28 de junio del 2017
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Conteste a estas preguntas: ¿Formaría usted parte de un pelotón de fusilamiento si se lo ordenaran? ¿Haría daño a otra persona si se lo exigiera alguien con autoridad, por ejemplo la policía? ¿Trataría mal a un compañero de trabajo si su jefe le obligara a ello? Seguramente la mayoría contestaría que no. Muy posiblemente consideremos que difícilmente haremos algo que se halle en conflicto con nuestra conciencia moral, por mucho que nos lo ordenen. Pues bien, si esa ha sido su respuesta, usted se equivoca. Casi con toda seguridad terminaría haciendo todo lo que se plantea en las anteriores preguntas. Si lo duda, siga leyendo el presente artículo.

Buscando respuestas

Como el lector comprobará, no son pocas las evidencias científicas dentro del campo de la Psicología que demuestran hasta qué punto el ser humano es capaz en ciertas circunstancias de someter su voluntad ante el poder y la autoridad. Pero antes de ver cuáles son algunas de esas evidencias, valdría la pena que se hiciera un par de preguntas más: ¿Cómo es posible que millones de alemanes fueran cómplices del Holocausto y siguieran ciegamente los dictámenes de Hitler? ¿Cómo es posible que ciudadanos comunes, personas normales como usted o como yo, terminaran realizando o justificando los espantosos crímenes contra los judíos realizados en la II Guerra Mundial en la Alemania nazi? Cuestiones como éstas fueron las que se planteó a principio de los años 60 el psicólogo Stanley Milgram de la Universidad de Yale.

En el año 1961 Adolf Eichmann, responsable máximo del genocidio sistemático contra el pueblo judío durante el régimen de Hitler, fue capturado por un comando israelí en Buenos Aires, Argentina, donde Eichmann se había fugado y vivido durante más de una década. Eichmann fue juzgado y condenado a muerte en Jerusalén por crímenes contra la humanidad. Milgram se preguntó si Eichmann y sus cómplices tal vez sólo estuvieran cumpliendo órdenes. ¿Hasta qué punto la responsabilidad individual se ve afectada cuando el individuo se está limitando a cumplir una orden dada por un superior? ¿Eran todos los nazis personas malvadas o cualquiera de nosotros podríamos llegar a comportarnos de una forma similar en determinadas situaciones? ¿Seríamos capaces, como Eichmann, de ejecutar a personas inocentes si nos lo ordenaran? En definitiva, ¿hasta qué punto sería capaz la gente corriente de someter su voluntad y obedecer órdenes?

El polémico experimento de Stanley Milgram

Para contestar a dichas cuestiones, Milgram diseñó un interesantísimo experimento cuyos resultados se publicaron en 1963. Para ello comenzó poniendo un anuncio en el periódico ofreciendo cuatro dólares a cualquiera que quisiera participar en un experimento sobre memoria. En realidad, el objetivo del experimento era estudiar la obediencia a la autoridad. A cada uno de los sujetos voluntarios se les dijo que su labor consistiría en aplicar descargas eléctricas a otro supuesto voluntario (en realidad un actor que se hacía pasar por participante del experimento) cuando éste contestara erróneamente a determinadas preguntas que debería haber memorizado con antelación. Así, el sujeto voluntario haría el papel de “maestro” que castiga cada uno de los fallos de otro sujeto, el “alumno”, amarrado éste a una silla y conectado a través de unos electrodos a un generador. El reparto de roles había sido en realidad amañado para que todos los voluntarios ejercieran de maestros y los falsos voluntarios de alumnos, con la intención de que los verdaderos voluntarios, los maestros, creyeran que era a sus compañeros a quienes se estaba poniendo a prueba.

Dirigiendo toda la operación se encontraba el investigador, con bata blanca, que representaba la máxima autoridad en dicha situación. Éste informaba al maestro sobre si el alumno había cometido un error y, en consecuencia, tenía que ser castigado con una descarga eléctrica. A cada respuesta errónea se incrementaba la potencia de la descarga. Para que el maestro se convenciera de la veracidad del experimento, se le aplicó al comienzo del mismo una pequeña descarga para que así sintiera en su propia carne el castigo que aplicaría al alumno.

