28 de junio del 2017
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Entre los años 616 y 509 a. de c. la llamada “monarquía etrusca”, formada por los reyes Tarquinio Prisco, Servio Tulio y Tarquinio “El Soberbio”, reina sobre la ciudad de Roma.

Se trata de un período histórico de influencia etrusca que, sin embargo, no tuvo una especial trascendencia sobre la vida y la cultura de Roma. “El testimonio de las fuentes indica que el contacto con los etruscos tuvo solo unos efectos superficiales”(Cornell T.J., 1999, 204). Estudiando la influencia etrusca sobre la lengua latina puede llegarse a la conclusión de que “la única palabra de importancia sociopolítica que puede ser etrusca es “populus”, pero dista mucho de ser seguro que lo sea”(Cornell T.J., 1999,204). Tal vez por esta razón, la situación de la mujer en una y otra civilización resulta disímil.

A continuación, trataremos de estudiar la situación jurídica, social y política de la mujer etrusca para compararla, a continuación, con el estatus de la mujer en Grecia y Roma.

Explica Tito Livio que en el viaje de Lucumón, futuro Tarquinio Prisco, y su esposa Tanaquil hacia Roma, una vez decidido el matrimonio a instalarse en esta ciudad, “un águila desciende suavemente planeando con las alas extendidas y le quita el gorro a Lucumón”(Livio, 2016,67). Esta circunstancia es interpretada por Tanaquil como símbolo de prosperidad y grandeza, como augurio favorable a su marido. La mera circunstancia de que sea una mujer la que se atribuya la dirección o interpretación de un augurio ya nos ilustra sobre el papel rector de la mujer etrusca, lejos de la posición pasiva, cuando no ornamental, que viste en otras civilizaciones. Sin embargo, tampoco ha de creerse que la etrusca fuera una civilización matriarcal o que la mujer tuviera un rango jerárquico superior al del hombre. A lo sumo, podemos hablar de una igualdad formal, que no material.

Jurídicamente, la mujer tiene plena capacidad de obrar, es decir, puede ser titular de un patrimonio y gestionarlo sin la intervención de su esposo o de su padre. El consentimiento paterno no le es necesario para contraer matrimonio válidamente y su forma onomástica está compuesta por “nomen” y “praenomen”. Políticamente, su papel es activo y socialmente goza de un estatus elevado, siendo admisible su participación en banquetes o su asistencia a juegos. En el arte etrusco son frecuentes las escenas eróticas y la mujer muestra su desnudez sin especial rubor. Pero mientras en Grecia tales escenas aparecen asociadas a la figura de las “heteras” o hetairas, en Etruria las mujeres que aparecen en las representaciones tienen un perfil social elevado. Asimismo, fruto de la maledicencia, cuando no de la mera difamación, algunos historiadores poco fiables, como Teopompo, en consonancia con el cierto escándalo que para los romanos supone la libertad de la mujer etrusca, brindan escenas del mundo tirreno muy poco realistas. Así, la acusación de poseer a las mujeres en común o gozar con niños o adolescentes, no parece que tenga el menor fundamento histórico.

Si intentamos hallar alguna explicación histórica a la situación de la mujer etrusca encontraremos motivaciones religiosas, pues los etruscos otorgaban un gran valor a la Diosa Madre y a su reflejo, la mujer. No obstante, parece que deben imponerse otras posiciones, basadas en condicionamientos sociales y económicos. En efecto, a través de la “tryphé”, existencia basada en el lujo y la comodidad, reflejada en la conocida fórmula “il dolce far niente”, se pone de manifiesto la existencia de sociedades oligárquicas que determinan, por un lado, un progresivo descenso del número de ciudadanos de pleno derecho y, por otro, una importante libertad de la mujer. Paradójicamente, la mejor situación de la mujer en Etruria no es consecuencia de la existencia de una sociedad más preocupada por la igualdad, sino que es reflejo de una sociedad más desigual.

