17 de octubre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Durante los últimos diez años de la animación asiática, los nombres que se descubrieron detrás del emblemático Hayao Miyazaki (Mi vecino Totoro, 1988) como Satoshi Kon (Perfect Blue, 1997), Katsuhiro Otomo (Akira, 1988), Mamoru Hosoda junto a la nueva ola con la franco-iraní Marjane Satrapi (Persépolis, 2007) y Ari Folman (Vals con bashir, 2008) catapultaron las historias animadas al gran público, desde una beta cinematográfica habitualmente de seguidores especializados, fanáticos del anime, el manga como de la novela gráfica.
Posiblemente aquí, algunos lectores se manifestaron en contra de las historias de Marvel Comics y DC comics cuyo imaginario ideológico sobre el poder y el ejercicio del bien y el mal, reza según los superhéroes ahora en tv y cine de grandes masas. No obstante, por muchos conocida esta factura narrativa, deja de ser de sumo interés ante la animación cuyas historias  tanto en las relaciones afectivas como las acciones  presente y el futuro de Makoto extrañas, experimentales con mayor complejidad abonan su estilo sobre temáticas de la condición humana y fantástica.
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En este sentido, resulta necesario reflexionar el contraste tan marcado, en los parámetros temáticos e ideológicos, que se confrontan en las dos fuerzas mediáticas más interesantes en los terrenos de la animación llevada al séptimo arte: las películas de superhéroes y la animación japonesa. Aquí resulta imposible describir en pocas líneas la magnitud narrativa de cada género pero sí es interesante, entender cómo ha evolucionado la animación asiática contemporánea en voz de los íconos actuales de las nuevas generaciones como Mamoru Hosoda autor de la reciente película El niño y la bestia (2015) cuya historia relata la vida del recién huérfano Kyoto y su viaje al mundo sobrenatural con las bestias donde conoce a Kumametsu, un guerrero testarudo que deambula entre la realidad y la fantasía en busca de un nuevo pupilo para ascender al grado de maestro de su linaje. Una obra extraordinaria que reflexiona sobre lo salvaje y lo moderno en la sociedad contemporánea.

Mamoru Hosoda nace en 1967 en Nakaniikawa (prefectura de Toyama) Japón. Pronto su aspiración a ser animador lo llevo a trabajar en Toei Animation en la emblemática Dragon Ball Z, Digimon y Magical Doremi. En las películas Galaxy Express 999 ~Eternal Fantasy~ y Pretty Soldier Sailor Moon SuperS The Movie fungio, Superflat Monogram, como One Piece: Omatsuri Danshaku, algunas de éstas como jefe de animación. El reconocimiento a su trabajo le vino con la silla del director con su film: La chica que viajaba a través del tiempo (2006), adaptación de la novela de Yasutaka Tsutsui que narra la historia de la adolescente Makoto junto a sus amigos de escuela Chiaki y Kosuke. Aquí un día, Makoto descubre que tiene la habilidad de viajar en el tiempo y eso la lleva a tener divertidas aventuras tratando de corregir y prevenir sus errores. Con gran aceptación del público mundial y sendas premiaciones en el Sitges Festival y el Annecy Festival. Este novel autor pronto se consolido como un gran pensador de la sociedad contemporánea, sus vicios tecnológicos e ideológicos.

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Al respecto, el cuestionamiento que establece Hosoda con el personaje de Makoto radica en la oportunidad de modificar los errores del pasado y pensar que el presente y el futuro pueda devenir en algo mejor. Makoto metaforiza el deseo que muchos alguna vez pensamos: enmendar las situaciones que nos resultaron adversas tanto en las relaciones afectivas como en las situaciones de la vida cotidiana. La apertura a varios universos paralelos, mueve a la historia a un matiz casi científico de “pensar el tiempo”. Así el mero sci-fi romántico que, en apariencia sucede, profundiza el leit motiv de la historia. Makoto posee la capacidad de viajar al pasado en repetidas ocasiones; sus consecuencias le traen nuevos problemas a sus amigos que debe arreglar. Sin embargo, al final del filme resulta muy convincente la reflexión tan sutil que deja la escena de Makoto mirando al cielo mientras piensa en su presente y después sigue jugando beisbol con sus amigas de escuela al calor de un día caluroso: el presente siempre es un secreto.

Tres años más tarde, con Summer Wars (2009), Mamoru plantea un drama ético tecnológico muy revelador de la sociedad posmoderna: la máquina y su poder para manipular la realidad. Aquí, de nuevo con un guión de Satoku Okudera, narra la historia del joven Kenji Koise quien es invitado por su bella compañera de escuela, Natsuki a pasar el verano con su familia con el objetivo de mostrarle a su abuela un novio. Kenji es un apasionado de las matemáticas y la informática y no es casualidad que la misma noche que llega a casa de la familia de su amiga en Nagano, la abuela Sakae Shinohara (un personaje importante en el mundo financiero de la zona) le haya llegado un mail con unos códigos secretos a descifrar para resolver el caos, que al día siguiente se desataría en el mundo.

