que acarrea se erige sobre dos pilares fundamentales: el demográfico (cada vez somos más en la ciudad) y el urbanístico (que determina cómo se diseña la ciudad y en qué medida goza de mayor o menor protagonismo el vehículo privado). Pero como el urbanismo es similar a un viejo y pesado buque cuyo viraje conlleva cierta demora, las políticas de movilidad son las encargadas de atajar el problema en el medio plazo.

Hablemos en primer lugar de la amenaza intangible. Aquella que esencialmente suscita la situación y de la que poco se habla: la salud. Los fallecimientos relacionados con la contaminación procedente del tráfico superan 20 a 1 a las personas que fallecen en accidentes. Además de la contribución al efecto invernadero por las emisiones de CO2. Es decir, sacar el tráfico rodado del centro de las ciudades no es –como pretenden hacernos creer algunos- una cuestión ideológica, sino el futuro indefectible al que aspiran las ciudades modernas. Y en eso, en España, también vamos varios pasos por detrás frente a nuestros vecinos europeos (aunque existen algunas excepciones).

¿Y cómo se lo toman nuestros vecinos? Bueno, cabe decir que salvo quizás en los países nórdicos, promover este tipo de iniciativas sigue generando muchos detractores. Con todo, en Londres la “congestion charge”, un peaje para poder acceder al centro, lleva implantado desde 2003 y fue ampliado en 2007; sistemas similares existen en Oslo o en Estocolmo. La peatonalización es otra medida a considerar, ciudades de Alemania como Nuremberg o Friburgo han diseñado vecindarios sin coches garantizando las conexiones pertinentes con bicicleta y tranvía. En Hamburgo el 40% de la ciudad debe quedar libre de tráfico para 2034, y en Helsinki pretenden auspiciar una red de transporte público tan efectiva que suponga un estadio superior al uso del vehículo privado (con autobuses bajo demanda mediante el teléfono móvil). En Bristol el objetivo fijado es reducir las emisiones de CO2 un 40% fomentando sobre todo la intermodalidad. Liubliana, Capital Verde Europea en 2016, tiene un 75% de la superficie destinada a zonas verdes, cifra que va en aumento y que se acompaña de la peatonalización del centro de la ciudad. Es decir, la dinámica es similar en toda Europa, aunque la forma de conseguir el objetivo varíe, a grandes rasgos: restar espacio al vehículo privado (salvo en el caso de vehículos ecológicos) y aumentar el protagonismo del vehículo público, la bicicleta y el peatón.

En definitiva, se pueden y se deben criticar las medidas tomadas por el Ayuntamiento de Madrid, proponer medidas adicionales en el corto y medio plazo, etc. Pero el comportamiento de algunos tertulianos y políticos está siendo intolerable y personalmente me causa una profunda vergüenza. ¿Por qué tanto patriotismo para defender la bandera y tan poco para velar por la salud de nuestros conciudadanos? ¿Cómo pueden conminarnos al proyecto europeo cuando recortan en pro de reducir la deuda y luego desoyen tendencias que son ya un clamor como la transición energética o la movilidad sostenible? Me atrevería a tildar semejante conducta de demagogia y populismo, pero la sobreexplotación de sendos términos me lleva a finalizar este artículo usando otro, más informal pero tajante: caraduras.

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Mario Siles García

Ingeniero, escritor, pintor por hobbie y activista por necesidad. En definitiva, un hombre renacentista que aúlla desubicado en plena era de la especialización.

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