23 de noviembre del 2017
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La política en España parece decidida a darse de baja por un período indeterminado. En lo que parece será una larga travesía por el desierto —teniendo en cuenta lo que llevamos de viaje y lo que se intuye que queda— la clase política del país da muestras, una vez más, de su tremendo cinismo y alejamiento de la población. Hoy por hoy más que nunca.

Cuesta entender cómo después de siete meses y con dos elecciones de por medio, estemos todavía asistiendo a una pantomima vacía en la que resaltan los discursos maniqueos, las declaraciones de postín y una falta de valores que, no por sabida, debería dejar de escandalizarnos. La infame opereta en la se enzarzan nuestros dirigentes—qué prostituida está esa palabra—es la muestra más evidente del triunfo de la mediocridad. Ya lo decía Yukio Mishima: “La victoria está al lado de la mediocridad; ahora podemos leer esa afirmación y corroborarla por completo, muy a nuestro pesar.

En la contienda tenemos a tres actores principales: el Partido Popular, Ciudadanos y Partido Socialista. El que se ha quedado fuera de juego —nunca mejor dicho— ha sido Podemos, por estar, a priori, en contra de esa picaresca —aunque no es del todo cierto, pero daría para otro artículo— en la que siempre se enfrascan los políticos de turno. Así pues, como no quiere jugar, el resto de participantes le hacen el vacío. Ya no juegas, Pablo.

El PP es quien disfruta de la mejor posición, de la pole en la parrilla de salida. Y lo sabe. Mariano y los suyos han adoptado una táctica para esta segunda ronda de negociaciones —la primera ya parece de otro siglo y fue a principios de año—, posición más activa que tras el 20D pero sin forzar en exceso la máquina. No tienen prisa, el tiempo corre a su favor. La progresión ascendente en votos tras dos elecciones casi seguidas les asegura la victoria en unas hipotéticos terceros comicios, probablemente con más escaños todavía. Es de lógica, pues, que aunque no lo digan les gustaría que hubiera nuevas elecciones. Diría que de manera secreta practican rituales esotéricos para que así sea. Aunque ahora hagan el paripé con Ciudadanos, saben que es papel mojado. Pase lo que pase saldrán reforzados, gobiernen ahora o en 2017.

Cs PP Rajoy Rivera Mediocracia

En el otro lado se encuentra el PSOE. Justo en las antípodas. Perdiendo la batalla ideológica con Podemos, los socialistas están metidos de lleno en un callejón sin salida. Las opciones son a cada cual peor: unas nuevas elecciones seguirían acelerando su sangría de votos —¿se consumaría el sorpasso?—, pero permitir que los populares gobernaran gracias a su abstención sería sin lugar a dudas peor. Difícil papeleta la de Pedro, que se aferra a su condición de secretario general como un náufrago a una tabla de madera.

El tercero en liza es C’s; Albert intenta transmitir más que nunca una imagen de hombre de estado, preocupado sólo por el futuro del país y que éste salga adelante sea como sea. Para ello habla con todos —menos Podemos y nacionalistas—, de un lado y de otro. En la anterior y casi inédita legislatura llegó a un acuerdo con los socialistas, y ahora lo hace con los populares. Ambos acuerdos son insuficientes y no suman los escaños requeridos para formar gobierno. Con los socialistas todavía aguantaron los aires renovadores, pero este último pacto con el Partido Popular y sobre todo la claudicación de los naranjas frente al hecho que Rajoy siga como candidato —sin hablar de la marcha atrás en cuanto a corrupción se refiere— puede suponer una pérdida de confianza entre sus electores. El partido ha perdido mucha de sus supuestas señas de identidad, lo que sin duda tendrá un efecto negativo en sus hipotéticos resultados a finales de año. Más aún. A ellos tampoco les convienen unas nuevas elecciones.

Así está el panorama. Ayer—estas líneas se escriben el lunes 29—se anunciaba a bombo y platillo el acuerdo PP—C’s, trasladando rápidamente la presión a PSOE para que se abstenga en la votación de mañana martes. Los medios de comunicación hacen lo propio, pero en principio los socialistas votarán que no a la investidura. En primera y en segunda votación, lo que nos lleva a un supuesto nuevo intento en octubre. Dudo que cambie mucho la cosa, Pedro Sánchez está obligado tirar adelante sin remedio. Vamos camino de unas terceras selecciones, ¡en Navidad! Ni Berlanga lo hubiera hecho mejor. Todo es mérito de la mediocridad de políticos que tenemos.

Si en algo parecían ponerse de acuerdo los analistas políticos allá por diciembre de 2015, un poco antes incluso, era en celebrar la llegada de un período de más pluralidad en el Congreso de los Diputados que abría una nueva era: la de los pactos—supuestos, claro–, los verdaderos y no los que servían de parche durante cuatro años. Algunos ya entreveían leyes de Educación o Empleo que estarían por encima de intereses partidistas—como por otro lado debería ser siempre—, la construcción de unos cimientos estables y sobre todo con el consenso de la inmensa mayoría. Esas ensoñaciones han quedado reducidas a castillos en el aire.

¿Qué pasa, a todo esto, con el país que se supone han de gobernar esta panda de incompetentes? Pues que continua sobreviviendo pese a todo: la gente sigue buscándose la vida y tratando de salir adelante mientras intenta ver el lado positivo a esta crisis económica, de valores y de humanidad en la que nos han sumido una sarta de sátrapas sin escrúpulos ni talento alguno, creadores de un show vergonzoso. No son pocas las voces que, a modo de broma pero con una verdad intrínseca en ella que asusta, preguntan para qué queremos nuevo Gobierno si llevamos todo el año 2016 sin capitán al timón y el barco continua flotando con un rumbo más o menos fijo. Los más atrevidos han llegado a insinuar incluso que se está mejor sin nadie a los mandos de la nave. Es una reflexión escalofriante cuya sola mención debería mandar a toda la clase política a un pozo bien profundo.

La mediocridad, el egoísmo y la escasa amplitud de miras de las formaciones políticas, tanto las nuevas como las de siempre, han hecho realidad aquella película de Harold Ramis y protagonizada por Bill Murray, Atrapado en el tiempo: una repetición sine die del mismo día, un bucle eterno sin fin que lo paraliza todo y sume a quien lo vive en un aburrimiento supino.

Sólo nos queda averiguar quién es la marmota. Me temo que somos nosotros.

 

 

Las dos imágenes son de Reuters, de Juan Medina.

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Alejandro F. Orradre

¿Escritor? || Coleccionista de blurays (480) || Bolaño || Librópata || Miembro de la PAE || Escribo cosas raras en @murraymagazine y @Neupic

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