14 de diciembre del 2017
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Hablar de Venezuela provoca una mayor crispación de la que realmente provocaría si antes de que se hablase, se leyese sobre sus últimas tres décadas de Historia.

Hablar de Venezuela, además, debería de llevar preacordado un modo serio de hacerlo, y una vara de medir nivelada para cualquier argumentación.

Así pues, si alguien tuviera una opinión favorable a la gestión y administración realizada por el PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela) encabezado por Hugo Chávez y posteriormente por Nicolás Maduro, o si alguien, por el contrario, tuviera una opinión desfavorable, en caso de atacarse dialécticamente a los primeros porque no hayan vivido por años en Venezuela como para opinar, también habría de atacarse dialécticamente a los que, no habiendo vivido en Venezuela, lanzan críticas contra dicha gestión tanto en la práctica como en la teoría, esta segunda pocas veces acompañada de una lectura acerca del pensamiento de Simón Bolívar, de las doctrinas de Simón Rodríguez o del pensamiento de Ezequiel Zamora, génesis de la fundamentación ideológica de la República Bolivariana como tal.

Venezuela cometió un error imperdonable en 1799, a manos de Alejandro von Humboldt, hoy considerado el padre de la geografía moderna universal. Y dicho craso error lo lleva arrastrando desde entonces hasta hoy. Ese error no fue otro que descubrir petróleo bajo sus pies en la península de Araya, en el actual estado de Sucre. Y ese bochornoso error es el que hace que usted sepa el nombre del presidente de Venezuela, pero desconozca el de Panamá, Surinam. Resulta imprescindible para el lector que esté interesado realizar una escueta síntesis sobre la historia petrolera de este país.

Alexander von Humboldt

No sería hasta el 1 de enero de 1976 cuando oficialmente se nacionalizó la industria petrolera, bajo la gestión del por entonces ministro D. Valentín Hernández, momento en el que se creó la PDVSA, la cual es hoy una de las empresas petroleras más grandes del mundo.

El petróleo de Venezuela ya era venezolano. Pero no de todos los venezolanos. La mayoría de sus socios que ostentaban el monopolio de sus acciones acaparaban la riqueza que este recurso natural brindaba al país.

Hasta el Gobierno de Rafael Caldera (mediados de los 90), el Estado se mostraba como un socio minoritario de PDVSA. Esto cambiaría con la llegada de Hugo Chávez al poder a través de elecciones democráticas. Chávez tomó diversas medidas para tratar de redistribuir las riquezas entre todos los venezolanos con la mejora de sus servicios sociales, sanitarios, educativos, pensiones, alfabetización… a través de diferentes misiones sociales que se vieron financiadas en su mayor parte con los ingresos que proporcionaba el petróleo. Como cúspide de ello, sería en 2007 cuando decretaría la conversión de todas las concesiones en la Faja del Orinoco, momento en el que el Estado pasó a convertirse socio mayoritario de PDVSA.

Estas monografías se centran en hablar sobre la desigualdad, y si ésta proviene de la distribución de la riqueza, en el caso de Venezuela, se antoja imposible hablar de ella sin realizar esta introducción sobre la trayectoria que ha tenido el oro negro en sus más de 200 años de Historia. Aunque no es tanta la desigualdad el mayor problema de Caracas como otro que comprobaremos más adelante.

En 2012 y 2014, los informes de las Naciones Unidas denominados “Estados de las Ciudades de América Latina y el Caribe” situaba a Venezuela como el país menos desigual de la región de Latinoamérica y el Caribe, con un coeficiente Gini de 0,39 (0,48 hasta 1998) que contrastaba con los de países como Colombia, República Dominicana o Guatemala, por encima todos ellos del 0,56. A su vez, otros indicadores demuestran claros y sombras en la gestión que Hugo Chávez hiciera durante sus mandatos. En otras palabras, si tuviéramos que resumir su tiempo en el poder, podríamos afirmar que dejó un legado de una Venezuela menos pobre y con una mayor justicia social, pero también con preocupantes índices de criminalidad.

Entre los datos positivos podemos citar los siguientes: el Banco Mundial indicó que durante sus 15 años de gobierno había erradicado la desnutrición al descender la pobreza extrema de un 16 a un 5% (los niveles de España); la UNESCO lo había declarado como territorio libre de analfabetismo en 2005 al caer la tasa a un 4,9%,; en sanidad el gasto per cápita había aumentado exponencialmente (de los 135€ per cápita en 1998 a los 508€ en 2012) según la Organización Mundial de la Salud, etc.

Por otro lado, entre los datos negativos podemos acudir a otras estadísticas macrosocioeconómicas que dejaban a la capital venezolana con cifras gravísimas en cuanto a la criminalidad: según el OVV, suceden en la capital 130 homicidios por cada 100.000 habitantes; además, el número de asesinatos en el país se triplicó entre 1998 y 2009, y entre los jóvenes de 15 a 24 años, la primera causa de muerte pasó a ser el homicidio en 2008. Un mal latente que golpea a Caracas, Venezuela, y a la región en general. El sociólogo y profesor universitario venezolano Briceño León estaba en lo cierto cuando achacaba estos hechos a “una crisis normativa social, se da un desvalor notable de la ley para sus ciudadanos, un salvajismo acuciante sobre todo en las zonas más populares donde imperan diferentes bandas callejeras y criminales que tienden al quiebre total de la norma como reguladora de la vida social”.

