11 de octubre del 2018
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En sus pocos más de cuatro años de vida, Podemos se ha hecho adulta a una velocidad vertiginosa. La formación morada pasó de una etapa inicial de color de rosa —lo que duró el idilio con la generación indignada hasta el brutal ataque del establishment por tierra, mar y aire— a darse de bruces con la realpolitik. Luego vivió una fase algo desorientada en la que sufrió cierto acoso mediático para abstenerse y aceptar aquel acuerdo de gobierno entre PSOE y Ciudadanos. No lo hizo. Menos mal. Podemos aguantó estoicamente toda la presión de la progresía superando su peor época, la del conflicto catalán y la guerra de banderas. Esperó su oportunidad con paciencia para más tarde, con unos movimientos inteligentes en el Congreso, propinar la estocada al PP corrupto de Mariano Rajoy con la mano ejecutora del PSOE de Pedro Sánchez y el visto bueno de las fuerzas independentistas.

Pasado el violento huracán de la problemática secesionista y las agitadas aguas de la necesaria moción de censura, a Podemos le hacía falta doctorarse en política en materia de acuerdos; en la política de verdad, la que llega al pueblo a través de las leyes y redunda en su día a día. A estas alturas, a la formación morada no le valía con el papel de agitador de este sistema injusto que nos ha dejado el bipartidismo. A día de hoy es necesario comprobar que se pueden cambiar cosas, aunque sea desde el duro papel de la oposición.

Pablo Iglesias, muy tocado tras la infame gestión del chalet, regresó de las vacaciones y del permiso paternal totalmente enchufado, esquivando esos temas que solo generan ruido y restan simpatías. Centrado ya en ir al grano, ahora le toca sacar toda la tajada posible del papel de principal valedor del Gobierno.

Podemos tiene la obligación ética de exprimir al máximo todo el jugo social extraíble del gobierno de Sánchez. Lo firmado esta mañana, pese a ser algo que no colma las expectativas de los integrantes de la formación morada, es sin duda un notable acuerdo para las clases populares: regular el alquiler (esta medida supera lo urgente), subir el salario mínimo a 900 euros, aumentar del Presupuesto en el Plan de Vivienda y de las becas, igualar progresivamente los permisos de paternidad e incrementar las ayudas a la dependencia son medidas sociales que van a ayudar a salir de la precariedad a algunas familias muy necesitadas de amparo social. Es obvio que el acuerdo no toca absolutamente nada al perverso ecosistema financiero, el que será de ahora en adelante el principal pulso PSOE-Podemos: Iglesias intentará mermar las grandes fortunas en detrimento de las clases populares.

La relación con el PSOE seguirá siendo, como siempre lo ha sido desde 2014, el tema más controvertido en los círculos de la formación morada, allí donde posibilistas, estrategas y rupturistas no terminan de encontrarse.

A nivel nacional (lo era antes en los municipios y algunas autonomías), se puede asegurar que Podemos es útil; una oposición fuerte y pretendidamente constructiva. Nació para cambiar la vida de una gente abandonada y humillada; con sus nada despreciables 71 diputados (que comparten con Izquierda Unida) está empezando a cosechar resultados. Aún se deben superar escollos para materializar los acuerdos, pero hoy algunos escépticos permanecen bien callados; otros recelosos se muestran ahora sorprendidos y satisfechos. Y algunas personas que jaleaban como papagayos consignas sobre Venezuela y Cataluña ya se imaginan con más tiempo de permiso para estar con sus hijas recién nacidas, con un sueldo mínimo más decente, mejores becas para estudiar o el alquiler regulado. Puede que miren con extrañeza su pobre bandera y reflexionen sobre las milongas que escuchan cada día, a todas horas y en todo momento en los infames medios conservadores.

 

fotos: Atlas / El País / Dani Gago

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Periodista. Codirector de La Réplica.

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