27 de mayo del 2017
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La educación es uno de los grandes campos de disputa en este país. Hoy analizaremos el sistema educativo y sus resultados. Los opinólogos del régimen proponen soluciones y la mayoría nos colocamos a un lado u otro del debate. Sin embargo, pocas veces entramos en profundidad en los cambios que necesitamos.

Hay ideas preconcebidas sobre la educación que están en el ideario común de la gente, como por ejemplo, que las leyes educativas cambian con cada gobierno que entra y que eso impide trabajar al profesorado. También desde el campo del cambio social, muchos achacan, de manera simplista, los problemas del sistema educativo a los recortes y a la LOMCE del PP. Hablamos una y mil veces de que la educación es crucial en los cambios sociales, pero a la hora de sentarnos a ver cómo sería ese nuevo sistema educativo ahí la cosa se pone un poco más compleja. Yo empiezo negando la mayor. Ni las leyes educativas cambian tanto, ni impiden el trabajo de los docentes, ni los recortes son el gran problema del sistema educativo, pues solo hacen agravarlos. Ni la LOMCE es una contrarrevolución conservadora, pues solo hace ahondar más en lo que ya proponía la LOE del PSOE. Y no, tampoco arreglaríamos el sistema simplemente eliminando la educación concertada.

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Empiezo contando una historia que he escuchado a algunos pedagogos y que me sirve de ejemplo:

Una vez llegó una máquina del tiempo a una de nuestras ciudades. En ella viajaban un grupo de personas que venían del siglo XIX. Bajaron en una transitada calle de la ciudad y quedaron sorprendidos: Todo era diferente. No conocían nada de lo que allí había.

Caminaban por una calle que poco tenía que ver con los caminos que conocían, había unas máquinas con ruedas que se movían muy rápido, la gente vestía con ropas extrañas y les rodeaban unos edificios altos que no sabían muy bien qué eran. Se acercaron al ayuntamiento y no sabían qué era aquello, lleno de ordenadores y oficinas. Fueron a un hospital y desconocían por completo la función de aquellos aparatos y de tantas personas con bata blanca. Siguieron caminando por una calle llena de luces y con símbolos raros, torcieron la esquina, vieron una multitud de escaparates, y quedaron desconcertados igualmente por no saber qué eran aquellos comercios. Absolutamente todo era diferente y extraño.

Siguieron caminando, llegaron a un edificio grande y lleno de salas, y al entrar en una de ellas dijeron: ¡Esto sí sabemos lo qué es! ¡Esto es una escuela!. La reconocieron al instante“.

Y es que básicamente era lo que ellos ya conocían: un grupo de niños que mira hacia una pared en la que se escribe, con una persona mayor que les mira y les cuenta una información que los pequeños desconocen. Así de simple. Así de inamovible con el paso del tiempo.

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Y es que vivimos en un mundo cambiante, donde los trabajos, el ocio, los espacios físicos y sociales en los que nos desarrollamos, los objetos que usamos y en general todo o casi todo muta a un ritmo vertiginoso. Pero la educación sigue siendo prácticamente lo mismo desde hace siglos. Se le añade una pizarra digital, quizás una persona adulta que medio hable en inglés, se incorpora a las niñas y a las clases populares al proceso y, en el mejor de los casos, se disminuye el número de personas por clase. Pero al fin y al cabo, pedagógicamente el proceso es exactamente el mismo: un adulto cuenta a un grupo de niños y niñas una información que desconocen. Y no se confundan, ese inmovilismo de la escuela no es un valor, porque hay un problema: ni los niños ni las niñas, ni los adultos ni el mundo son el mismo que hace un siglo, por mucho que el sistema educativo siga repitiéndose una y otra vez. Es más, quizás ni siquiera la información que cuenta el adulto sea desconocida y muy probablemente no esté acorde con lo que los niños y niñas necesitan saber para integrarse de forma más o menos competente en la ciudadanía.

Al fín y al cabo, la educación “es el medio más adecuado para garantizar el ejercicio de la ciudadanía democrática, responsable, libre y crítica, que resulta indispensable para la constitución de sociedades avanzadas, dinámicas y justas”. O al menos eso dice la ley.

Sin embargo, del dicho al hecho, hay un trecho. Cualquiera que haya tenido algo de contacto con el sistema educativo sabe que entre lo que dice la complejísima normativa educativa y lo que realmente sucede en las aulas hay una distancia tal como si de dos mundos paralelos se tratara. Dos mundos que cuando entran en contacto tienen una relación contradictoria y frustrante.

Por tanto, hay que desmontar un mito: ni las leyes educativas cambian tanto entre ellas ni modifican sustancialmente el proceso enseñanza-aprendizaje del alumnado. Podrán complicar la vida, y de hecho lo hacen, al profesorado, pero no modifican su práctica del aula. Eso sigue siendo igual: un adulto da una información, un grupo de adultos en potencia reciben información.

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Manifestación contra la LOMCE

En los últimos 45 años hemos pasado por la Ley General de Educación de 1970, la Ley Orgánica General del Sistema Educativo (LOGSE) de 1990, la nunca aplicada Ley orgánica de la Calidad en la Educación (LOCE) de 2002, la Ley Orgánica de la Educación (LOE) de 2006 y la actual Ley Orgánica de la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE) de 2013. Hubo otras leyes orgánicas, pero no regulaban la organización general del sistema.

En estos cambios normativos se ha ido modificando el concepto teórico del currículum educativo (lo qué se estudia y se evalúa, cómo y cuándo, la base misma del proceso). Desde el concepto de “programa de estudios” de la LGE, a la introducción del currículum de la LOGSE, los pequeños cambios en este sentido de la LOCE, la introducción del paradigma de las Competencias Básicas en la LOE hasta la LOMCE rizando el rizo con los estándares y las Competencias Clave. Todos esos cambios basados en sesudas disertaciones sobre qué deben saber nuestros más jóvenes para incorporarse a la sociedad.

