16 de diciembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



En el año 1992 en España ocurrió algo así como la santísima trinidad de las democracias modernas en occidente. En Barcelona se celebraron las Olimpiadas, Madrid se convirtió en capital cultural europea y en Sevilla se realizó la Exposición Universal bajo el marco del quinto centenario del descubrimiento de América. España ahora sí era un país europeo y moderno. Y estos tres eventos fueron las perfectas calaveras bañadas en oro de toda una generación que creyó dejar atrás el franquismo.

Pero yo no estuve en ninguna de ellas. Sinceramente, la capitalidad cultural de Madrid es algo que acabo de descubrir hace pocos días, pensando en todo este jolgorio por el aniversario de la Expo y las Olimpiadas de Barcelona no me causaron  ningún efecto a mis siete años de edad, salvo un pequeño fetiche por una figura de Cobi que encontré tirada en la calle y de la que tardé años en desprenderme, pero tampoco estuve en la Expo’92 de Sevilla y eso sí me importó en su momento. No estuve en tal grandioso evento a pesar de vivir a 45minutos de la Isla de la Cartuja, el lugar elegido donde situar toda la infraestructura desplegada en la ciudad para la ocasión.  Y no estuve por una sencilla razón, porque era pobre. Aunque en ese momento no lo supiera.

Cuatro años antes el dueño de la fábrica de muebles de cocina donde trabajaba mi padre, en la cual se cortó dos dedos que los médicos lograron unirles sin graves consecuencias, cerró la empresa sin previo aviso, llevándose todo el capital con él y dejando en la calle a casi cincuenta familias. Tras una batalla sindical de calle y juzgados todos los trabajadores, salvo dos de ellos que no estaban sindicados e hicieron la guerra por su cuenta, recibieron sus correspondientes indemnizaciones. Antes de ello, todos los recuerdos son las bolsas de comida que mi abuela nos traía, mi padre secando pipas de girasol para venderlas en pequeñas bolsas, mi padre yendo con mi madre a los melonares para cargar el Seat Panda y venderlos de forma ambulante, las monjas del colegio reclamándome que pagara las cuotas del AMPA en modo HAMPA delante de mis compañeros.

 

En Grupo 7, la película de Alberto Rodríguez, se puede ver bien la cruzada contra los Yonkis de la policía y la hipocresía reinante.

 

Con el dinero recibido algunos crearon sus propias empresas y hoy en día son aún más explotadores que su antiguo jefe. Supongo que abandonaron el sindicato pronto para no ser mirados con desprecio, aunque me temo que allí fue donde aprendieron muchas de las astucias que hoy en día gastan. Mi padre en cambio, no quiso dar el gran salto de explotado a explotador y se conformó con autoexplotarse, o lo que hoy en día llaman ser un emprendedor. Así que como durante los años de protestas y juicios finalmente tras mucho buscarse la vida había conseguido trabajar como albañil, con el dinero de la indemnización compró un local y lo convirtió en un bar al que le puso el nombre de mi madre y cuyas puertas abrió en Abril de 1992 justo para la temporada de caracoles y coincidiendo precisamente con la inauguración de la Expo 92. Pero esa representación de la mal entendida lucha de clases de la clase trabajadora de las últimas décadas, la lucha de clases como la lucha del obrero por ser burguesía, fue como una losa en el espíritu y el colon de alguien que no había nacido para trabajar, pagar, trabajar, empezar a explotar…

Mi padre no tuvo ni tiempo ni el dinero para, en el único día libre que se concedía a la semana, comprar entradas para una familia de cuatro que éramos e ir a la Expo 92, y acabaría cerrando su proyecto de futuro, una especie de sueño andaluz, al cabo de los tres meses para volver a coger el palaustre y el nivel y volver a la obra.

Ahora, veinticinco años después, sigo siendo pobre. Aunque no soy simplemente pobre, sino que soy un trabajador pobre (eso sí, con estudios. Aviso para clasistas*). Y al igual que no fui a la Expo’92, imagino que no fueron las madres de todos los yonkis ahogados del Guadalquivir ni los cientos de manifestantes venidos de todo el mundo para protestar contra la exposición universal (donde acabaron tres heridos por parte de disparos de la policía) que representaba otra fase más en pleno desarrollo del sistema capitalista, además de una ofensa contra el genocidio español en América, que  fue como una especie de bendición liberal de las políticas que el  PSOE  empezó a llevar acabo y que sólo eran el principio de esta liturgia capitalista que ahí está frente a nosotros, para ser vislumbrada con toda claridad.

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Manuel Onetti, 31 de Agosto de 1985, Écija. Escritor y cineasta. He colaborado en numerosos fanzines y revistas digitales así como en varios festivales y muestras audiovisuales. Este año publico mi primer libro de poesía "Sol eléctrico amarillo" con las editoriales Groenlandia y Baile del Sol. Me puedes leer aquí http://estallidoenelsilo.blogspot.com.es y ver aquí https://vimeo.com/manuelonetti

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    2 Réplicas

  1. María

    Yo iba a cumplir 39 años y no fui por protesta. Sé que nadie se enteraría pero para mis adentros fue una manifestación de rechazo contra esos fastos tan excesivos con la cantidad de personas que estaban pasando las canutas.
    A mis dos hijos no los hice partícipes de mi protesta, porque para eso era mi decisión personal.
    Así que yo fui una de las que tampoco fui a la Expo del 92, y no me arrepiento en absoluto.

    Saludos

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