21 de agosto del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Ayer, en Barcelona, mientras me dirigía al gimnasio, a la altura de la calle “Provença” con “Sardenya”, caminando a paso ligero, despreocupado y libre, topé con el miedo, con mi miedo. No era un musulmán con explosivos atados al cinto, dispuesto a inmolarse en nombre de no se sabe muy bien qué; no era un negro de esos que el sectario Jorge Martínez Díaz nos quiere enviar a casa, y que sin duda sería mejor compañía que la del fariseo ministro del interior; tampoco una pandilla de “Latin Kings” dispuestos a pegarme una paliza en nombre de la virilidad; no un grupo de marroquíes dispuestos a abrirme en canal por mi cartera; no unas prostitutas de raza negra dispuestas a robarme el móvil mientras ofrecen sus servicios. No, no era nadie perteneciente a esos colectivos que nuestro inconsciente asocia con el pánico en la calle. El individuo que provocó mi miedo era un “Mosso d´Esquadra” armado con un fusil, sin causa aparente, en una zona tranquila, rodeado de ciudadanos que, como yo, circulaban sosegadamente. Mi primer impulso fue decirle al tipo: “dónde vas con eso”, “¿te has vuelto loco?”; pero pronto descubrí que formaba parte de un dispositivo ordinario de vigilancia. Pasé de largo, gire la cabeza negando, él vio mi gesto, quizá entendió que aquello excesivo. Sentí miedo, miedo de perder mi libertad personal en nombre del libre comercio, en nombre de los derechos de propiedad. Sentí que el sistema está retornado a los parámetros económicos, sociales y de seguridad anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Sentí el peso de la democracia fracasada, me pregunté cómo es posible que la policía intimide así a los ciudadanos. Imaginé la respuesta, “terrorismo islamista”. No me convenció, el “terrorismo islamista” está siendo la excusa perfecta para cercenar todo nuestro sistema de libertades individuales y colectivas, para decirles a los ciudadanos que cualquier protesta puede ser durísimamente reprimida, sin contemplaciones. Y recordé un libro leído en 2012, titulado “Posteconomía: hacia un capitalismo feudal”, en cuyo apartado de agradecimientos, el autor, Antonio Baños Boncompain escribe textualmente: 

Quiero dar las gracias a todos los que, por su protesta, serán reprimidos, golpeados, mutilados, detenidos e incomunicados por nuestras gloriosas Fuerzas del Orden. A todos los periodistas que se verán censurados o procesados, y a los que saldrán hostiados. A todos los que serán desahuciados, despedidos y explotados. A los expulsados y los enfermos. A los que en los próximos años comprobarán cuán democrática es nuestra democracia y cuán libre es nuestro mercado. Sin todos ellos, lo que aquí queda escrito carecerá de sentido.

mossos

Mossos armados. Sucedió en España.

 Vuelvo a girar la cabeza, lo veo mirándome, con su fusil, pensando que, quizá, después de todo, no es tan excesivo que pueda intimidarme. Para eso se sacó las oposiciones de policía, para intimidar, para meter miedo a la gente, a la de bien y a la de mal. Para librarme de ti, que eres un delincuente, sin que nadie pueda librarme de él. Y el poder político lo sabe, y lo utiliza cada vez con más descaro, porque ya no existe poder político. La política ha muerto y reina la diosa economía. No hay Presidentes sino magnates, no hay interés general sino contrato administrativo, no hay bien común sino cuentas anuales. El ser humano afronta su fracaso más estrepitoso, el de la defensa de un sistema que conduce a su extinción. Lo explica con fuerte implicación emocional Naomi Klein en su último libro: “Esto lo cambia todo: El capitalismo contra el clima”. “El carbón, dice, fue la tinta negra con la que se escribió la historia del capitalismo moderno”; ese mismo carbón cuya combustión produce dióxido de carbono, ese mismo dióxido que provoca un calentamiento global que, quizá, ya es demasiado tarde para combatir. Mientras, Bill Gates y sus amigos genios de la Geocamarilla, henchidos de narcisismo, de una “hybris” o enfermedad de poder digna de tratamiento, creen todavía que la tecnología  podrá “tapar el sol”. Se puede ser genio e iluso cuando se ha perdido la noción de la realidad.

Vuelvo a girarme por última vez. El “Mosso” ya no me mira. Delante suyo un furgón de policía dificulta el tránsito, haciéndolo más lento, más trabado. Me entran ganas de no volver a escribir, de no volver a quejarme, de dejar que esa gran parte de la juventud que piensa: “Esto es lo que hay”, sufra lo “que hay”. Al fin y al cabo, soy funcionario público y el lema “La virtud del egoísmo”, aportación de Ayn Rand a la ética, figura como piedra filosofal del neoliberalismo. Pero decido no darme por derrotado y “replicar”, porque hay jóvenes que no merecen mi indiferencia, mi desidia. Porque hay jóvenes que se atreven a “replicar” y cantar las verdades. Porque hay guerras que hay que ganar, y esta es una de ellas. La alternativa es la extinción de la especie.

El hombre, -cada hombre-, es un fin en sí mismo, no el medio para los fines de otros. Debe existir por sí mismo y para sí mismo, sin sacrificarse por los demás ni sacrificando a otros. La búsqueda de su propio interés racional y su felicidad es el más alto propósito moral de su vida.

Ayn Rand( el altruismo es un vicio)

 

 

Fotografías. Danny Caminal y EFE.

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Escritor y letrado de la Seguridad Social. Leo, reflexiono. Me disgusta el clasismo, muestra de superficialidad e ignorancia. Mi referente es la honestidad, mi fin el comportamiento ético. La Administración española es estructuralmente corrupta. Replicar es más necesario que nunca.
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