Pero en definitiva, cuando un niño o niña entra en el colegio sabe lo que tendrá que hacer: a primera hora lengua, a segunda matemáticas, a tercera inglés, luego algo de gimnasia para terminar con historia o ciencias naturales. Igual que lo que hacía mi abuelo. Ninguno de los planteamientos globales de nuestro sistema educativo plantea un cambio en el quid de la cuestión: la metodología.

Y es que el proceso de enseñanza-aprendizaje que vivimos todas las personas está enmarcado en una sociedad, en un momento histórico, una cultura, unos valores y unas condiciones materiales concretas. Y estos van cambiando. Pretender que un alumnado nativo digital, con unos modelos de referencia totalmente diferentes a los de hace treinta años, que se desarrolla en una sociedad con sobredosis de información y multicanal, viva exitosamente el proceso educativo unidireccional, monocanal, pasivo y desigual que en las aulas les obligamos a “sufrir”, es poco menos que una quimera. El alumno o alumna que aprende lo hace a pesar de este sistema educativo.

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No es casualidad que los modelos que mejores resultados están teniendo son aquellos que modifican radicalmente la metodología. Las comunidades de aprendizaje, el aprendizaje cooperativo o la pedagogía por proyectos son ejemplos reales de un cambio exitoso.

No se trata de endurecer la evaluación, de “exigir más”, de la “pedagogía del esfuerzo” ni de seleccionar aún más jóvenes, como planten los pedagogos conservadores de cabecera del PSOE y PP.

Se trata de atreverse a darle la vuelta a la escuela tal y como hoy la conocemos. Empezando por lo más básico, lo que se hace en el aula. Poner la metodología en el centro del currículum. Es más, podríamos replantearnos si verdaderamente necesitamos aulas. Destrozar todo lo que conocemos y reconstruir pensando en el alumnado que tenemos; qué necesita conocer, qué necesita saber hacer y cómo necesita ser. Pero no solo en el papel, sino de verdad. Hacerlo de forma valiente, con una clara intencionalidad política, que parece de sentido común pero no lo es: un sistema educativo que verdaderamente enseñe. No hay nada más transformador que eso.

Con una metodología basada en la cooperación, en el desarrollo de proyectos, la inmersión en la comunidad de referencia, con una nueva organización del currículum, eliminando las asignaturas, una compartimentación del conocimiento propia del siglo XIX y que absolutamente nada tiene que ver con el mundo actual. Modificando el papel del profesorado y con una nueva organización de los centros, sin departamentos didácticos, con verdadera participación de las familias y el entorno, con una construcción del currículo desde abajo. No se trata de los ficticios consejos escolares, sino de creérnoslo, esta vez de verdad. En el fondo se trata de cambiar los procesos cognitivos que se dan en las aulas, para que se de un aprendizaje verdaderamente significativo. El modelo está muy cerca: en las aulas de educación infantil.

profesora

Cualquier persona que haya visto la dinámica de un aula de educación infantil sabrá de lo que hablo. ¿Es que no se pueden hacer asambleas de clase en primaria o secundaria? ¿No se podría trabajar por rincones las matemáticas de 3º de ESO? ¿No se podrían hacer proyectos en primaria? ¿Es imposible un aprendizaje por descubrimiento de la literatura de 4º de ESO? ¿No funcionarían las técnicas cooperativas para la Filosofía en bachillerato? Parece que no. Parece que nuestros niños y niñas en ese verano de 5 a 6 años sufren un radical cambio cognitivo que los convierte en adultos muy bajitos. Desde ese momento ya solo aprenden escuchando “atentamente” a su profesor durante horas, sentados en su silla, mirando hacia delante, leyendo libros y haciendo exámenes. Aunque después los soltemos en un mundo de trabajo en red, donde el conocimiento es multidisciplinar, cambiante y dinámico, en el que el aprender a aprender es imprescindible y en el que las relaciones interpersonales constituyan la base de casi cualquier cosa. Pero no, atento al cuadrito amarillo del libro, memorízalo, que eso cae en el examen.

No cuento nada nuevo, ni acabo de descubrir la pólvora. Justamente esto es lo que muchos profesionales de la educación llevan demandando, proponiendo y creando durante décadas. Pero, como todo, es una cuestión política. Y la política es una cuestión de poder.

No se trata de proponer tímidas reformas, sino de institucionalizar los proyectos transformadores que se dan en quijotescas islas del sistema. No podemos simplemente sentarnos a esperar que haya suerte y un grupo de maestros o profesoras luchen contra viento y marea para que su alumnado aprenda, saltándose la convencionalidad e inventando nuevos procesos. Hay que crear un nuevo sistema educativo, transformando el concepto de escuela y obligando, sí obligando he dicho, a enseñar de una manera diferente. Y habrá reticencias y se negarán, quizás en sitios que no esperamos, pero se trata de darle la vuelta a la escuela, cueste lo que cueste. Es algo demasiado importante como para dejarlo en un segundo plano por difícil que sea el cambio. La escuela es un animal enorme que camina muy despacio, donde los cambios son casi imperceptibles socialmente, pero hay que intentarlo. Porque para eso justamente queremos el poder político, con medias tintas ya fracasaron otros.

fotos: banco de imágenes del Ministerio de Educación
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Jose Ignacio García Sánchez

Orientador educativo y psicólogo. Activista y miembro de la ejecutiva de Podemos Andalucía.

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