14 de diciembre del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Sin tener en cuenta, o tal vez sí, lo tremendamente básica, extremista y poco estimulante que se está volviendo la sociedad en este nuevo milenio y siglo —empujada por una tecnología vanguardista e intervencionista hasta niveles orwellianos que nos convierte poco a poco en seres con cero iniciativas, por no hablar de individuos-ameba que sólo se mueven por instintos primarios—, vivimos tiempos de cambio en los que muchas de las decisiones que tomemos hoy repercutirán en el mañana y más allá.

Algunos expertos dicen que estamos en un momento clave de nuestra historia contemporánea, un enclave que ya dura varios años —con una crisis económica de por medio— que podría definir el camino que andaremos los próximos siglos. Tal vez sea una exageración la última afirmación, pues al ritmo que se mueve la actualidad ahora es imposible pensar que los acontecimientos importantes no terminarán por aproximarse en el tiempo: lo que antes sucedía tal vez cada dos o tres siglos ahora sucede en meses. Vértigo es poco.

¿Cómo encajamos nosotros en estos días de vorágine y rumbo incierto? Durante décadas la socialdemocracia nos había hecho creer —y quizás realmente lo hicieron con cierta buena intención— que el estado de bienestar había llegado para quedarse, que cualquier ciudadano o ciudadana tenía el mismo acceso a servicios básicos por igual, sin distinción de clase, credo o posición socioeconómica.

Ahora, en 2018, esa idea ya empieza a formar parte del pasado.

Es difícil entrar a explicar el porqué de este cambio de paradigma sin ser realmente objetivo. Para un servidor que escribe este artículo el estado de bienestar le parece un sistema justo que ampara a cualquier persona, dicho lo cual, es cierto que como reza el dicho hecha la ley, hecha la trampa: no son pocos los agujeros que la Administración tiene a la hora de evitar cierto tipo de fraudes y comportamientos de personas que hacen honor a esa maldita actitud llamada la picaresca española.

Cuando hablaba de una sociedad extremada, me refería en una pequeña parte a la aparente imposibilidad de defender unas políticas con una mente abierta, con la capacidad de escuchar ideas que puedan no casar en un principio con unos principios pero que a la larga se muestran ser más pragmáticas y quizás mejores. Nunca he entendido la cerrazón de ambos espectros tradicionales de la política —izquierda y derecha— a siquiera valorar otros postulados, los unos de los otros. Parece que un conservador no pueda plantearse alguna medida progresista y viceversa. Como si la sociedad fuera un imperturbable blanco o negro, sin trasvases, sin otras tonalidades; sería tal vez lógico que en las políticas sociales o económicas se reflejara la realidad de una convivencia de diversos prismas.

Una política de colaboración, de esfuerzo diario por un entendimiento y bien común… conforme escribo estas palabras queda clara la utopía en la que a veces me envuelvo para protegerme de un mundo que cada vez entiendo menos. ¿Políticos trabajando por un bien común? Antes llegamos a Próxima Centauri.

Mi parte pragmática sigue pensando que en la mezcla de políticas —con unos dirigentes que de verdad den el callo— es la senda más justa para un futuro mejor para todos y todas. Por desgracia eso no ocurre, no lo ha hecho nunca y tengo serias dudas de que pueda suceder. Porque en las trincheras todavía se vive mejor.

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Alejandro F. Orradre

Escritor || Jedi frustrado || Reseño mis lecturas en elfindeltsundoku.wordpress.com || Colaboro en @murraymagazine y @hablandoconletr

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