13 de noviembre del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Pese a que la misma madre de Gabriel pidiera que no se extienda la rabia, no sólo se está extendiendo en nuestro país ese sentimiento legítimo que se apodera de las masas, sino que hay una ola de odio como hacía tiempo que no se veía, esto último, mucho más preocupante. Solo tiene uno que navegar levemente por las redes sociales para sorprenderse con gente corriente, amigos y amigas, diciendo absolutas barbaridades, incapaces de controlar su ira.

La era de la supracomunicación y las redes sociales rescatan el efecto “crimen de Alcácer“, el macabro suceso de la crónica negra de los años noventa, que terminó marcando a una generación. A los que vivimos toda aquella basura, no hay mejor ejercicio para evaluar las consecuencias de entregar la opinión pública al sensacionalismo y al odio, que preguntarnos de qué sirvió todo aquello.

Ya se los digo yo: De nada. Solo les valió a los programas de televisión que hacían dinero a costa del dolor de las familias, a sus anunciantes, a sus millonarios directivos. Hoy, el share de las televisiones se sustituye por el clickbait de decenas de medios sin escrúpulos y su incapacidad de hacer periodismo con honestidad.

Poco importa que sean las familias víctimas de la tragedia quienes hayan dado ejemplo, quienes en un ejercicio de valentía y responsabilidad, se aferren a sus mejores recuerdos y a la solidaridad de un pueblo, y pidan que los buenos sentimientos prevalezcan sobre el mal de quienes causaron semejante atrocidad.

Hemos creado un monstruo incapaz de sobreponerse a la crueldad e inhumanidad de unos pocos -el Chicle, Ana Julia Quezada, etc.-, para zambullirse de lleno en el odio, el insulto y la venganza, lo que no hace sino añadir sal a la herida y no sana ni el alma ni el corazón de nadie.

Los medios de comunicación amarillistas y ultraconservadores, los políticos de tres al cuarto que buscaban alguna manera de contrarrestar el efecto del 8M, y la eterna voracidad de una audiencia que vive entregada a sus bajos instintos, sin capacidad de preguntarse cómo construir caminos más edificantes antes sus desdichas, nos llevan a la situación que nos encontramos: Puro y duro ruido. Alentados por los macarras de la moral, que no dudan en usar el caso en beneficio propio, los odios preexistentes y los nuevos se juntan en un bola de nieve incontenible que va ladera abajo arrastrando cuanto encuentre a su paso.

Como escritor, como ciudadano, como persona, no quiero que esta ola de odio me pase por encima. Creo que en una sociedad sana, capaz de superar sus demonios. Creo en una sociedad reparadora, con la tenacidad suficiente para superar sus traumas y aprender de ellos. Creo en una sociedad que no criminaliza colectivos de manera irresponsable, que sabe entender que la vida también tiene enormes tragedias y que sobreponerse a ellas es clave para progresar hacia una existencia colectiva en armonía. Creo en una sociedad que trabaja por superar asesinatos, muertos en sus mares, desigualdades… injusticias. Creo en una sociedad capaz de preguntarse cuál es el mejor camino para repararse y creo en una sociedad que hace ese camino mediante un diálogo permanente. Creo, incluso, en una sociedad que, hasta a un monstruo, es capaz de arrojarle luz y esperanza como señal de triunfo.

Y creo que, a costa del dolor de familias inocentes, no nos deben hacer peores. No contarán, al menos, con mi odio.

 

La fotografía es de EFE.
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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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