22 de agosto del 2017
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Que el pequeño Nicolás detesta los libros lo demuestra el hecho de que amenazó a sus maestros con llamar a Rouco Valera si lo suspendían -y tendría el teléfono-, pero debió leer con fruición la novela picaresca española, de la que tomó escuela. Desde primera hora supo a dónde dirigirse. Así como en la Sevilla del XVII Rinconte y Cortadillo, que hoy serían los prestigiosos asesores don Rincón y don Cortado, cogieron escuela en un antro sevillano llamado El Compás, cerca por cierto del actual ayuntamiento, el pequeño Nicolás fue directamente a esa cofradía del hampa llamada Pepé, S.A., con razón social en Génova 13. 28004 (Madrid).

Con buen criterio despreció bibliotecas, tajos de remolacha y andamios y se matriculó en aquella universidad de pícaros con acceso fácil a euros de vellón y a puertas giratorias. Y fue brillante. De no pillarlo desbanca a Rodrigo Rato, ilustre catedrático del claustro, y llega a ministro, aun a riesgo de acabar como Luis Roldán: buscado por la Interpol y hallado en Laos con calzoncillos de lunares y un maletín bajo la cama.

Pero en España debemos distinguir entre el pícaro forzado y el vocacional. En este país de ancestrales injusticias y hambrunas, origen de la picaresca, el contrabando y el bandolerismo, no es igual ser como el Buscón don Pablos, que de no comer los médicos le “limpiaban con zorras el polvo de la boca como a los retablos”, que como Blesa, que se lo limpiaba con Glenfiddich de 30 años. Entre los primeros hay un cierto código de honor del que carecen los segundos. Si callan es solo porque roban más que el otro; si no, cantan por peteneras y ponen el mingo.

Un ejemplo: Lázaro de Tormes y el ciego tantean un ramo de uvas. Como el ciego no ve, acuerdan comerlas de una en una, civilizadamente. Al acabar, el ciego acusa a Lázaro de comerse las uvas de tres en tres. Lázaro lo niega, pero el ciego argumenta: “Lo sé porque yo me las comía de dos en dos y tú callabas”. Lo comentan en privado, sin navajazos ni escandaleras. Del suculento racimo de la saqueada caja nacional, unos cogían uvas de diez en diez y otros de cien en cien, cuando acordaron hacerlo de una en una. Se han visto el plumero y, al carecer de la talla de Rinconete y Cortadillo, Lázaro de Tormes o Guzmán de Alfarache, se arrean puñaladas de catorce puntos informando a la prensa de sus golferías con riesgo de caer al talego.

Pero Nicolás de Tormes no caerá, vale más por callar que por hablar. Ha tocado alturas celestiales y debe acumular información para hundir al Estado, ojito. No lo fichará el CNI porque la cofradía de Monipodio –entiéndase Mariano- carece de luces para eso, pero lo hará la CIA. Entretanto acomódense y disfruten, en la cofradía de Monipodio se estafaron con nuestras uvas y el otoño será de puñaladas.

 

Foto del reportaje: ABC

 

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Jose Antonio Illanes

José Antonio Illanes es escritor. Trabaja en la multinacional Red Bee Media como subtitulador para sordos y audiodescriptor para ciegos. Acumula multitud de premios en el campo de la narrativa: Gustavo Adolfo Bécquer, Alberto Lista, Malela Ramos, Ciudad de San Sebastián, De Buenafuente, Gabriel Miró, La Felguera, Tomás Fermín de Arteta... Es autor de "Historias de cualquier alma", "La trastienda de la memoria" y "El azor y la zura", premio de novela Malela Ramos. Es colaborador de la revista cultural Atalaya y ahora de La Réplica.

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