17 de noviembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Os voy a contar la historia de mi bandera.

Mi bandera es blanca y verde porque nací en Andalucía. Si la ves un poco al trasluz, entre las franjas verdes, se distingue un destello azulado, eco de la bandera de Jerez.

Jerez es una ciudad que amo y odio a partes iguales. Crecí cuando el bullying no tenía nombre, el hash y la heroína inundaban los barrios pobres, los movimientos sociales pedían el 0,7% y una gran parte de la población creía en el alcalde. Fue antes del boom inmobiliario, mucho antes de eso que llamaron crisis y el paleolítico si lo comparamos con la quiebra del Ayuntamiento y con esta eterna carrera de fondo que es recuperarlo para la gente. Con todo, a veces, mientras duermo, vuelvo a correr por los pasajes de mi infancia, me pierdo por el barrio de Pio XII, juego al fútbol en la Constancia, salto de azotea en azotea por las casas del centro y me compro un bocadillo de tortilla a la hora del recreo. Una infancia feliz, dura y difícil con una familia que salió adelante con tres niños, un único sueldo y mucho, mucho esfuerzo. Aún puedo ver el gesto de cansancio flotando en las pupilas de mi madre. Por todo ello, mi bandera es mi infancia.

Pero no es mi única bandera. También es la bandera de la comunidad valenciana, porque allí viví cuatro años y esa tierra solo me dio cosas buenas. En realidad, la tierra no te da nada, es solo arcilla que vuela con el viento o alquitrán que no deja respirar la madre naturaleza, lo que te da las cosas procede de la matemática de las circunstancias, te lo ganas tú o te lo quita de un plumazo la suerte. Quizás gracias a ella, hice en Valencia un montón de amigos, trabajé como un animal, escribí como un condenado a muerte, me comí arroces de todo tipo y aprendí a fracasar cada vez mejor. Allí me hice hombre, pero también un poco mujer, porque hice muchas amigas lesbianas y ellas adoptaron a un pueblerino andaluz y le ensancharon la mente, le enseñaron a amar sin prejuicios e hicieron que su bandera fuera también la bandera arcoiris. Me fui de Valencia por la puerta de atrás, sin dinero, sin trabajo y con la pierna rota, pero años más tarde, cuando volví, estaba casado con una valenciana y ya no había nada ni nadie que me separase de esa tierra. Horchata, mistela y agua de Valencia corren por mis venas. Por todo eso, mi bandera habla valencià.

Y si Valencia forma parte de mi bandera, no te digo ya Barcelona.

Barcelona es el caos y el orden, la ilusión y el desencanto, la ciudad que ningún día es la misma, la comunidad que se siente país, es la vida, en fin, como una tuneladora pasándote por encima. Agota Barcelona con solo mirarla y sin embargo, aquí sigo hipnotizado, hasta que algún día, alguien o algo rompa el hechizo. Aquí me he hecho charnego y turista, vecino y migrante, escritor y currante, amante y marido, persona y personaje. Mi bandera es la señera, pero también es argentina y colombiana porque fue aquí donde hice amigos que nacieron allí y los siento como hermanos, aún sin su consentimiento. Así, ahora, cuando veo las olimpiadas, puedo ganar hasta tres veces. Si gana España bien, si gana Argentina perfecto pelotudos, si ganan los colombianos, es chévere la alegría. Y más aún, si algún día hay que celebrar los goles de Cataluña, no duden que lo haré. Mi bandera, por más que cueste creerlo, es también la estelada. Tengo amigos independentistas, mis indepes, de la cosecha de mi vida, y ellos también merecen la gloria.

No sólo éstas son mis banderas, también es un poco la francesa porque pasé un verano allí, es la irlandesa porque visité el país esta misma semana, es Griega porque simpatizo con un país que lo resiste todo, por motivos parecidos, también es un poco Palestina y Siria, y por alguna extraña obsesión que no he conseguido aún desvelarme, mi bandera es muy cubana.

Supongo, y perdonen si esperaban más después de haber llegado hasta aquí, que mi bandera es mi infancia, mi lengua y mi gente. Y estos días, quizás más que nunca, la miro orgulloso, ondeando en el horizonte.

 

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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    2 Réplicas

  1. Carolina

    Antonio Machado:“De aquellos que dicen ser gallegos, catalanes, vascos, extremeños, castellanos, etcétera, antes que españoles, desconfiad siempre.  Suelen ser españoles incompletos, insuficientes, de quienes nada grande puede esperarse”

  2. Leti

    Soy andaluza, también he dado un par de tumbos y aprendí catalán por gusto. Cuando hablo con gente sobre Andalucía, los estereotipos saltan de inmediato y a veces, viendo muchas de las prácticas habituales de esta tierra que se agarra al folklore y la gracieja rancios como primer impulso, es difícil presentar una Andalucía otra que no es esa de la que se burlan muchxs. Gracias por tu texto, porque acompaña.

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