23 de julio del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



El paso de la década de las hombreras, los guardapolvos, la ambigüedad sexual, los one hit wonders y Grace Jones debió ser poco menos que un trauma  para los estudios de Hollywood, pues Ghost es ya la segunda película que enumeramos en esta lista de las películas que más nos gusta odiar. 1990, menudo año tuvo que ser. Y si en este año Richard Gere se fue de putas, Demi Moore le comió la boca  a Whoppi Goldberg. ¿Estaba el público preparado para el amor lésbico interracial no pornográfico? Pues parece que sí. Aunque esto tiene truco. Como no.

Jerry Zucker. Os suena el apellido. Lo sé. Jerry Zucker, junto a su hermano David y Jim Abrahams, formaron lo que fue, en los años 80 y 90, el equivalente a los Farrelly a finales de los 90 y 2000: un grupo de realizadores y productores que decidieron darle una nueva cara a la comedia yanqui, cargando las tintas en lo absurdo y, sobre todo, especializándose en las parodias de géneros en boga y en el pastiche de películas de éxito: suyas son Top Secret, Aterriza Como Puedas, Hot Shots. Todos obras maestras, por supuesto, y esto lo digo sin un ápice de ironía. ¿Qué se le pasó a Jerry Zucker por la cabeza para querer hacer un drama romántico con tintes fantásticos? Vaya usted a saber, pero la jugada le salió redonda. Ghost se ha convertido en una de esas películas que tiene legiones de fans, ya mayores, con pérdidas de orina, pero también es de esas películas que pesan sobre el espectador como una losa, ya sea por sus innumerables reposiciones en TV o por algunas escenas que, de tan ridículas, no se pueden ver como no sea con una mano sobre la cara, entreabriendo los dedos.

Pues la cosa va de una muchacha que hace cosas con cerámica, como una hipster de Malasaña que lo mismo se toma un café que te hace una taza amorfa sin salir del sitio, que tiene un novio que está buenísimo, ojo, Patrick Swayze, que menudo pelazo tenía, pero que tiene un pequeño problema: no le dice “Te quiero”. Hay una larga tradición en la comedia romántica, y en el drama si me apuras, una ley no escrita: cuando el personaje femenino le suelta al personaje masculino “Te quiero” y él tarda más de un nanosegundo en soltar “Yo también” o “Yo también te quiero” o “no sé qué haría yo sin ti, que eres mi vida y me quedo sin aire cuando no estás a mi lado, te quiero” es que algo muy chungo pasa. Algo catastrófico: o él le pone los cuernos, o no está preparado para el compromiso (sea lo que sea lo que signifique esa mierda). Eso justo es lo que le pasaba a Demi Moore, pobre mía, que el novio nunca jamás le decía “Te quiero”. Se limitaba a responder “Ídem”. ¡Pero pedazo de cabrón, de todas las cosas que le puedes responder a tu novia cuando te dice “te quiero” vas y eliges un cultismo! Imaginad la escena. Pongamos que vas a casa de tu madre, que no la ves mucho, y te dice:

-Cariño, ¿Qué te apetece comer?

Y tú le sueltas:

-¡Con un par de viandas frugales me sacio, voto a bríos!

ghost_demi_moore

¿No serías merecedor de que te soltase dos hostias que te mandara a urgencias de inmediato? Pues no, en Ghost, la muchacha es paciente y bueno, qué le vamos a hacer, él tiene sus manías, yo le digo “te quiero” y el me suelta “ídem”.

Paréntesis erótico dentro del texto: hay una escena en Ghost, muy mítica, muy recordada, anhelada por ellos y ellas, en la que Moore y Swayze se pegan un magreo de infarto mientras aquella le daba al torno. Aún se escucha el rumor de los flujos vaginales y de la hinchazón de glande que produjo en las parejas que asistían, atónitas, a aquella película apta para todos los públicos pero que, por obra y gracia de la autocensura, sustituyó esa misma vagina y esos mismos penes por dedos y barro. Nunca los dedos y el barro fueron tan eróticos como durante esta escena. A ella no le decían “te quiero”, pero se pegaban unos meneos en el trabajo de ella que no eran normales.

Total, que a él lo matan. Que se llama “Ghost” porque a él lo matan pero se queda ahí, en el limbo, para vengarse de un compañero de trabajo que es el que lo ha planeado todo, y deja a la Moore sin que le digan “te quiero”, porque eso es lo que más le traumatiza, que para eso es una mujer muy de los 90, que sin un “te quiero” ni es mujer ni es .

ghost_whoopie

A todo esto, aparece Whoopi Goldberg, aquella actriz de color (ya sabemos que todas las personas que no son negras son transparentes por obra y gracia de lo políticamente correcto) que un día le dijeron ”Qué graciosa eres” y se lo creyó y el pato lo pagamos nosotros y que aquí hace de medium falsa pero descubre que sí, que ve a los muertos, imaginaos el pastel, “veo a los muertos”, que va, es mentira, HOSTIA QUE SUSTO QUE SÍ QUE LOS VEO. Y ayuda a Patrick Swayze en una trama absurda de millones de dólares y estafas, y la espectadora lo único que quiere es saber si, por fin, Patrick Swayze le va a decir “te quiero” a Demi Moore de una vez por todas, mientras ella mira de reojo a su novio, mientras ven la película, y piensa “luego te toca a ti, mejor no me digas “ídem” porque te llevas una hostia que te visto de Cicciolina” y llega el final, no sin antes de que ocurra lo que todos pensaban que no iba a ocurrir pero sí, ocurre:

DEMI MOORE LE COME TODOS LOS MORROS A LA GOLDBERG

Pero claro, en realidad no es la Goldberg, es ella pero con el espíritu del Swayze dentro de ella.

¡Ah! Respiraron, unísono, los ejecutivos de Hollywood cuando Zucker les presentó el proyecto y se dieron cuenta de que una blanquita le comía la boca a una negra.

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Y al final ¿Qué? ¿Dijo el ansiado “te quiero”?

Pues él, henchido de amor, dándose cuenta del tiempo perdido, le suelta un claro, diáfano y meridiano “te quiero” y ella… ella… ¿ELLA QUÉ LE DICE?

Exacto.

“Ídem”.

Le faltó rematar con “y ahora vete contótuhmuertoh*” que deben estar esperándote.

¿Por qué odiamos “Ghost”, al fin y al cabo? Pues por una sencilla razón: Si a cualquiera de nosotros nos responden “ídem” a un “te quiero” no esperamos a que lo mate un delincuente de poca monta en un callejón frio del Bronx. Lo liquidamos al momento, allí mismo. Faltaría más.

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Antonio Bret

Nacido a finales de los 70 en el sur de España, Antonio Bret estudia producción de cine y TV pero se dedica, durante dos años, a contar historias de copleros en “Se llama Copla” de Canal Sur. Cinéfago y heterosexual solo de cintura para abajo, es fan de Lucio Fulci, David Cronenberg, Hayao Miyazaki y Mónica Naranjo. También es adicto a los one hit wonders de los 80 y el porno de los 70. Rechaza la depilación púbica y quiere abrazar, un día, a Phil Collins
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