21 de agosto del 2017
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Hace unos diez años escuché una conferencia de un psicólogo muy reconocido que señalaba que incluso los trastornos mentales estaban sujetos a modas. Si bien a principios del siglo XX eran mayoritarias las histerias (que hoy día casi no se dan), pasamos más tarde a la era de las patologías nerviosas, es decir, los trastornos de ansiedad, y actualmente nos encontraríamos en la época de las depresiones y los trastornos de la personalidad. Este psicólogo pronosticaba que en breves años entraríamos en la era de las sociopatías y psicopatías: la expresión de una conducta antisocial caracterizada por la falta de empatía e incluso placer ante el sufrimiento ajeno.

La verdad es que viendo últimamente la cantidad de violencia existente en la sociedad, creo que no le faltaba razón en su predicción. El ejemplo lo tenemos todos los días al encender el televisor: trastornados que matan a sus mujeres e hijos, supuestos hinchas de equipos de fútbol que abofetean sin provocación a la gente por la calle, jóvenes que dan bocadillos rellenos de pasta de dientes a indigentes o padres que hacen rabiar gratuitamente a sus hijos mientras los graban para ganar adeptos en sus respectivos canales de youtube, locos que patean la cabeza de un vecino porque le ha recriminado no llevar al perro con bozal, tipos que torturan a animales por el simple placer de hacerlo y un larguísimo etcétera.

Bajo esta violencia explícita se esconde una falta de empatía que cada día es más palpable en la población. Pero no sólo una falta de empatía de quienes realizan estas conductas aberrantes sino también de aquellos que la visualizan. Esos ciudadanos que observan con distanciamiento la violencia que se produce a su alrededor, que no intervienen y, como mucho, la graban para subirlas a una red social, o que al verlas por la televisión cambian indiferentes de canal.

Pero ¿dónde está el origen de esta falta de empatía? Los expertos hablan de una interacción entre factores ambientales y factores genéticos, concediendo más importancia a los primeros. Entre ellos se encuentran patrones educativos negligentes de padres que no supieron o no se molestaron en educar en valores a sus hijos. Esos mismos padres que cuando sus hijos hacen una barbaridad, como agredir a un ciudadano que se estaba tomando tranquilamente un café en una terraza, dicen ante los medios de comunicación: “Mi hijo es un niño muy bueno…, le gusta el deporte”. La justificación de la maldad que no se es capaz de apreciar debido, a su vez, a una falta de empatía de quienes se tendrían que haber hecho cargo de la educación de esos futuros psicópatas.

Pero el mundo en el que vivimos no se libra de responsabilidad. Un mundo donde no se percibe que los malvados paguen las consecuencias de sus actos. Donde, si pateas la cabeza a tu vecino, sales con una fianza y unos pocos meses de condena que nunca te llevarán a la cárcel. Donde no ocurre nada por tener 27 antecedentes y ser manifiestamente reincidente. Es el salvaje oeste en una sociedad donde, paradójicamente, lo políticamente correcto y el manual de las buenas formas es lo que otorga votos, y donde jamás se llaman a las cosas por su nombre: al nazi, ultra, al xenófobo, extremista, al intolerante, radical, y al que pillan en el acto, presunto. Y a los malvados, a los auténticos malvados, perturbados.

 

Una falta de consecuencias ante la crueldad que observamos entre quienes deberían actuar como ejemplos. Políticos que se llevan el dinero público destinado para hospitales, que desvían fondos destinados a los servicios sociales para sus chanchullos personales, administradores de lo público que niegan un medicamento a gente que se muere por razones de coste (¿alguien se acuerda de los enfermos de hepatitis C?), jugando impunemente con la vida de las personas. Eso también es violencia. Y de las grandes. Y está ahí, manifiesta, cotidiana, cristalina… y sin consecuencias. Los ciudadanos la observan cada día. Comprueban que no pasa nada, o casi nada. Y poco a poco se van insensibilizando hasta convertirse ellos también en pequeños sociópatas. No necesariamente de los que rompen cabezas ajenas, pero sí de los que, indolentes, miran para otro lado.

Y desgraciadamente no estoy hablando de casos puntuales. Son tantos los ejemplos, que más que considerarse casos extremos e inauditos como debieran ser, se han terminado convirtiendo en lo habitual y rutinario. Eso sí, amplificados por un mundo tan mediático como lo es el nuestro. Agresiones gratuitas y violencia explícita que puede darse a un nivel individual o grupal, pero que muchas otras veces se manifiesta en un marco social más amplio: el del auge imperante del nazismo, la xenofobia, el fanatismo y la intolerancia que dan cobijo a todas estas expresiones de, digámoslo sin ambages, auténtica maldad.

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Antonio Romero

Doctor en Psicología por la Universidad de Sevilla. Profesor en el departamento de Psicología de la Universidad de Cádiz. Es autor y coautor de diversos libros académicos, a destacar “Psicoterapia” (Absalon ediciones, 2010) y Psicología del ciclo vital: desajustes y conflictos (El gato rojo, 2012), así como de diferentes artículos en revistas especializadas.
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