18 de diciembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Llorar sobre los hombros de una canción es infinitamente más curativo que cualquier manual de autoayuda. No existe sobre la faz de la Tierra un invento superior a ese perfecto artefacto humano que los trovadores nos declamaron. De la mano de unos versos sonoros bailan nuestras almas, se calma el intelecto. ¡Alegría!

Los versos sonoros encienden el sol, iluminan nuestras sombras. Ante ellos se proyectan, sin lugar a duda, la alfombra roja de los deseos en carne cruda. En síntesis: entendemos, al fin, que nuestra creatividad nos salvará.

Jamás olvidaré la primera vez que escuché a Rafael Caballero: se me incendió el careto (¡y hasta mi pelo prendió!) de dulce placer satánico. Mick Jagger y Keith Richards saben qué experimento alquímico se paladea cuando sientes ese líquido de mercurio invadiendo tu boca.

Síntesis ventricular

Si no fuera por la voz sonora nuestros oídos se ahogarían dolidos en el más unánime de los silencios. Por ahí, siempre nos emociona escuchar la voz de Silvio Rodríguez cantando Te doy una canción.

Sin la voz musical te quedas tan desolado como Gregory Peck en Vacaciones en Roma tras la conferencia de Audrey Hepburn.

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Poeta y animal radiofónico. Autor de El Yugo Eléctrico de Alicia y los poemarios "Todo lo peor" y "Metrópolis"

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