Al principio, el maestro no duda en aplicar las pequeñas descargas ante los errores del alumno, pero a medida que la potencia de la descargar va aumentando, el maestro ve más complicada su tarea. Cuando el maestro empieza a poner reparos ante las quejas del alumno, el investigador le insta a que continúe. Lo que no sabe el sujeto “maestro” es que las quejas del alumno son falsas, ya que éste sólo está actuando pues en realidad no recibe descarga alguna. A medida que las descargas van siendo mayores el alumno grita, pide que quiere abandonar el experimento, que tiene problemas de corazón, etc. A partir de que las supuestas descargas alcanzan los 300 voltios, el alumno deja de gritar y simula estertores y un desmayo previo al coma. A medida que se va desarrollando el experimento, el maestro duda y se resiste cada vez más a seguir aplicando las descargas, pero el investigador es cada vez más taxativo con sus órdenes, insistiéndole de manera firme, pero sin ni siquiera levantar la voz, con frases como «el experimento debe continuar», «es absolutamente necesario que usted continúe» y por último, si la resistencia del maestro a proseguir es reiterada, «usted no tiene opción, debe continuar». Si el experimento llegaba al final, la supuesta corriente eléctrica aplicada alcanzaría los 450 voltios, voltaje que el maestro sabía que era potencialmente mortal.

Antes de la realización del experimento, el equipo de Milgram encuestó a expertos preguntándoles qué porcentaje de sujetos “maestros” creían a priori que llegarían al final de experimento, administrando la descarga límite de 450 voltios. Todos contestaron que sólo algunos sádicos llevarían las descargas hasta el final y consideraron que la mayoría de los maestros abandonarían el experimento llegados a los 150 voltios.

La realidad fue otra. El resultado final del experimento fue sorprendente, ya que un 65% de los maestros, personas normales y corrientes, aplicaron a sus alumnos la potencia tope de 450 voltios. Aunque la gran mayoría pusieron objeciones a continuar con el experimento, ninguno paró antes de llegar a los 300 voltios.

Un descubrimiento inquietante

Este experimento demostró que sometidos a la autoridad, personas normales pueden llegar a comportarse con una extrema crueldad. Sintiéndonos libres del sentido de culpa, y ante el pretexto de estar recibiendo órdenes, se revela el lado más oscuro de la naturaleza humana. Viéndonos a nosotros mismos como un mero instrumento de los deseos de otro, nos desprendemos de la responsabilidad de nuestros actos por atroces que sean. Así desviamos la propia responsabilidad hacia otra persona: el líder.

No fueron pocos los psicólogos que llevaron a cabo variantes de la prueba, obteniendo resultados similares. El mismo Milgram repitió su experimento añadiendo diversas variaciones y así encontró que cuanto más se parecen maestro y alumno, por ejemplo si ambos pertenecen un mismo contexto social, mayor será la resistencia de los maestros a obedecer las órdenes del investigador. Asimismo, cuanto mayor era la cercanía entre alumno y maestro, por ejemplo si se le pedía al maestro que sujetara la mano del alumno, mayor era la resistencia para administrarle las descargas. De igual manera, si la autoridad se encontraba a mayor distancia, por ejemplo si las indicaciones de aplicar las descargas eran hechas telefónicamente por el investigador, menor era la obediencia a sus órdenes. En definitiva, si estás lejos de la persona real a la que infliges daño, si formas parte de un gran sistema burocrático, si no eres consciente de las implicaciones reales que tienen tus actos, y si estás sometido a un mayor control de la autoridad, es mucho más fácil comportarse de una forma cruel sólo porque te lo manden.

Hace ya más de cincuenta años del experimento de Milgram. Sería lícito pensar que si se realizara en la actualidad, los datos obtenidos serían sensiblemente inferiores debido a una mayor concienciación, educación e información de la población. Pues no es así. En el año 2009 se realizó un documental para France Télevisions titulado “El juego del mal” donde, bajo la supervisión de un equipo de investigadores, se reprodujo el experimento de Milgram en formato de concurso televisivo. En la versión francesa, el 80 % de los candidatos que participaron en el programa llegaron a aplicar las máximas descargas que permitía la consola. Estas cifras superaban en un 15% las obtenidas por Milgram en 1963.

CONTINUARÁ…. 

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Antonio Romero

Doctor en Psicología por la Universidad de Sevilla. Profesor en el departamento de Psicología de la Universidad de Cádiz. Es autor y coautor de diversos libros académicos, a destacar “Psicoterapia” (Absalon ediciones, 2010) y Psicología del ciclo vital: desajustes y conflictos (El gato rojo, 2012), así como de diferentes artículos en revistas especializadas.
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