25 de noviembre del 2017
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Me resulta imposible tomar distancia emocional con La Teoría del Todo, la espléndida película del británico James Marsh. Y es que durante años trabajé como voluntario en distintas asociaciones de personas con discapacidad física o psíquica. De mi experiencia allí volví con varias lecciones de vida. La primera, que nuestros problemas cotidianos son mayormente ridículos y a veces nos ahogamos en nuestro micromundo sin apenas valorar lo bueno que vivimos o el calor de nuestra gente. La segunda, que no hay meta ni sueño inalcanzable, que a menudo nos infravaloramos y que hay gente con menos posibilidades que nosotros pero mayor entusiasmo vital.

No pude desligarme de aquellos recuerdos durante toda la película.

Y fue difícil porque ese Stephen Hawking es increíblemente real, porque el trabajo de Eddie Redmayne (Mi semana con Marilyn) rezuma veracidad y talento. La manera de interpretar el deterioro motriz, el mimetismo de sus posturas y gestos, la mirada, el habla… el papel de Redmayne es prodigioso. Presenciamos un ejercicio de praxis actoral de primera división. Es obvia la ardua labor de documentación y análisis de la ELA y sus efectos.

Solo así puede parecer tan veraz esa decadencia física siempre paralela al crecimiento intelectual de Hawking. Pero no es solo una película conmovedora por el retrato de una enfermedad, también asistimos a una historia de amor de verdadera hondura sentimental. La relación entre Stephen y Eva Hawking  (la magnífica Felicity Jones) explora los límites del amor. El amor con uno mismo, el amor con la pareja o el amor con la familia y en definitiva, el amor a la vida.

Tiene La Teoría del Todo un cuerpo temático tan profundo y sentimental que uno disculpa a James Marsh las evidentes trampas de la cinta. Poco importa esa omnipresente música, a veces sensiblera, ni molesta su estructura de biopic estandar. Tampoco que sea un producto ideado para competir en los Oscar. La esencia de la cinta es retratar una persona inspiradora, una vida que en un principio iba a prolongarse durante dos años y que ya lleva cinco décadas echándole un pulso a la ciencia.

Cuentan que Hawking asistió a un pase especial de la película meses antes de que llegara a la gran pantalla. Tras la proyección, James Marsh y Eddie Redmayne se acercaron pudorosos al genio de Oxford, temiendo una opinión negativa. Lo acompañaba su asistenta. Yacía con un pañuelo en la mano, secando a Stephen sus lágrimas.

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Periodista. Codirector de La Réplica.

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