17 de diciembre del 2018
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Hemos asistido estos días a la caída de un auténtico titán de la política española, cuya talla sólo será comprendida en su totalidad con el paso del tiempo. Rajoy ha sido un émulo de Nerón, un político-césar decadente enormemente apegado a las prebendas del poder pero refractante a sus cuitas mundanas. Un tipo hipermoderado, libre de ataduras ideológicas, de un estoicismo desesperante y cuyo único pulso nervioso se concentraba pertinaz en los tics descontrolados de su ojo izquierdo. Él sólo quería que le lavaran los pies en palanganas de oro y ver a sus enemigos arder, aunque aquello carbonizara los cimientos de Roma.

Pronto comprendió Rajoy que desde la oposición al gobierno hay que pasar por Bruselas: en los primeros días de su primera legislatura varió el discurso electoral y se adaptó a las exigencias de los bancos alemanes. No había otra: su mentor Aznar había andamiado la economía en un juego de espejos donde quienes más habían de perder eran los inversores foráneos. El famoso rescate a la banca era eso: pagar las inversiones perdidas de los especuladores franco-germanos como consecuencia del desastre inmobiliario. Ahí, nuestro titán bajo los brazos: que gobiernen otros y yo me voy a leer el Marca.

Desde entonces, un mundo sobre sus hombros: se le revolucionaron las calles, y sobrevivió. Difirió las ruedas de prensa, y sobrevivió. Acabó con el Aguirrismo sin despeinarse. Fulminó a Gallardón sin encanecerse. Colocó a la mujer de Aznar al frente de la capital de España, pues bueno. Se derrumbó su baluarte valenciano, y él ni se inmutó. Le propinaron puñetazos, y siguió corriendo cada mañana. Estallaron en cadena escándalos de corrupción en todos sus fuertes, y la metralla apenas erosionó su rostro de marmorino. Fue a tres elecciones, y las ganó todas. Vio arder al PSOE no sin antes conseguir sus votos para gobernar, dos por uno en proezas. Resistió sin esfuerzo las embestidas del parlamento más bravucón de nuestra democracia, impresoras en la cámara mediante. Diantres, hasta salió ileso de un accidente de helicóptero.

Fue Rajoy un adalid insobornable de la realpolitik y las paelladas populares: la economía va bien, los mercados depositan su confianza, Bruselas nos felicita, el turismo no para de crecer, el paro ha bajado, la segunda ya tal, mire, no nos metamos en eso. La agenda social y las cuestiones sesentayochistas quedaban fuera de su radar de la seriedad.

Quizá su mejor virtud era su enorme talla parlamentaria, probablemente la más excepcional que ha dado nuestro país: galleguísimo, poseedor de una retranca monumental para desesperación de sus rivales dialécticos, Rajoy siempre ganaba en las cámaras a base de complejísimos circunloquios, de hábiles falacias o de retorcer la retórica propia y la de sus enemigos en su propio beneficio. Ver a los crédulos desesperar y a quienes se estiman grandes oradores perder los papeles hasta el despeine no tuvo precio.

Echaremos en falta -mucho- su excepcional esencia humorística, cristalizada en numerosas e hilarantes frases que se pueden encontrar encadenadas en Youtube y que suponen un auténtico hit de la comedia política.

Finalmente, su gigantismo político se ha derrumbado frente a su mediocridad como gobernante. Su absoluta incapacidad para el diálogo respecto al tema catalán y para contener los desmanes de los frikis de su partido han envalentonado a sus rivales y le han apeado del trono de Roma. Perdió el duelo mitológico con el ave fénix Sánchez, que gobernará o no, pero ya perdurará en los anales como aquel que derrumbó al Indestructible y que frustró su penúltima foto en el palco de una final del Madrid como presidente de nuestra gran nación.

Y como un señor, Rajoy se despidió deseando lo mejor para él y para España.

Adiós Mariano. Todos te recordaremos.

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Manuel Martin Perez

Diseñador gráfico y aprendiz de Bartleby. Escribiendo cosas que no publica y ganando concursos literarios sin importancia desde que tiene uso de teclado. Actualmente copresenta y guioniza el espacio de radio “Jerez en positivo”, en Onda Jerez Radio. Debuta como firmante en La Réplica.

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