27 de julio del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



He visto…
que el miedo del hombre
ha inventado todos los cuentos

León Felipe 

Cuentos; miedo; cuentos de miedo… Mimbres necesarios para construir una sociedad protegida de vientos que puedan hacer tambalear unos muros pretendidamente sólidos, construidos bajo el imperio del “deber ser” y el ”siempre-ha-sido-así”. Mimbres necesarios para construir una cárcel en la que encerrarnos por-nuestro-bien. Encerrarnos para protegerse, diciendo que nos protegen. Mimbres necesarios: miedos necesarios.

Miedo al castigo; pero también miedo a la indiferencia y miedo a ser tachado como diferente. Vestir igual, divertirse igual… Para de esta forma sentir igual; pensar igual…

El miedo guarda el huerto, escuchaba decir cuando era niño; cuando los que ganaron una guerra construyeron una paz sobre los cimientos de ese miedo. El miedo era el espantapájaros de su huerto. Un espantapájaros que no permitía volar, aún no lo permite, sobre ese espacio; sobre ese coto en el que “ellos” -como decía el cantautor, “los que roban, los que mienten, los que venden nuestros sueños…”– sí podían moverse libremente, mientras que el resto podía únicamente contemplar el espectáculo detrás de la valla y aplaudir de vez en cuando, pero solo cuando lo pidieran y teniendo cuidado en acabar de manera simultanea, no fuera que una palmada a destiempo distrajera de la representación; de una puesta en escena basada en la resurrección de un antiguo imperio que nunca fue y de una grandeza que no escondía más que miseria. Y la peor de todas: miseria moral.

No es cierto que dicha valla haya dejado de existir. Este sigue siendo su coto, al que se agarran con uñas y dientes mordiéndonos o arañándonos cuando es preciso.

Además, hoy la valla es más alta que nunca y el espantapájaros, más grande y de carácter más fiero, aunque su cara intente reflejar una sonrisa que no es otra cosa que una mueca de burla. Hoy, a los miedos de antaño se suman otros:  el miedo al diferente que va a venir a ensuciar nuestro bello jardín, aunque las flores sean artificiales; el miedo a perder el ritmo que nos imponen desde fuera, ya no a golpe de batuta, si no de látigo; el miedo a perder el tren del desarrollo; el miedo a ser expulsado del sistema, perdiendo el trabajo, o no encontrándolo, y con ello todos los sueños que nos han dejado construir. No los sueños de un mundo mejor. ¿Y que me importa el mundo si desde mi celular tengo acceso a todo lo que me va a proporcionar una vida más cómoda tan solo descargando-de-forma-gratuita-la-aplicacióncorrespondiente? De un mundo donde tengamos garantizada la suficiente posesión de objetos que no nos haga mirar con envidia al vecindario y donde el consumo esconda la realidad de la que somos esclavos: sus esclavos.

Los miedos nos convierten en una masa uniforme y moldeable. Una masa con un aspecto final apetecible gracias a sus conservantes: que nos dan la sensación de vivir siempre en la plenitud de la juventud y la fiesta sea cual sea nuestra edad Y colorantes: que nos proporcionan un aspecto saludable, como en las fotos que vamos dejando colgadas por las redes sociales, donde siempre sonreímos y donde parece que nuestra vida tiene ese color de rosa que cada vez  más omnipresente en las programaciones televisivas, aunque en la realidad nos conformemos con poco más que sobrevivir. Unos colorantes y conservantes con extrañas formulas – por ejemplo, que paguen menos impuestos las copas en una discoteca que una entrada de cine o teatro.- pero muy efectivas para sus fines.

Pensar menos y divertirse más. Ese es el estribillo de la música que utilizan para hacernos bailar a su son. “Baila, que la vida es un carnaval”, decía aquel tema salsero y azucarado. Un carnaval donde lobos y espantapájaros van disfrazados de corderos, o como mucho de “lobitos buenos”.

Afortunadamente, hay muchas formas de hacer frente a los miedos que pretenden infundirnos. Tal vez estas líneas colaboren a alzarse ante ellos  y para eso fueron escritas. Tal vez estas líneas ayuden a exorcizar dichos fantasmas; a darnos cuenta de una vez por todas que los fantasmas no existen, por mucho que se empeñen en asustarnos con ellos.

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Antonio Ureña

Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como escritor, ha publicado ensayos y relatos en diferentes revistas y medios electrónicos. Es coordinador del Proyecto Internacional Leer es un Derecho y editor de la revista Tiempo de Poesía. En sus escritos agrupados bajo el epígrafe Frente a la Impostura persigue hacer una reflexión critica sobre la cultura y sociedad actuales a modo de herramienta que colabore a hacer frente al letargo en el que nos intentan sumir.

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    Una Réplica

  1. Gloria Lacoma borao

    Un excelente artículo!!!!. Claramente expuesto. Una sociedad que vive bajo la prisión del miedo, jamás podrá abanzar. Una persona anclada en el miedo, jamás podrá amar.
    Un saludo.

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