24 de agosto del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



¿Qué sabe de Jamaica? Quizás lo único que sepa de ella es que allí nació Bob Marley, que es la cuna del reggae, y que despenalizó la marihuana en 2015.

¿Qué sabe de los jamaicanos? ¿Qué sabe de los niveles de pobreza, del analfabetismo, de su tasa de mortalidad infantil?

Pregúntese lo mismo, pero esta vez cambie Jamaica por Cuba. ¿Se da cuenta de que del primero no sabe nada y del segundo cree saber mucho? ¿A que probablemente sabe quiénes son los Castro pero no sabe que la Reina de Inglaterra es también la de Jamaica? A esto se refería el político español Alberto Garzón cuando lanzaba una pregunta en un coloquio y decía: ¿quién piensa por nosotros?

¿Por qué no se habla de Jamaica y sí de Cuba? Lo sabemos, pero en Muros en Silencio no nos interesa: los taínos de Kingston.

Con sus tres millones de habitantes, Jamaica se ubica en el puesto 118 en el ranking de países por igualdad de ingreso basado en el índice de Gini. En Kingston, el célebre sociólogo jamaiquino Stuart Hall aseguraba que si nacías pobre serías pobre. No se debía sólo a un sistema de castas, sino a la dejadez y apatía institucional de cambiar lo que precisase de esfuerzo para ser cambiado. Una desidia que procede directamente desde las esferas económicamente privilegiadas de la isla.


En materia de educación, la desigualdad es notoria. El ratio de alumnos en la escuela pública es de 140 por cada aula con un solo profesor. A su vez, los niños son divididos progresivamente en las escuelas según sus resultados durante las diferentes pruebas de examen, creando una estratificación que podríamos pensar que depende de dichas pruebas, si bien no siempre se deben a dichos hechos sino a motivos más nepotistas que legítimos.

En materia de violencia, Jamaica ocupa el sexto puesto en el ranking mundial de naciones por tasa de criminalidad. Curiosamente, el índice, a diferencia de en otros casos, no se halla densificado en la capital, sino que se reparte entre St. James, Hanover y Westmoreland. No obstante, en todos los casos tienen un denominador común: los barrios más pobres.  Tanto es así, que en los últimos años las autoridades han declarado periódicamente toques de queda en las zonas más conflictivas de la isla.

En anteriores monografías, los motivos de la desigualdad solían ser más o menos semejantes. Por lo general, se trataba de la creación de ghettos por parte de los gobiernos municipales o más bien de un consentimiento tácito por parte de los mismos, los cuales permitían que proliferaran, con mayor o menor éxito, en zonas donde no incomodasen a los de mayor poder adquisitivo.

Sin embargo, en el caso de Jamaica, hemos encontrado una desigualdad que lleva a lo primitivo y a una clase de discriminación tan extendida en el país que cuesta creer que ni haya sido difundido ni que haya podido en realidad producirse.

A mediados del siglo XVII, Inglaterra conquistó Jamaica. Durante 200 años, mano de obra esclava procedente de África la convirtió en el principal productor de azúcar a nivel mundial. A su vez, se convirtió en un foco de compra y venta de esclavos, llegando a ser la población negra 20 veces mayor que la blanca. Es por ello que en Jamaica la mayoría de la población es predominantemente negra.

A finales del siglo XIX, la estratificación de la sociedad iba en base al color de la piel: los blancos eran los comerciantes y los dueños de esclavos; una reducida clase media en la que había personas de tez morena pero jamás negros; mano de obra esclava de piel negra. En cierto modo, esa división estamental por raza ha persistido hasta hoy.

A día de hoy, esa clase media de tez morena ha ido tomando cada vez más protagonismo, pero eso no ha reducido el racismo en el país. Las jóvenes del país se ponen ungüentos  y trajes de gimnasia para salir a la calle, a fin de evitar que el Sol les broncee. Los salones de bronceado artificial para alcanzar ese tono “café con leche” y los químicos para aclarar la piel se venden a espuertas en el país del reggae. La venta clandestina de lociones y cremas que contienen hidroquinona se ha disparado según declaraciones de Richard Desnoes, presidente de la Asociación de Dermatología en Jamaica. En la mayoría de las ocasiones, dichas cremas carecen de etiquetado y el consumidor desconoce los ingredientes.

Hay quienes, entre los que pueden permitírselo, compran cremas ilegales de contrabando importadas desde África con toxinas relativas del mercurio, ya que bloquean la producción de melanina, pero a su vez pueden resultar verdaderamente tóxicas para quien las utiliza. Por otro lado, quienes no tienen tal poder adquisitivo, se crean mezclas caseras con pasta de dientes o curry en polvo, por lo que se han dado casos de decoloraciones nocivas en la piel.

Es cierto que también hay quienes tienen obsesión con el bronceado y se exponen a excesivas sesiones de rayos uva en el mundo occidental. No obstante, esa obsesión, que puede llegar a convertirse en tanorexia, se debe según especialistas de la psiquiatría a transtornos mentales del paciente. En este caso, se debe a la intención del jamaiquino por poder ser más claro, no tan negro, y así aparentar que pertenece a un estrato superior. Tan escabroso como cierto.

Vybz Kartel usa crema para blanquear su piel.

Este problema de identidad racial, el cual ha llegado incluso a estrellas nacionales como el cantante Vybz Kartel, cuya piel se ha ido aclarando con el paso de los años, supone para Jamaica un verdadero muro en silencio frente al que las instituciones no han hecho tanto frente como debieran. A ello arremetía Christopher A.D. Charles, profesor del Monroe College de New York, cuando criticaba que hubiesen miembros oficiales ministeriales de la Sanidad jamaicana que no le daban importancia y lo consideraban algo semejante al bótox, una moda pasajera.

Resulta impensable que algo así suceda hoy día entre los propios ciudadanos de un país de 3 millones de personas. Sobre todo, cuando la inmensa mayoría es negra. No siempre los muros en silencio son físicos y de cemento. A veces, como en este caso, no por no poder palparse son menos difíciles de derribar.

Próxima parada: Guatemala

 

La fotografía de portada es de TECHO

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Alejandro García Maldonado

Licenciado en Derecho, ha colaborado en diversos medios como El Confidencial, Claridad Digital, El Turbión, El Importuno y Cubainformación. Autor de las obras "Testigos cegados" (2011) "Transcripción del Manifiesto Comunista" (2012), "Al resguardo del tilo rojo" (2014), "Tra due anime" (2015) y "Son de Lirios" (2016). Ha realizado estudios sobre proyectos biográficos coordinados por la Bernard Lievegoed University y dirige el proyecto literario "Etreso Biografías". Actualmente realiza un "Postgraduate Diploma of Journalism" dirigido por el National Council for Training of Journalist e impartido por la University of Strathclyde.
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