Frente a la situación privilegiada de la mujer etrusca, la mujer griega aparece confinada al telar, al dolor y al aislamiento. En “El Banquete”, diálogo de Platón en el que se diserta sobre “El Amor”, no es pensable la participación de una mujer como comensal, menos todavía como oradora. Sin capacidad jurídica ni capacidad de obrar, la mujer en la Grecia Clásica tiene un estatus muy poco elevado. Solo las hetairas, cortesanas o, si se quiere, prostitutas de lujo, viven con libertad en Grecia, pero su libertad, que inclusive las ampara para poseer bienes y contraer obligaciones, es una libertad “desde fuera del sistema”.

Especial atención nos merece, por razones obvias, la situación de la mujer en Roma, situación que, en cierto modo, constituye un término medio entre los dos extremos estudiados. En efecto, la mujer romana comía con los hombres y jurídicamente tenía cierta capacidad de obrar. Durante la República “el derecho marital” que atribuía al esposo la propiedad de todas las cosas era más bien respecto a un tercero, particularmente a los acreedores, hasta el punto de que la mujer disponía de sus cosas dotales y la lex julia de fundo dotali exigía el consentimiento de la mujer para su enajenación(Von Ihering, 2005,158). Con posterioridad, durante el Imperio, la mujer alcanza un estatus jurídico más elevado. Gráficamente, explica Mary Beard que una mujer adulta en Roma tenía “muchos de los derechos que las mujeres británicas no consiguieron hasta la década de 1870”(Beard, 2016,329), afirmación que hay que entender referida, fundamentalmente, a las relaciones de derecho privado. En el ámbito sexual, la mujer romana carece de libertad.

Uno de los pocos avances de la mujer romana, comían y cenaban junto a los hombres.

El matrimonio, que generalmente unía a varones adultos con jóvenes adolescentes, constituía un camino de servidumbre para la mujer. No en vano, para mantener la población existente una mujer tenía que parir unas cinco o seis veces. Asimismo, no era infrecuente el abandono de niñas, y aunque no podemos fijar porcentajes, lo cierto es que “los vertederos de Roma eran una fuente gratuita de esclavos”(Beard, 2016,338). Como contrapartida a tan penosa situación cabe afirmar que la mujer romana constituye el centro de la casa. Dirige la educación de los hijos, ejerce una notable influencia sobre estos hasta edades avanzadas y preside el trabajo de los esclavos. Sus derechos aumentan a medida que decae la civilización romana. Gráficamente, Simone de Beauvoir afirma, en “El segundo sexo”, que “la romana de la antigua República ocupa un lugar en el mundo, pero está atada por la falta de derechos abstractos y de independencia económica; la romana de la decadencia es el prototipo de la falsa emancipada que solo posee, en un mundo que sigue perteneciendo de hecho a los hombres, una libertad vacía: es libre “para nada”(Beauvoir Simone de, 2005,161). Conviene, finalmente, subrayar que el advenimiento del cristianismo no constituirá una ventaja para la mujer romana, al ser fuente de opresión sexual.

En concordancia con el relato que hemos ofrecido, podemos afirmar que la situación de la mujer en las civilizaciones estudiadas se caracteriza por una fuerte subordinación que, si bien resulta atenuada en el mundo etrusco, no la sitúa como actor político sino indirectamente, es decir, por influencia. La mujer carece de derechos políticos y su vida sexual deviene totalmente instrumental y subordinada a la maternidad y al deseo sexual del varón. Sin embargo, tampoco sería coherente obviar que esta situación de la mujer en la antigüedad clásica no experimentó un giro notable hasta avanzado el siglo XX, y no en todo el mundo sino únicamente en occidente.

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Escritor y letrado de la Seguridad Social. Leo, reflexiono. Me disgusta el clasismo, muestra de superficialidad e ignorancia. Mi referente es la honestidad, mi fin el comportamiento ético. La Administración española es estructuralmente corrupta. Replicar es más necesario que nunca.
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