11 de diciembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Hace ya bastantes años, a principio de los años sesenta, yo acudía a la escuela situada en el antiguo matadero de la Asunción, en Jerez. En dos clases nos hacinábamos cientos de chavales bajo las enseñanzas de un par de maestros. Eran otros tiempos. Recuerdo, en esos inviernos en los que hacía muchísimo frío, el tener la mano izquierda encogida dentro de la manga, aguantando una pequeña bolsa con leche en polvo y tener la otra mano, la derecha, estirada con el saludo de las legiones romanas, de cara a tres banderas a las que les cantábamos el “Cara al Sol. Una era roja y gualda con un enorme águila en el centro. A su izquierda había una roja y negra con el yugo y las flechas. Y la tercera era blanca, con un aspa roja o cruz de San Andrés.

Ese es mi primer recuerdo con trozos de telas. Las primeras banderas que vi. Detrás de ellas se escondían pasiones, muerte y despropósitos. Eran tiempos en los que trataban de adoctrinarnos para que fuésemos corderos patriotas y defendiéramos nuestra “patria” por encima de nuestras vidas y de nuestras familias.

Con el tiempo fui observando que el poder intenta envolvernos en diferentes banderas para fidelizarnos con sus ideas.

Luego fui a la mili donde me hicieron jurar la bandera del águila en contra de mi voluntad, pues si llevara alguna, llevaría en el corazón la bandera de mi tierra, la verde y blanca (que me dijeron que tiene influencias árabes y que imita a una planta de jardinería, que es la cinta) otra que con el tiempo algunos quisieron utilizar para adoctrinar.

Mientras me iba formando ideológicamente descubrí otras muchas banderas: la tricolor o republicana, la roja con la hoz y el martillo o la negra con el signo anarquista. Algo más tarde, el águila fue cambiada por el escudo monárquico. Llegó la azul con estrellas. Y como no teníamos bastante, llegó la de nuestra ciudad, la de nuestro equipo de fútbol o la de nuestra organización. Ya entonces me dí cuenta que tantas banderas ahogan, pues no podemos soportar tanta obediencia.

Es curioso, pero no hay banderas que representen la lucha contra la pobreza, la desigualdad o el amor y el respeto hacia los seres humanos, que es una lucha permanente y contracorriente por la solidaridad y el bien común. La pasión por la bandera, sin embargo, nos separa o nos hace enemigos de los que portan otros estandartes. Los trozos de tela nos deshumanizan, generando guerras en las que algunos se esconden o huyen para no pagar con su vida o su patrimonio lo que el patriotismo nos ha vendido.

En las guerras por las banderas los muertos y las desgracias siempre las ponen los pobres. Cuando actúa la justicia son los que no tienen dinero para pagar las fianzas. Sigan un poco los informativos y comprueben que los que saquean este país en su mayoría están todos en sus casas, mientras que el que ha cogido algo para comer está entre barrotes.

Cuando fui a la mili me contaron un chiste que representa muy bien lo que significa la bandera. Decía así:

Dos primos algo catetos van a la mili. Cuando llegan al cuartel un sargento se dirige a uno de ellos y le pregunta señalando la bandera de España: 

– ¡¿Esa quién es?!

– ¡La bandera! – contesta el cateto.

El sargento le propina una sonora bofetada: – ¡¿Y la bandera qué es?!

-Un trozo de trapo, le dice.

El sargento le da dos o tres bofetadas más al grito de -¡Esa es tu madre!-

Luego llama al primo y le pregunta lo mismo y este, todo listo, le contesta:

-¡Esa es mi tía, la madre de mi primo!

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Manolo Fernández

Representante ciudadano. Activista contrapoder. Concejal de Ganemos Jerez.

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