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Hosoda recrea en el mundo moderno una de las interrogantes que siempre ha existido en los grandes pensadores del cine con Metrópolis (1927) de Fritz Lang donde se enfrenta la maquina contra el hombre por el poder absoluto de las hombres y las cosas. Aquí Hosoda añade un elemento imprescindible de la cultura japonesa: la familia. La familia de Natsuki lucha junto a Kenji para destruir el caos cibernético que desata la guerra informática por el poder. La acotación de mando con el personaje de la bisabuela, hace un guiño interesante a la trama, donde los personajes viejos en la tradición crean empatía con el nuevo mundo, personificado por Kenji y Natsuki para destruir los intentos de manipulación ideológica. Con esta tesitura narrativa Mamoru ha dado la vuelta a la clásica narrativa de la animación de los años noventa y desarrolla una nueva acepción de los problemas modernos a los que nos enfrentamos.

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Años más tarde, Mamoru adapta una historia de su autoría junto a su habitual guionista Satoku Okudera y con Los niños Lobo Ame and Yuki (2012) plantea la dualidad existencial del hombre frente a lo salvaje. Hana es madre de Yuki y Ame, niños producto del amor que existió entre un hombre lobo y ella. Han llegado a vivir en las afueras de la ciudad donde pasen desapercibidas las facultades que poseen de transformarse en hombres lobo por la noche. Sin embargo, con el tiempo esta dualidad les meterá en un conflicto hacia donde deberán decidir a que lado de su ser pertenecerán. Con guiños al naturalismo de Yasujiro Ozu y el tenor de la familia como leit motiv de la historia, Hosoda regresa a las raíces de la esencia humana plasmando en una simple historia, la reflexión que pocas veces el hombre se cuestiona en nuestros días: qué somos y adonde va la existencia del hombre. Lejos de la tradición que engloba las historias sobre hombres lobo en la animación, Mamoru reinventa la posibilidad de metaforizar en lo salvaje su calidad de padre de familia y en ella, asemeja los cuestionamientos espirituales que realizadores como Hirokazu Koreeda replicaron con Still walking (2008) donde la familia se cuestiona la vida entre lo viejo y lo nuevo en la actualidad.

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Con El niño y la bestia (2015) Hosoda mantiene la línea narrativa del hombre frente a lo salvaje pero aquí, re-plantea el conflicto y le añade la fantasía para explorar la amistad y la familia en la vida del huérfano Kyoto. En este sentido, la transición de la realidad al plano sobrenatural construye en el guerrero Kumametsu una excelente mancuerna dramática y, profundiza la idea del padre de familia y las consecuencias que existen con la ausencia de éste. Hosoda habla de lo mismo en ambos planos narrativos de la película: la ausencia del padre, disciplina y la traición a los valores familiares. No es extraño la referencia a Moby Dick (1851) de Herman Mellvile, donde la gran batalla del hombre solitario contra la ballena representa el miedo a volverse adulto. No es sorpresivo que el elemento de la educación es parte del leit motiv de la última parte de la historia, donde Kyoto asume su proyecto a futuro a través de ingresar a la universidad. Este guiño resulta muy relevante, pues pocas veces se inscribe dramáticamente en los filmes de animación contemporánea. Recordemos la “escuela” es un recurso que pasa a segundo grado en el drama existencial de Colorful (2010) de Kenchi Hara o The King of pigs (2011) de Yeong Sang-Ho, donde la satanizan por la temática del bullying.

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Finalmente, Hosoda a creado una dinastía de historias animadas que recurrentemente hablan de lo humano y lo animal, sin embargo, a diferencia de sus deudores como Miyazki o Katsujiro Otomo, ha logrado dar cabida a un recurso reflexivo y filosófico donde los finales dejan más cuestionamientos que historias finitas. No es casualidad pensar, que dadas las pobres exploraciones narrativas, que poco ha dado Norteamérica con las animaciones de Pixar, Dreamworks o Marvel Comics dejan mucho que desear ante la magnitud y el contraste cultural de otras latitudes del mundo. Tarde o temprano más espectadores se cansan de esto y recurren a la animación, tal ves buscando respuestas para cobijar una esperanza del futuro incierto.

 

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Licenciado en Letras Hispánicas con Especialidad en adaptación cinematográfica por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Tiene la Maestría en Estudios Cinematográficos en Guionismo de la Universidad de Guadalajara y la Maestría en Cine Documental por el Posgrado en Artes y Diseño- CUEC de la UNAM. Realizador, guionista y productor escribe sobre temas de cine.

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