24 de agosto del 2017
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Quedan dos horas para que lleguen las caras mediáticas de Podemos a la plaza del Sol y las tomas aéreas ya llegan a nuestros móviles. “Mira esto”, me dicen, y veo como una marea humana engulle los huecos en blanco de la fotografía, como los edificios emergen resistiéndose al dominio carnal de las aceras, como el reloj marca la hora del cambio. No me lo creo, pienso, es un montaje como aquellos de La Razón solo que de signo opuesto. Pero no, es real, a Madrid han acudido más de 260 autobuses, que sumados a los que han llegado por sus propios medios y a los que viven en la capital conforman esta muchedumbre de la que soy uno más.

Una convocatoria inédita en mi memoria. No es una reacción espontánea como pudo ser el 15M, el germen de todo esto, no es una marcha con un fin determinado como pudo ser protestar contra la guerra de Irak, no es exactamente un mitin, es una demostración de fuerza, una ocupación del espacio mediático, de las redes sociales y de las conversaciones. Los dirigentes de Podemos, el partido que ha revolucionado la realidad sociopolítica de España, sabe que para alcanzar la mayoría deben ser continuamente protagonistas, marcar la agenda, ir un paso por delante de los demás actores de la vida política.

Ni siquiera el frío congela el ánimo de los asistentes, “si hay que pasar frío para echar a la casta, se pasa”. Casta es la palabra de moda en España. Corta, agresiva, caricaturizable. El pasatiempo de moda es desenmascarar a la Casta, señalarla con el dedo, ridiculizarla como ellos ridiculizaron al ciudadano. La frontera entre justicia y venganza es frecuentemente rebasada por quien acumula injusticias en la mochila.

Sin embargo, el ambiente no es agresivo, sino festivo, la gente sonríe porque por primera vez en España desde hace mucho tiempo, se cree en otro paradigma. Los asistentes se entregan a una promesa que sobrevuela el horizonte y cada uno moldea a su antojo, a una ensoñación de ese animal metamórfico que es el futuro. Sobre la plaza, los jóvenes con trabajo que ansía el padre jubilado, la ayuda a la dependencia que requiere el que la sufre, la enseñanza pública con medios, las vacunas contra la hepatitis, todo un mundo de ilusiones. ¿Traerá todo esto Podemos? De momento ha traído la esperanza sobre una acción concreta de cambio, una acción dormida, una acción a la que muchos habían renunciado a recurrir: el voto. Y es que no hay que engañarse, Podemos pedirá hoy el voto. Lo disfrazará con poesía, lo asociará a los movimientos sociales, lo identificará sobre cada sujeto, pero lo terminará pidiendo.

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Una multitud de gente invadió la plaza del Sol. FOTO – Eldiario.es

En la plaza, eso sí, nadie habla de urnas. Hablan de las discusiones del secretario general de Podemos con un tertuliano de la televisión, hablan del impacto de Syriza y Grecia, hablan del enésimo caso de corrupción del partido en el gobierno, hablan de las discusiones en las redes sociales y de los motivos que los han traído hasta aquí; el voto es la estación final de una realidad maleable e hipersensible que puede cambiar en cualquier momento. Los dirigentes de Podemos ya han dado buena cuenta de ello. Amoldándose a cada circunstancia, se han movido como el equilibrista que persigue la gloria y desafía al abismo. Lo que sucede es que dotar un discurso de camaleonismo es inmiscuirse también en el laberinto de las incongruencias y del ridículo. La pregunta es si este Ícaro sabrá volar sin quemarse las alas.

A mí alrededor, eso sí, no hay nadie que parezca perdido. Todos tienen claro dónde está la puerta de salida, en la salida de la casta. Los manifestantes tienen un aire similar al 15M, salvo una sorprendente diferencia. La edad es sensiblemente más adulta y se pueden ver muchas personas en edad de jubilación, personas cargadas de frustraciones que perciben la realidad como una abominable traición. Al fondo, un par de ancianos republicanos se suben a los ventanales con tal de ver mejor el escenario. Son, curiosamente, los más efusivos. La gente los anima, ellos cantan y airean su indignación.

“Tic, tac, tic, tac”, gritan en alusión al escaso tiempo que, a su juicio, le queda a Rajoy en La Moncloa. “Sí se puede, sí se puede”, y cantan la herencia más pura del 15M, el grito uniforme que recorre la garganta de todos los movimientos populares: Sí, se puede para los desahucios, Sí, se puede conseguir vacunas, Sí, se puede llevar a Rato a los juzgados, Sí, se puede volver llamar exilio político a quien emigra indignado, Sí, se puede actuar contras los usos del poder, se podrá todo, pero no se podrá sin esa masa tan frecuentemente infravalorada que es la gente.

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Actores principales

Cerca de las dos de la tarde, sobre uno de los afluentes que llevan a Sol, un jolgorio incontenible se aproxima al escenario. Pablo Iglesias y su equipo están ya entre bambalinas. El secretario general de Podemos copia al Bob Dylan que en sus actuaciones multitudinarias avanzaba entre la gente y ascendía al escenario con su aliento pegado al cogote. Es allí donde se desvían las miradas. Lo que hasta ahora se parecía a una manifestación muta hacia el terreno del mitin político, ya indisimulable. Diversos actores que pluralizarán el discurso y al tiempo lo aunarán, como un acordeón de palabras.