Hasta qué punto es culpa del gobierno esta criminalidad es un debate de gran envergadura. Podemos citar la misión “A toda vida Venezuela” que proyectase Hugo Chávez, el Plan Nacional de Paz y Convivencia de 2014, o el “Espacios de paz” que promoviese Maduro, los cuales aunque a la vista en principio contaban con buenas intenciones, es innegable que fueron inservibles, ineficientes y no consiguieron resultados materiales al respecto. Además, resulta denunciable y condenable dialécticamente algo que hacen periódicos y voceros afines al Gobierno, y es que los ajusticiamientos resultantes de enfrentamientos entre delicuentes y la policía no son considerados abiertamente como homicidios. Por no hablar, en añadido, de que la información policial sobre homicidios pasó a ser “reservada” en 2004. Por tanto, las estadísticas eran confeccionadas con otros criterios dado que los datos oficiales no eran disponibles para todos.

 

El país siempre tuvo muy claras sus preferencias; al lado del poder.

En añadido, es recalcable el hecho de afirmar que existen males en la sociedad venezolana que acrecentan la desigualdad, si bien la hemeroteca desmitifica el argumento de ciertos periódicos españoles que aseguran que esos males existen únicamente desde la llegada de Chávez al Gobierno: desabastecimiento, represión estudiantil, libertad de prensa, servicios sanitarios, violencia y abuso policial… en La Réplica os brindamos diversas portadas de periódicos venezolanos de los años 70, 80 e inicios de los 90 para que accedáis a información que no llega a los platós de los principales telediarios cuando aseguran que todos los males de Venezuela los trajo Chávez consigo.

Consulta el LINK CON LAS PORTADAS.

Y en el caso de Caracas, más allá del Caracazo (días de protestas y disturbios en Caracas en 1989 que causaron más de 300 muertes y más de 3000 personas desaparecidas) que poco importó a la TVE dada la amistad entre Carlos Andrés Pérez (ex presidente de Venezuela) y Felipe González, son diversas las imágenes anteriores a la irrupción del socialismo bolivariano que muestran que si bien le achacan a Chávez la bipolarización de la sociedad, la división de ella misma venía de un poco antes, tal y como muestra esta imagen panorámica de la capital venezolana.

 

Por último, es menester citar a la brillante socióloga venezolana Verónica Zubillaga, quien resumía Caracas con la siguiente frase:  “menos desigualdad, más violencia, esa es la paradoja caraqueña”. Y es que el espacio urbano de Caracas, a día de hoy, no se halla tan fragmentado por diferencias que reflejan una desigualdad económica, sino que se divide entre zonas más o menos seguras. Y esta partición de la capital es un problema gravísimo para la sociedad caraqueña y venezolana en general, ya que si no conoces la zona, no sabes si estás en peligro. No solo en realidad para los oriundos, sino también para los turistas. Puede que estando en una zona más pobre exista un mayor riesgo de que alguna banda callejera te atraque, pero puede que estando en una zona más rica exista un mayor riesgo de que alguna banda callejera te secuestre.

Esta contradicción de hechos constituyen una auténtica paradoja, si bien lo es más para los estudios de violencia urbana que para la desigualdad social en sí: por un lado, se observa una clara mejoría en las condiciones básicas de la población más vulnerable gracias a la inversión estatal realizada durante el gobierno de Chávez y Maduro; por otro, la violencia se cobra miles de vidas con una tendencia creciente realmente preocupante, y precisamente entre esos mismos sectores vulnerables que el gobierno trata de mejorar su calidad de vida.

Dichas contradicciones se muestran más desgarradoras cuando alcanzamos la siguiente reflexión: a día de hoy, son menos los niños venezolanos que mueren en sus primeros meses de vida, y son menos los que fallecen debido a deficiencias alimentarias y desnutrición; pero a su vez, esos mismos niños, cuando llegan a la adolescencia, corren un riesgo intolerable de perder la vida a causa de un homicidio.

Si algo puede sacarse de claridad en esta monografía, es que Venezuela carga con la culpa de poseer bajo sus bellos paisajes lo que mueve el mundo, justifica guerras y calla masacres: el petróleo, y a fin de cuentas, el dinero.

Hay una frase que dijera en 2003 el sociólogo norteamericano Jeremy Rifkin y que muestra perfectamente algo que los venezolanos saben muy bien: “Si creen que el petróleo representa hoy un problema, esperen a que pasen 20 años: será una pesadilla.”

Sólo hay que echar un vistazo a toda la clase de acciones que se realizan contra Venezuela (acusaciones infundadas, información no contrastada, campañas mediáticas, injerencias externas…) desde nuestros medios de comunicación y desde nuestro Gobierno para darnos cuenta de que Jeremy Rifkin, hace 14 años, no estaba tan equivocado. Ni tampoco lo está ahora.

Próxima parada: Honduras.

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Alejandro García Maldonado

Licenciado en Derecho, ha colaborado en diversos medios como El Confidencial, Claridad Digital, El Turbión, El Importuno y Cubainformación. Autor de las obras "Testigos cegados" (2011) "Transcripción del Manifiesto Comunista" (2012), "Al resguardo del tilo rojo" (2014), "Tra due anime" (2015) y "Son de Lirios" (2016). Ha realizado estudios sobre proyectos biográficos coordinados por la Bernard Lievegoed University y dirige el proyecto literario "Etreso Biografías". Actualmente realiza un "Postgraduate Diploma of Journalism" dirigido por el National Council for Training of Journalist e impartido por la University of Strathclyde.

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