24 de febrero del 2017
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Bernardo Verbitsky es un escritor argentino que escribió una novela en 1957, de la cual se tomó uno de los conceptos más abyectos en la jerga urbanística latinoamericana. Dicha novela se llamaba Villa miseria también es América. A raíz de ahí, en Argentina, se utilizó el término villa miseria para todos aquellos asentamientos informales y sin planificación compuestos por precarias viviendas existentes en las grandes urbes del país.

El motivo de que hayan surgido en Argentina, al igual que, como ya vimos, en Brasil, se debe a la incapacidad o pasividad de las administraciones locales y de las autoridades para cubrir las necesidades de vivienda a quienes cuentan con menos recursos económicos.

También suele usarse el término eufemístico de “Villas de emergencia”, si bien es incorrecto ya que su proliferación no se debe a ningún tipo de seísmo, inundación o huracán, sino a la notoria dejadez por décadas de las autoridades argentinas en detrimento de estos compatriotas suyos de clase B.

Para medir el número de personas que viven en NBI (necesidades básicas insatisfechas), el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) de Argentina crea censos de población. A raíz de los datos extraídos, cuando el programa nacional ARRAIGO arrancó en el país hace unos diez años para la regularización de la titularidad de terrenos, se calculaban más de 900.000 hogares en todo el país ubicados en villas miseria.

Como ejemplo de todas ellas, dada su antigüedad, ubicación, dimensión, densidad de población y medidas polémicas que derivaron del mismo, hablaremos en esta ocasión de una villa de la capital: Villa 31 y Buenos Aires.

Villa 31, una de las zonas más pobres de Argentina, se encuentra ubicada, paradójicamente, en el Retiro, una de los distritos residenciales más caros de Latinoamérica, apenas a pocos metros de donde se alza el emblemático Obelisco Porteño.

El asentamiento surgió en 1932, bajo el nombre de “Villa Desocupación”, y han existido diversos intentos gubernamentales de erradicación (que no de solución) mediante traslados forzosos de población, nunca con éxito.

El asentamiento cuenta con una demografía en torno a los 45.000 habitantes, de los que casi la mitad son argentinos. El resto se reparte entre inmigrantes procedentes en su mayoría de los países vecinos: Paraguay, Bolivia y Perú.

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El momento cumbre de esta villa se vivió en los años 70. La Federación de Villas que agrupaba a todas las existentes en la capital estaba unida en fraternidad al ala más radical del peronismo y al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, precursores de la teología de la liberación por entonces, los cuales se oponían frontalmente a la erradicación sistemática de las villas, apostando por la posibilidad de dar pie a una transformación de las mismas en barrios obreros. Entre ellos, resulta imprescindible resaltar al Padre Mugica, quien procedente de una familia adinerada, dejó de lado sus orígenes para luchar por los derechos de quienes malvivían en Villa 31, lo que le convirtió en una figura icónica dentro de la misma por su tarea pastoral y reivindicativa. En 1974, sería asesinado tras celebrar una misa en el barrio porteño de Villa Luro. El 12 de julio de 2012, el juez Norberto Oyarbide confirmaría que el autor inmediato del asesinato fue Rodolfo Eduardo Almirón, en el marco del accionar delictivo de la organización anticomunista de extrema derecha Triple A.

En el año 2000, con la llegada a la jefatura de Gobierno de Buenos Aires de Aníbal Ibarra, se buscaría redefinir dicho espacio a través del Proyecto Retiro, el cual tenía la intención de “construir bloques de vivienda social destinados a la radicación definitiva de sus ocupantes y evitar así otro Fuerte Apache”.  No olvidemos que dicha villa se halla ubicada entre dos de las zonas residenciales más caras de toda Argentina: barrio de la Recoleta y barrio del Retiro. ¿Cómo regalar viviendas a pobres en una zona donde el metro cuadrado era tan cotizado? Aun así, se llevaron a cabo una serie de obras públicas que mejoraron livianamente la situación de la villa: según fuentes oficiales, desde 2002 hasta 2007 se abrieron 620 senderos peatonales, se conectó a la red pluvial y cloacal a 730 hogares; a la red eléctrica, a 7570 viviendas y al agua potable, a 670 hogares y se realizaron 1950 trabajos de mejoramiento de calles.

Por entonces, en la oposición a Ibarra se encontraba el que hoy es presidente de Argentina. Mauricio Macri siempre estuvo obcecado en la erradicación de la villa, y en 2003 afirmó que la villa 31 tenía los días contados que no habría ningún desalojo forzoso, ya que la mayoría de quienes allí vivían “querían irse”.  A pesar de que ganó también las elecciones en villa 31 cuando tomó la alcaldía de la ciudad bajo sus promesas incumplidas de que acabaría con el narcotráfico, llegó incluso a culpar indirectamente a quienes allí vivían de “haberse caído del sistema y tener hábitos non santae”.