Los móviles escapan de las fundas tomando una fotografía sobre la fotografía de la fotografía y en bucle hacia el escenario. El fenómeno Podemos es también un fenómeno sociológico que se asemeja al movimiento fan o a las hinchadas de fútbol. No en vano diviso muchas las cabezas teñidas de morado, con bufandas y banderas en consonancia. Los nuevos Rock Stars de las televisiones son los rostros visibles de Podemos, tremenda y cansinamente expuestos, foco de todas las miradas. Lo que parecía imposible, destronar a Messi y Ronaldo como primeros iconos mediáticos, se ha hecho realidad a través del espacio que más repulsa causaba en el ciudadano, la política. Los Monedero, Errejón, Bescansa, Alegre y Pablo Iglesias son sacralizados, satanizados y caricaturizados hasta el punto de exigir un posicionamiento de quiénes lo conversan y cada vez que se someten a debate. Lo que parecía popular reside ahora en el plano más estrictamente individual, la magnitud del sujeto. Dicen desde el equipo de Podemos que sólo con figuras así se pueden ganar las elecciones, lo que no dicen es el penoso reflejo-espejo que eso supone para nuestra sociedad, que lleva sus asuntos más importantes al enredo mediático, se resume en titulares de escasa profundidad y termina jugándose los cuartos en una televisada y triste partida de poker.

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Monedero muy efusivo. FOTO. Marta Jara para El Diario.es

Sobre el escenario, los primeros discursos se recitan desde la emoción y en oposición a esta dura realidad que ahoga las emociones. Precarios que quieren dejar de serlo e investigadores que ansían volver a España. Aplausos tibios, quizás porque no es lo mismo aplaudir en mayo que en una gélida mañana del mes de enero. Más tarde, aparecen por orden, figuras políticas. De entre todas, destaca el excéntrico Juan Carlos Monedero, característico en cada acción y recientemente en el ojo del huracán. Acosado por el periódico, ahora conservador y de mayor difusión del país, El País, cuestionado por su currículum y sobreseguido fiscalmente, Monedero se refugia y canaliza sus obsesiones sobre el discurso primigenio del partido, con un tono poético y profundo, y referencias culturales a Federico García Lorca (Ciudad sin sueño) y León de Felipe. Una característica transversal a cada intervención que vemos y que dota de ritmo al discurso de Pablo Iglesias, recibido con un estruendoso aplauso. “Soñamos, pero nos tomamos muy en serio nuestros sueños”, repite como hilo conductor el líder de Podemos. Y en mitad del sándwich ideológico, lo que ya se conoce: la recuperación de la soberanía, la limpieza de las instituciones, la señalización del enemigo –el partido popular-, la felicitación a Syriza y a los griegos, la división arriba y abajo, la auditoría de la deuda, la intención acaparadora, el guiño a los movimientos sociales, el ninguneo hacia el Psoe. Un discurso de sentido común, el menos común de los sentidos, con pocos terrenos pantanosos y más Podemos que nunca. Quien escuchara el discurso posterior a las Elecciones Europeas percibirá una evolución natural del mismo y ahuyentará los fantasmas del travestismo político en el que suelen caer sus cabezas visibles. Pablo Iglesias dio rienda suelta a su notable oratoria incluyendo un tremendo desliz, cuando en un déjà vu que recuerda inevitablemente a Zapatero, promete no mancillarse y cumplir con lo que está diciendo (justo lo que a su vez, prometió que no haría, fiar de palabra lo que sólo justifican los hechos).

Un desliz enterrado bajo la euforia de los asistentes, que se entregan hasta que suenan los acordes de la célebre canción de Mercedes Sosa, cómplice del mensaje de la marcha: Todo cambia.

“Cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo”.

¿Pero es posible el cambio en España y en este mundo? ¿Es el cambio esto que dice Podemos? No se sabe cómo se estudiará a la formación en el futuro, pero se hará a partir de su impacto. Es una incógnita saber si quedará como el catalizador del descontento ciudadano hasta el ámbito de los partidos políticos, si servirá de palanca, si resultará una vulgar revisión de lo que González y Guerra hicieran con el PSOE antaño, si se tratará del partido que abrió la herida del bipartidismo hasta provocar su desangre o si Pablo Iglesias y los suyos se transformarán en esa casta que tanto odiaban, en cualquier caso, lo que sí sabemos es que ante una realidad social desoladora, ante la España negra del bipartidismo y Rajoy, ante el austericidio europeo impuesto por Merkel y la Troika en un dictado neoliberal de nuestra suerte, Podemos aglutinó gran parte del descontento que invadió las calles el 15M y provocó un terremoto político y social en España.

Podemos, dirá la gente, invadió las conversaciones de los bares, las televisiones nacionales, los movimientos sociales, las mesas de las casas, las voces indignadas, despertó filias y fobias, introdujo a “la gente normal” en la discusión política, filtró un mensaje de escasa profundidad pero tremenda efectividad, provocó el rechazo de los grandes grupos mediáticos, amargó el desayuno a los liberales, generó otro concepto de telebasura, dispuso las redes sociales como un campo de batalla, multiplicó la estrategia política, aceleró la higienización de los partidos, hizo temblar al PSOE, hizo temblar a IU, hizo temblar al PP, inquietó a los lobbies y a la élite Europa, Podemos fue el bien y el mal según quién lo mirara y en lo único que coincidió la derecha y la izquierda, el centro, los de arriba y los de abajo, los políticos, los ciudadanos y los analistas era en que Podemos fue, ante todo, un grito de protesta sobre la sociedad que estábamos viviendo.   

“Cambia el rumbo el caminante, aunque esto le cause daño”, resuena en Sol mientras pienso en todo esto.

A mi lado, una pareja de jóvenes se abraza y canta con el puño en alto. Ella sonríe y se seca las lágrimas con el guante que cubre sus manos. Él cierra los ojos y cree que, por fin, respira un aire nuevo.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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