14 de noviembre del 2018
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2 de octubre de 2016.

Pedro Sánchez dimite como secretario general del PSOE después de un comité federal del partido tan caótico como vergonzoso, dejando su acta de diputado y pasando al ostracismo político. Lo sabe bien cualquiera que se dedique a la política, si desapareces del foco mediático, vas desapareciendo poco a poco hasta convertirte en un fantasma, aunque no te des cuenta de ello. Como Bruce Willis en el Sexto Sentido. Sánchez era pasto del olvido.

Eso creían todos los analistas, los líderes de la gestora del PSOE, la guardia caucásica del partido comandada por Guerra y González, lo creía El País, Caño y Cebrián, la práctica totalidad de la caverna mediática, el Íbex35, lo creía Rajoy -con el que había mantenido Sánchez un agrio cara a cara televisivo-, lo creía Pablo Iglesias, lo creía Rivera y lo creía Susana Díaz, que ya saboreaba las mieles del poder dentro de un partido que había obtenido, recientemente, los peores resultados de su historia.

Pedro Sánchez, el día de su renuncia.

Aunque muchos señalaron a Sánchez como el gran culpable de la situación, y tenían razón en que sucedió bajo su liderazgo, lo cierto es que desde que llegó Sánchez el PSOE fue amortiguando su caída, al menos en cuanto a popularidad. No subía, pero al menos tampoco bajaba como lo hacia hasta su llegada. El partido venía envuelto en una espiral descendente desde que Zapatero se distanciara de la población vía artículo 135 de la Constitución y la oposición cómplice de Rubalcaba situara a los socialistas en una tesitura donde, de sus siglas, solo les quedaban dos letras, la P y la E. En la calle, el PSOE era un partido que ejemplificaba la decadencia de la política de partidos, carcomido por sus luchas internas, sin apenas capacidad de iniciativa y aferrado a su nombre para no desvanecerse. La viva imagen de la casta.

Así eran los tweets que se reían de Sánchez hace solo dos años.

Desde el PSOE de la gestora había poco que construir y el partido parecía condenado a repetir sus viejos vicios de siempre, pero desde el Pedro Sánchez post golpe suave comenzaba a fraguarse, de forma imperceptible, un potente relato. La de un líder que intentó plantar cara al sistema -al menos a su microsistema- y perdió por el empuje irrefrenable de las élites, las mismas que lo ayudaron a tomar en su tiempo la secretaría del partido. Al Pedro Sánchez dimitido le surgió entonces un argumentario que lo emparentaba con Podemos, estrenada su condición de militante que intentaba seducir militantes. Una relación entre iguales que nada que tenía que ver con la relación de cualquier militante con Susana Díaz. Supo entender el momento y se aferró a esa dialéctica para sobrevivir.

A bordo de su coche y con el apoyo de unos cuántos fieles, ni más ni menos que eso, comenzó Pedro Sánchez a hacer campaña por retomar el poder en las primarias del PSOE. Sin respaldo de los medios, con el aparato del partido en contra, la burla generalizada a sus espaldas y convertido en un meme con ruedas, su tour por las sedes socialistas dejaba un inquietante runrún a su paso. “Oye, pues no han sido tan pocos”, dijeron algunos, sorprendidos, la primera vez.  “Hoy son más”, dijeron la segunda, “verás tú Sánchez que planta cara”, terminaron asegurando a dos días de la votación. Mientras más felices se las prometía el aparato socialista con la aplastante lógica del poder de su lado, la sensación de injusticia se iba al extremo opuesto, polarizando las primarias y pasando por encima de Patxi López. El resultado ya lo conocemos, cuando Susana Díaz despertó, Pedro Sánchez estaba de nuevo allí.

 

Con los medios justos, Sánchez se resistió al olvido.

La victoria de Sánchez fue tan catastróficamente recibida por los medios que lo detestaban (“El Bréxit del PSOE“, rugía El País de Antonio Caño, que ya publicara un editorial demoledor contra Sánchez cuando estuvo apunto de censurar a Rajoy con su No es No) como bien acogida por la opinión pública. Los poderes que actúan al margen de la democracia, que trafican con su influencia para promover derrocamientos y alzan figuras afines a sus intereses, habían sido derrotados. Dentro de las primarias del PSOE, el “sistema”, entendido como ese ente que domina, transforma y manipula la opinión de la gente corriente, sufría por una vez su merecido.

