10 de diciembre del 2018
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No tuve tutela ni profesor alguno, amigos o influencias directas, tampoco siglas o una tradición de militancia familiar. Mi acercamiento al marxismo se produjo de forma casi aleatoria, movido por la inquietud propia de la juventud. Porque no les quepa duda que el joven posee una avidez de conocimientos innata, su inopia actual es inculcada por el sistema y por la banalidad mediática, por la falta, en general, de instrumentos de juicio que le conduzcan a una serie de aspiraciones más allá de un piso, un perro y un coche (aunque hoy día ya parece apuntar demasiado alto), y por la consiguiente necesidad de evadirse con toda una serie de elementos alienantes al no disponer de diagnóstico ni propuestas que solucionen sus males; pero este es otro tema.

El proceso cognitivo del joven ostenta un elemento distintivo que merece la pena reseñar, ya que en no pocas ocasiones se diluye cuando éste madura o crece: el pensamiento crítico. Ya adultos, tendemos a asentarnos en posiciones preadquiridas y nos volvemos opacos ante un alto porcentaje de información que no entra en nuestro espectro ideológico. Esto no ocurre en la fértil mente juvenil que actúa como una esponja, razón por la cual deberíamos cuidar más el proceso formativo (en lo civil y social, no sólo en lo académico) durante esta valiosa etapa. Convendría, en este sentido, que todos intentásemos mantenernos jóvenes el mayor tiempo posible, claro que no es tan sencillo como aplicarse una crema antiarrugas.

Volviendo a mi caso particular, mi padre jamás trató de influir en mí ideológicamente. Para bien o para mal me otorgó plena libertad en ese y en otros muchos aspectos. Este hecho contribuyó a que tuviese una mente aún más abierta para esa edad, pero al mismo tiempo, ralentizó mi avance en ciertas ramas, siempre adquiriendo conocimientos con cautela y con cierto temor a posicionarme de forma equívoca, aunque profusa y metódicamente.

En la buhardilla donde mi padre aún tiene su despacho destaca una visión: los libros. Hay cientos de tomos de temas muy diversos. No en pocas ocasiones acudía (y continúo haciéndolo) a curiosear y a beber de esa fuente del saber. Aquel lugar era tan mágico para mí que fui asistiendo cada vez con mayor frecuencia, inclusive cuando me tocaba estudiar en verano para recuperar asignaturas de la universidad y despejaba la mente recorriendo la estantería en busca de mi próximo objetivo. En una de esas pausas, si mal no recuerdo me encontraba estudiando electrotécnica y luminotecnia, cayó en mis manos una biografía del viejo Karl Marx, el libro en realidad aportaba poco o nada en el plano teórico, pero mi mente pueril se sintió atraída por aquel elemento “subversivo” que abordaba la figura de ese señor, también por esa corriente ideológica de los cuales poco o nada se me había hablado durante mi formación académica. Yo, que no fumo y casi nunca bebo, me vi atraído por ese morbo juvenil del chaval que inhala su primer pitillo a escondidas, sólo que en lugar de un cigarrillo tenía entre manos un libro que relataba la vida del ideólogo fundamental de la doctrina marxista. Siempre los ha habido raritos. Sea como fuere, ese momento tan aparentemente banal e inocuo, supuso todo un cisma para mí.

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Karl Marx (1818-1883)

 

En los años posteriores comencé a indagar por iniciativa propia, quería relacionarme con gente con las mismas inquietudes. Abrigaba la idea de que tratándose de una corriente de pensamiento “alternativa” (pues no se imparte desde las tribunas “oficiales”), y requiriendo por ende y cuanto menos, cierto esfuerzo y amplitud de miras, sería un filón de personas realmente sabias y críticas. Pero de repente me topé con la primera gran brecha, esa que todavía supone tanto una muralla para marxistas como un escudo para todo tipo de ideologías contrapuestas y que ha conseguido descabezar nuestro movimiento durante décadas: Trotski frente a Stalin.

