19 de septiembre del 2017
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Cuando Gabriel García Márquez comenzó su andadura en el periodismo estudiaba la carrera de derecho. Jamás se graduó en periodismo, aunque en cada escrito demostró un talento extraordinario. Es el caso más significativo de un periodista prodigio sin licenciar, pero hay otros que podemos destacar dentro del panorama nacional: Carles Francino, Angels Barceló, David Gistau o Ignacio Escolar cursaron la licenciatura pero nunca llegaron a graduarse, sin embargo, más de un licenciado firmaría poseer los conocimientos o las destrezas de alguno de ellos.

Hay casos opuestos: Josep Pedrerol, Eduardo Inda o Alfredo Urdaci son licenciados en periodismo y su concepto del mismo y manera de practicarlo dejan muchísimo que desear, cuando no producen directamente vergüenza ajena. Tengo compañeros que cursaron conmigo la carrera de periodismo, amigas y amigos que a día de hoy siguen escribiendo con errores de bulto, sin interesarse en las técnicas expositivas, la gramática o los procesos de investigación. Y no señalo, yo mismo, en el desempeño de mi oficio —y no se me caen los anillos al reconocerlo— he cometido errores graves. A base de ensayar fui instruyéndome. Aprendí mucho más practicando (en la delegación de El Puerto junto a Teresa Almendros, Emilio Cañas y Carlos Benjumeda) que en las aulas de la Universidad. Pienso que más que nuestros títulos, que no es más que un requisito de la rigidez del establishment y del negocio universitario, hablan por sí solas nuestras palabras, nuestro esfuerzo y nuestro relato.

La credibilidad y, por ende, la fidelidad del lector, las ganan las palabras. Los medios disputan a cada lector/a página a página, estado a estado, tweet a tweet, editorial a editorial. En la selva de la comunicación del nuevo periodismo, cada palabra cuenta.

Todas las semana nacen nuevas publicaciones en la marabunta mediática. Las más desafortunadas cierran, algunas palidecen, otras envejecen mal o sobreviven a duras penas con más vocación que beneficio, y las más privilegiadas se mantienen gracias a los fondos públicos o privados, algunas chantajeadas por los intereses de las élites, lo que soporta cada cual solo lo sabe uno mismo. Evoluciona el medio, mutan las redacciones, se transforma el emisor, el receptor y hasta el mensaje, pero permanece la palabra.

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Reflexionaba sobre ello al ver la airada reacción del gremio periodístico jerezano contra un panfleto tóxico, nada riguroso, propagandístico, chusquero, cutre y manipulador que ha emergido durante este último mes y que se hace llamar La Gaceta de Jerez, que no es más que una página de Facebook auspiciada por el entorno del PP (¿Antonio Saldaña?) bajo el paraguas del anonimato. Su misión es difundir consignas políticas y trolear al adversario, como también hacen los asesores del PSOE en las redes sociales para generar corrientes de opinión favorables. No es algo que vaya a permanecer pero es un panfleto que involuntariamente ha puesto encima de la mesa un delicado debate: ¿Cuándo una publicación es considerada un medio de comunicación? ¿Quién cataloga a los periodistas? ¿Es necesaria una regulación al respecto? ¿Quién vigila a los vigilantes?

La única regulación que considero necesaria es la del reparto de publicidad institucional. Se precia llegar a consensos cuando estamos hablando del dinero público, de los fondos que todos los vecinos y vecinas pagamos con nuestros impuestos. ¿La fórmula del reparto? La desconozco, habría que sentarse, debatir y argumentar las posibles opciones hasta consensuar medidas. Todas las demás cadenas me sobran. ¿Colegios de periodistas? Buf, no lo veo. ¿Asociaciones de prensa? Lo siento, no creo en ellas. ¿Código deontológico? Si se cumpliera… ¿Quién reparte el carnet de periodista? ¿Quién es capaz, en nombre del periodismo, de dar lecciones cuando los principales periódicos de este país actúan como siervos que ignoran el rigor y transcriben al dictado de unos pocos? ¿Dónde nace y muere nuestra libertad de expresión?

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Preguntas, algunas sin respuesta, incómodas para el gremio que discuten la reivindicación de un periodismo aburridamente corporativo. Ser periodista no es un oficio cualquiera ni se puede equiparar a un trabajo de destreza manual, no se trata de un cirujano, tampoco de un mecánico ni de un químico; un periodista juega con reglas muy particulares en un universo que nos exige convivir con dos molestos compañeros de viaje: la precariedad y un exasperante intrusismo. El chantaje de estas dos amenazas no deben hacernos renunciar a nuestro idilio con la libertad de expresión. Por cada periodista hablarán sus palabras, y por el lector lo hará el respaldo que otorgue a sus lecturas, pues en la deprimente proliferación de estos panfletos también la audiencia tiene su cuota de responsabilidad. ¿O acaso no corresponde al lector desarrollar un espíritu crítico?

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Periodista, fotógrafo y diseñador gráfico. Ha escrito en Diario de Cádiz, Rock Estatal, y El Club de los Imposibles. Es director de La Réplica. Participa en Ganemos Jerez.

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