Desde entonces hasta hace dos semanas, Sánchez había permanecido en la política nacional con un perfil bajo. Exhausto por el año que había vivido e inmiscuido un escenario de incertidumbre donde cualquier paso en falso puede costar quedarse fuera de la carrera electoral, no era para menos. Engullido entre el empuje de Ciudadanos, las crisis de Podemos y los sempiternos presupuestos de Rajoy, del PSOE se ha sabido poco y de su secretario general menos. El PSOE solo gobierna en Andalucía y Extremadura, casualmente, feudos donde nunca se le ha apoyado y donde las políticas del partido le emparentan con la derecha española más rancia. Susana Díaz es para la sanidad y la educación andaluza lo que Rajoy fue a España y Fernández Vara es ese tipo de líder del PSOE que parece más del Partido Popular que los líderes del Partido Popular, como Joaquín Leguina o José Bono.

¿Conseguirá Sánchez una imagen presidenciable en lo que queda de legislatura?

Así, de las políticas de Sánchez no se sabe mucho porque siempre ha centrado sus esfuerzos en la batalla por el poder. Ha vivido, y vive, en permanente campaña. Lo que sabemos es que puede decir una cosa y también la contraria. Puede ir a Portugal a reivindicar el tripartito de izquierdas y luego pactar con Albert Rivera un programa de gobierno dictado por el Íbex-35, puede pasar del estado federal a apoyar sin fisuras la aplicación del 155, puede decir que está con los jubilados y luego contentarse con presupuestos creados por el Partido Popular. Da la sensación de que, por naturaleza, Sánchez es tan conservador como quienes lo auparon al primer plano político (recuerden, su primeras primarias era el candidato más conservador de los tres), pero la pura supervivencia, un instinto que ha cultivado como nadie los últimos años, lo ha desvinculado de esa posición iniciática. Sobrellevado por un empeño inagotable y con una conducta casi temeraria, ha logrado hacer lo impensable meses atrás, tumbar a Rajoy. Y lo ha hecho copiando el modelo del líder del Partido Popular, dejando que sucedan las cosas. Para cuando tuvo que negociar la moción, Rajoy olía a chamusquina y le bastaba con mantener los presupuestos ante el PNV y prometer diálogo en Cataluña. Superpuso su némesis y los demás solo tuvieron que elegir. Los números, que siempre estuvieron ahí, hicieron el resto.

La precaria situación del PSOE en cuanto a aritmética, pese a lo que digan los agoreros, no sólo puede conducirlo a posiciones que le hagan impulsar cambios de relevancia social, sino que quizás pueda generar un amago de esperanza en un país escuálido tras el mandato del inefable Rajoy. Para ello, es imprescindible que Unidos Podemos actúe como el motor que conduzca al gobierno a posiciones que estén por y para las mayorías populares, la gente que sufre la desigualdad y la precariedad. Pese a que a la vuelta de la esquina asome una ofensiva de los sectores conservadores como pocas hemos vivido, Sánchez debe entender qué le ha permitido sobrevivir en este banco de pirañas: situarse, al menos mediáticamente, del lado de la gente. Una oportunidad de alternativa política que acerca a España a Portugal y le aleja de Rivera y su afán neoliberal. Para lograrlo, deberá ser valiente ya no cómo método de supervivencia, sino como camino para construir un nuevo país.

Todos creyeron, hace no demasiado, que Pedro Sánchez era un muerto que se creía vivo y al final ha sido un vivo que creyeron muerto. Hoy, el Ken de la Barbie, el jefe de planta del Corte Inglés, el comercial devenido a Político, la marioneta del poder, el político de postín, el baloncestista frustrado, el Pedro Picapiedra, el hombre sin carisma, el mediocre orador, el líder sin liderazgo, el siempre minusvalorado Pdr Snchz, ha ganado la partida. Es, después de hacer un máster en supervivencia política, nuevo Presidente del Gobierno.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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