Menudo dilema, me decía, no se trataba de posicionarse, ¡era una cuestión visceral! Tenías que odiar a quienes justifican en mayor o menor medida el papel histórico de uno u otro a día de hoy, no admitiendo en ningún caso medias tintas. Devoré en un estío la biografía de Trotski por un lado, por otro la excelente crítica a la leyenda negra que de Stalin hace Domenico Losurdo, y algunos títulos más sobre el tema. Toda una vida haría falta, me decía, y a poder ser incluso conocimientos del idioma ruso, para llegar a una opinión realmente fundamentada y contrastada sobre actitudes tan enfrentadas y desentramar los entresijos de este periodo. Claro que existía una tercera vía, la de obviar esa retórica y enterrarla en el pasado sin tratar de darle una explicación razonada; hecho que no parecía demasiado coherente para el pensamiento marxista.

trotski

León Trotski

 

Yo seguía con mi prudencia, considerándome a mí mismo desconocedor aún de prácticamente todo, mientras comenzaba a atisbar un clima que no era ni mucho menos el esperado y que en cierto modo hedía. Me percaté de cómo unos borraban directamente la figura de Trotski de la historia, en lugar de explicar su papel, a pesar de considerarlo un traidor a la causa leninista; y los otros no cometían menos perjuicio al raciocinio al tildar al dirigente soviético georgiano de poco menos que de burro provinciano que no hizo nada a derechas en su vida, y lo que es peor, haciendo uso hasta de la falacia que usan los medios capitalistas al analizar la Unión Soviética de Stalin alejándola de su periodo histórico concreto. Me di de bruces con el dogmatismo, y la colisión fue extremadamente violenta.

Tuve que empezar a asimilar -con cierta desesperanza- el hecho de que ese movimiento tan crítico con la sociedad y los modos de producción actuales, albergara a su vez personas tremendamente dogmáticas, que en unos casos veían en el marxismo una especie de catecismo aislado de toda lectura histórica actual y concreta; y en otros, únicamente servía como pretexto para regodearse en su posición crítica al sistema capitalista sin buscar construir nada en absoluto. Los de tengo la razón y con eso basta. La enfermedad del marxismo de barra de bar. Todo ello se fue haciendo más evidente al conocer gente “muy roja” que sí tenía tradición de militancia, y que sin realizar análisis alguno e incurriendo en numerosas contradicciones no dudaban en esgrimir el revisionismo a diestro y siniestro menospreciando corrientes y movimientos muy diversos, los mismos que cuando éstos conseguían resultados ya fueren más o menos moderados como en el caso de Chávez, Mújica, Correa… etc., se subían entonces al carro haciendo como si nada.

A estas alturas (aunque intento mantenerme “joven”) sí tengo un posicionamiento y el debate es una de las cosas que más disfruto, pero en no pocas ocasiones opto por declarar que sigo sin saber nada. Continúo formándome en la medida en la que dispongo de tiempo y dejando para otros aquello de ser el más rojo de la barra del bar. Pero hay una cosa que tengo bien clara, y es que creo que la primera premisa que debe aceptar todo individuo o colectivo que se considere marxista es la de reconocer la derrota. Y la segunda, sobreponerse a ella. No podemos proceder como en la Rusia de 1917 ni tan siquiera hablar el mismo dialecto, porque nuestro discurso ha sido denostado sobremanera por los medios y genera incluso entre la clase trabajadora un profundo rechazo. Pero tampoco debemos anclarnos en lo que pudo ser y no fue, en el romanticismo de la derrota, y en la reflexión del grupúsculo de amigotes que ya piensan como nosotros; porque la política aún con las interpretaciones más certeras, si no llega a la gente es una política cercenada. La política es un medio, nunca un fin.