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Más adelante, justo antes de ser presidente del país, tomó la jefatura del Gobierno de Buenos Aires por ocho años. Por entonces, vista la imposibilidad de erradicar villa 31, Mauricio Macri tuvo la brillante idea de querer ocultarla. ¿Cómo? Con una malla de acero. Tal y como están leyendo. Instaló una malla de acero entre ambas vías de circulación de la autopista Arturo Illa que atraviesa las cabezas de los habitantes de villa 31, para que no fuese visible la pobreza desde la carretera. Todos los especialistas estaban de acuerdo en que era un muro ilegal, pues impedía el libre tránsito. El muro prosigue. No era la primera medida del estilo: ya había sido instalada con anterioridad una reja de dos metros de alto y una estructura de hormigón de 65 centímetros de ancho para separar la autopista de la villa miseria a lo largo de casi 600 metros sobre su extremo oeste. Hoy, mientras él gobierna el país, su mano derecha, Rodríguez Larreta, es quien gobierna la ciudad.

Villa 31 se ha convertido en un lugar perfecto para los pobres que vienen de otros países y no pueden permitirse otra vivienda. El alquiler de una habitación sin baño ronda los 1.500 pesos (110 dólares), y no se pagan impuestos, ni luz agua, además de que no se requieren avales, papeles ni visados. Todo es alegal en villa 31, terrenos ocupados ilegalmente que buscan una solución desde hace más de 80 años.

El cisma de ricos y pobres queda plasmado todas las mañanas en villa 31. Al amanecer, un reguero humano sale de la villa hacia el centro, apenas a pocos metros. Los que cuidan a los hijos de los ricos, a los abuelos olvidados, los que suben al andamio, limpian sus suciedades, ordenan sus lujosos salones y mantienen sus preciosos jardines. Los culpables de caerse del sistema, decía Macri.

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Es difícil llegar a analizar en profundidad la realidad de villa 31. Una villa donde está prohibido que se construya más, pero no está claro quién debe impedirlo; donde hay 40 policías para una población de 40.000 personas; donde los narcos campan a sus anchas y los adictos al paco deambulan como zombies; donde los cableados, las callejuelas sinuosas, escaleras de caracol, pisos franco, puestos de venta de droga y boliches con prostitutas no son vistos con sorpresa por sus habitantes; donde no hay escuelas ni transporte escolar para llevar a esos niños a escuelas fuera de la villa. Donde la inseguridad existe, si bien no hacen de la villa 31 la más peligrosa, puesto que ocupa la llamada villa 1-11-14, también en Buenos Aires.

Hay leyes aprobadas desde 2007 para su urbanización y la de tantas otras villas. No se ha puesto ni un solo ladrillo.

Hay grandes problemas de seguridad urbanística desde 2009, cuando se construyeron en la villa edificios de hasta seis plantas sin las medidas de seguridad necesarias.

Hasta 2015, las ambulancias no podían acceder a villa 31.

A pesar de percibirse que es una situación grave que debería el Estado de arreglar, no todos los argentinos piensan del mismo modo. Así lo manifestó la por entonces senadora Gabriela Michetti, hoy vicepresidenta de Argentina, alegando que los problemas de villa 31 debían ser resueltos por la inercia del mercado y no por el Estado. Tan incomprensible como cierto fue que salió de su boca semejante improperio. Era un modo de decir “que se las arreglen”, aquel argumento de “culpar al pobre por ser pobre” que tanto despreciaba Arturo Jauretche.

Resulta sorprendente que un espacio como villa 31, un fenómeno demográfico de hacinamiento de decenas de miles de personas en el corazón de una de las ciudades más famosas e importantes de Latinoamérica pase desapercibido por una sociedad que se considera a sí misma informada y al día de la actualidad.

Quizás no estemos tan informados como pensemos.

Quizás no quieran que pensemos.

Quizás el quizás sobra.

 

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Alejandro García Maldonado

Licenciado en Derecho, ha colaborado en diversos medios como El Confidencial, Claridad Digital, El Turbión, El Importuno y Cubainformación. Autor de las obras "Testigos cegados" (2011) "Transcripción del Manifiesto Comunista" (2012), "Al resguardo del tilo rojo" (2014), "Tra due anime" (2015) y "Son de Lirios" (2016). Ha realizado estudios sobre proyectos biográficos coordinados por la Bernard Lievegoed University y dirige el proyecto literario "Etreso Biografías". Actualmente realiza un "Postgraduate Diploma of Journalism" dirigido por el National Council for Training of Journalist e impartido por la University of Strathclyde.

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