14 de agosto del 2018
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Hablemos del chalet de marras.

“No nos queremos parecer a ellos ni en los andares”.

Así me explicaba un integrante de Podemos cómo se diferenciaba Podemos de los partidos tradicionales y cómo lo expresaban ellos desde dentro. La gente contra la casta, un pensamiento que recogía la esencia de los lemas del 15M –“Democracia Real Ya”, “No somos mercancia en manos de políticos y banqueros”, etc.- y lo llevaba hacia una militancia que mucho tienen de believers. No es para menos, Podemos surge casi como un movimiento ciudadano desde la indignación y la rabia, aprovechando la inteligencia colectiva de su grupo fundador y expandiéndose hacia las entrañas de la crisis. De ahí bebe la organización y sus aspiraciones pasaban por convertirse en una herramienta útil dentro y fuera de la política institucional para las clases populares.

Con el tiempo, ya saben, fulgurante aparición en las instituciones, intención de sorpasso, relativa decepción electoral, disputas internas como para escribir libros, subidón de la neoderecha y un tremendo desgaste de su líderes, que llega a su punto culmen de forma surrealista con el asunto del chalet.


El enfoque periodístico

Mostrar las supuestas contradicciones ideológicas de quienes lideran un movimiento político y someterlo a debate es totalmente lícito. Llevarlo hasta parecer un asunto de estado que escriba editoriales y abra los telediarios de la cadena pública del país es propio de unos medios que tienen a Podemos como su saco de boxeo, pero no un compromiso ético con el oficio. Que esto suceda cuando hay dos investiduras sonrojantes en el país, con la enésima crisis catalana de por medio, el auge de la derecha más reaccionaria en España y varios disparates judiciales (entre ellos, el más flagrante, el archivo de la estafa de Cajamadrid), es un nuevo insulto a la inteligencia ciudadana. Pero, ay, es ya pan de cada día.

Por otro lado, meterse dentro del Chalet, mostrar los planos como si fuera Fotocasa, lanzar una horda de paparazzis a su puerta, fotografiar a una joven pareja cuando van a hacer una ecografía, mostrar la ecografía, publicar y mandar por mensajería instantánea la dirección y alentar a la extrema derecha a que visite la propiedad, es un ejercicio de irresponsabilidad muy propio del periodismo español. No solo vulnera la intimidad de la pareja, es que es profundamente peligroso. Hay un segmento de las publicaciones españolas, -panfletaria, amarillista y amoral-, que actúa como la nueva derecha española, de forma desacomplejada y haciendo de sus vergüenzas una reivindicación ideológica, pues cuenta con la connivencia de la justicia y el aplauso de sus seguidores.

 

El conflicto ético

Pero más allá del tratamiento de los medios, hablemos del asunto ético.

Parece mentira que Pablo Iglesias e Irene Montero hayan caído en este entramado político, ético y mediático. ¿Acaso no sabían lo que les esperaba? Cuentan que no, pero bastaba con hacerse la pregunta para imaginarse qué sucedería después.

Deberían saber entonces que liderar Podemos no es un liderazgo cualquiera. Cuando sus integrantes dicen que ellos no son la casta, es que obviamente, no pueden ser la casta. Si la casta era cuentas en paraísos fiscales, alejarte de la realidad, cenas en reservados, yates por Ibiza y chalet en las zonas nobles de la ciudad, tú no puedes cumplir ninguna de esas premisas, por más necesidades de privacidad y comodidad anheles.

Ser líder en la formación morada exige un compromiso ético brutal, más allá de la normalidad para una población acostumbrada a hipotecas, libre mercado y afán por el dinero. Podemos nació para apelar a una totalidad renqueante y abrir el espacio de otra construcción social. Julio Anguita, tan admirado por Pablo Iglesias, es el ejemplo en su pulcritud moral. El que fuera dirigente de Izquierda Unida siempre predicó con la austeridad y la ejemplaridad, como muestra de una clase política que trata de igual a igual a la ciudadanía. Una clase política que, valga la redundancia, no hiciera ostentaciones de clase y actuaran más como ciudadanos que como políticos.

Lo peor no es ya el chaparrón mediático, sino el mensaje que manda a una militancia desconcertada: Al final, este es el único camino posible. Todos terminamos, si podemos, cediendo ante la lógica tentación del chalet, su piscina, sus jardines, su idílica privacidad. Tampoco esa especie de plebiscito al que se somete a la militancia parece una buena solución, pues no mitigará el rumor de fondo.

Claro que Irene Montero y Pablo Iglesias pueden hacer con su dinero ganado honradamente lo que quieran, faltaría más, pero entonces les será más difícil liderar Podemos con credibilidad. Y eso es, en contra de lo que pudiera pensarse, un buen síntoma de la exigencia de su militancia, que lleva en su adn la necesidad de liderazgos espejo consigo misma. Lo mismo es la hora de que en Podemos se refunden los liderazgos tradicionales, para que ni a Pablo Iglesias ni a nadie se le ponga cara de Felipe González.

Podemos se autodefinía como gente corriente haciendo cosas extraordinarias. Y lo extraordinario es hacer de tu compromiso con la gente corriente una forma de vida. No parecerte a la casta ni en eso, ni en los andares.

 

 

Las fotografías son de LaSexta y EFE.
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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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