NOCHE ELECTORAL EN PODEMOS

De esta línea de pensamiento surge mi apoyo a Podemos. A nadie sorprenderá si digo que no son precisamente un partido marxista-leninista. Y pese a todo, hay que tener en consideración nuestro recorrido histórico y el espectro político actual, así como cierto sentido de lo pragmático e incluso, por qué no, de cuándo hay que saber ceder. Interpretar la historia es en cierta medida fácil aunque tedioso, pero descifrar el momento presente es extremadamente espinoso y no se hallan certezas hasta transcurrido un tiempo y gozando entonces de cierta perspectiva.

El cambio no siempre puede ser revolucionario, pues ello no es solamente es una cuestión de voluntad, si así fuere no habría explicación al hecho de que Lenin encabezara con éxito la revolución bolchevique en Rusia mientras en Alemania Rosa Luxerburg terminaba con el cráneo destrozado a culatazos y arrojada al Landwehrkanal. En el arte revolucionario la apreciación del momento lo es todo. Contribuir a agitar el espectro político para desplazarlo a la izquierda y obtener algunas mejoras sociales puede saber a poco para muchos, pero sigue siendo lo único factible en este momento y es más que necesario para una sociedad que se desangra día a día, sumida en la pobreza y la desesperanza, y para toda una generación de jóvenes sin futuro. Obviar esta emergencia sería un error tan profundo como relajarnos y dejar que la cuerda se nos deslice de entre las manos por completo, impidiéndonos posteriormente ejercer un empuje mayor si las condiciones son propicias para el cambio.

Cierto que se puede criticar a Podemos por muchos motivos y algunos de gran peso. Por ejemplo, en un mundo donde los capitales supranacionales ensombrecen cada vez más a la soberanía nacional, está por ver aún en el caso de que llegasen a ganar unas elecciones que tuviesen el margen de maniobra necesario para realizar tan siquiera las medidas socialdemócratas que proponen. Quizás nos toque retirar nuestro apoyo en un determinado momento y pasar a otra táctica, quizás nos equivoquemos y nuestra interpretación del presente se demuestre errónea, o quizás el hecho de habitar un mundo cada vez más multipolar junto con un acercamiento al eje de América Latina nos pueda otorgar cierta independencia. Es difícil saberlo. Hay que ir mucho más allá, pero desde luego lo que no es productivo ni racional es continuar arrojando piedras a quienes propugnan y luchan a pie de calle por unas mejoras sociales reales e inmediatas que son más que necesarias. Pedir el carnet a quien lucha contra los desahucios, contra la privatización de la sanidad, las condiciones extremadamente precarias del empleo, o a favor de la cura de los enfermos de hepatitis C; creo sinceramente que no es una estrategia inteligente y está fuera de lugar. La izquierda española debe aprender a compartir trinchera, o seguirá relegada al ostracismo.

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Mario Siles García

Ingeniero, escritor, pintor por hobbie y activista por necesidad. En definitiva, un hombre renacentista que aúlla desubicado en plena era de la especialización.

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    2 Réplicas

  1. Miguel Ángel

    Me ha gustado mucho esta entrada, sobre todo porque me veo reflejado en varias cosas: mi acercamiento al marxismo por casualidad y sin influencia externa, el encontrar un libro antiguo en mi casa y leerlo discretamente, que no conozca a nadie próximo a mí con mis mismas inquietudes políticas-económicas-sociales, la sorpresa de ver como muchos aún se enzarzan en debates en internet sobre eterna disputa Stalin-Trotski…

    Y de Podemos se pueden decir muchas cosas, pero por lo menos es algo. Un nuevo intento por el cambio, aunque sea una mera esperanza, una ilusión.

  2. Mario Siles

    Me alegra que te sientas identificado. Quise escribir el artículo con cierto tono personal para, además de abordar la temática que tenía en mente, realizar una especie de presentación en el blog.

    Sea como fuere, te animo a buscar personas y grupos con inquetudes similares a las tuyas, lo cual siempre es “nutritivo”, sin dejar de lado la independencia y el espíritu crítico que pueden suponer cierta ventaja en los que hemos recalado en esta orilla del modo narrado: más por fortuna e inquietud personal que por influencias externas.

    Un cordial saludo.

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