18 de mayo del 2018
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La noticia ha trascendido esta semana y se ha hecho efectiva hoy por medio de mediadores internacionales: ETA ya ha declarado su fin, y por lo tanto, ETA ya no existe. Una carta fechada en el día 16 de abril asegura que ha “disuelto completamente sus estructuras”. Su último comunicado pone fin a casi 60 años de terror, 829 asesinatos y miles de heridos. La izquierda abertzale asegura que la disolución de ETA es “definitiva y concluyente”.

Lo que antaño hubiera copado todas las portadas de publicaciones nacionales e internacionales, generado ríos de tinta y hubiera celebrado cada redacción y cada periodista que comunicara el fin de la banda, se asume hoy con calma, tibieza y desgana.

Pese a lo histórico de la noticia, los sucesivos escándalos del Partido Popular, la actualidad del desgobierno catalán, la sentencia de La Manada y el enfrentamiento de la calle con el poder judicial, marcan la agenda.

¿Por qué un trauma que se acaba al fin, y que ha marcado a este país, su sociedad, sus gobiernos y sus políticas, parece que hoy no termina de contentar a nadie y se ha recibido con cierta indiferencia por la opinión pública?

El largo fin de ETA

Uno de los aspectos fundamentales es que ETA ya no era nada. Después de una tregua fallida, de una tregua efectiva, del cese de su actividad armada en 2011, de ser derrotados dentro y fuera de nuestras fronteras por las diferentes fuerzas de seguridad, lo que quedaba de ETA languidecía de forma miserable (muy recomendable para entenderlo el libro “Los de la ETA han asesinado a tu hijo“, de Libros del KO).

Se reunirían, sí, debatirían sobre la forma y el fondo de su fin, también, sobre cuestiones léxicas y mensajes para la posteridad, de acuerdo, pero a la práctica estaba derrotada. Sus miembros son un puñado de exiliados y, sobre todo, un número importante de encarcelados que ven como el fin de la banda les abre un respiradero para su amarga existencia: la opción del acercamiento a Euskadi. ETA decreta su fin por multitud de factores, pero sobre todo porque los agentes sociales, políticos y policiales le han derrotado. Que lo disfracen como una opción propia tiene más de autoengaño que de realidad y es un síntoma de la debilidad que ya tenía la banda. A ETA no le quedaba otra.

Del Fin de ETA se han escrito numerosos libros, se han rodado películas, estrenado series y hay una corriente artística abierta que intenta reflexionar y profundizar no ya sobre su actividad sino sobre sus heridas y consecuencias. ETA no había decretado su fin, pero en el imaginario popular llevaba muerta desde 2011.

La sociedad ha cambiado

Desde la sociedad vasca al resto del país, ya nada es lo mismo. Nos ha pasado por encima todo un 15M, la precariedad y el austericidio, el boom de la ultraderecha europea, varios comicios electorales, se ha transformado la izquierda arbertzale -que felizmente está dentro del juego político y no fuera-, el foco de conflicto nacionalista se ha desplazado hacia Cataluña -violencia estatal incluida- y el terrorismo que viene a la mente de la sociedad es el terrorismo yihadista. Con todo, lo de ETA parece el pasado remoto. Y no, hace apenas dos lustros.

Además, existe una nueva generación formada por vascos y vascas que priorizan la lucha contra el austericidio, la sostenibilidad y los derechos básicos muy por encima de la cuestión identitaria y territorial. Sumémosle los cambios en los hábitos a la hora de informarnos, una sociedad hipercomunicada entregada al trending topic, la globalización y la sensación generalizada de que nada ha conseguido ETA más allá de generar dolor. Por suerte, las generaciones que no crecieron en ese ambiente tóxico y gris han alejado todavía más su presencia en el debate público.

 

El delirio de Mayor Oreja, que dijo estar dispuesto a sentarse con ETA, hoy ve fantasmas de ETA por todas partes.

La derecha pierde su comodín agitador

La derecha dijo primero que ETA debía entregar las armas. Lo hicieron. Luego que debían pedir perdón. A su manera, lo hicieron. Más tarde que debía ser reconocido su desarme por observadores internacionales. También ha sucedido. Y más tarde que debía declarar su fin. Ha sucedido, también a su manera. Cualquier persona mínimamente informada del conflicto vasco sabe que, pese a declarar su fin, el texto de los comunicados no iban a contentar a todo el mundo. ETA tiene discursos muy arraigados en su ADN que entiende como opresor al estado, divide el ejercicio de la violencia en dos y tiene una deuda moral con los sacrificados por la causa. No se puede esperar que unos asesinos, de repente, redacten un epitafio repleto de dignidad.

Es imposible que un texto surgido de las entrañas de la banda satisfaga a la derecha del país, que solo se conformaría con el ajusticiamiento público de los asesinos. Por desgracia para ellos, en este país no existe la pena de muerte. Pero tienen que entender que los procesos de desarticulación de bandas terroristas tienen claroscuros, porque son procesos complejos que atañen a demasiados intereses. En esos claroscuros navegaron Aznar y Mayor Oreja cuando la situación les convino, pero ahora parecen haberlo olvidado. La memoria histórica de la derecha, solo para algunos asesinos y solo para algunos episodios del pasado.

El Partido Popular articuló todo un discurso alrededor de la banda, convirtiéndola en agente movilizador de sus votantes. A veces parecía que estuvieran más interesados en la perdurabilidad de ETA como cadáver resucitable que en decretar su final. Ha sido su comodín durante dos décadas. Y es que, agitando su fantasma y el del yihadismo, la derecha adquiere legitimidad pública para modificar las leyes y criminalizar el activismo. Ya saben, los titiriteros son ETA, César Strawberry es ETA, Podemos es ETA, los raperos son ETA, los de La PAH son ETA, incluso el movimiento nacionalista catalán cuyos líderes no paran de decir que es pacífico, también es ETA. Todo es ETA excepto ETA, que ya no existe como tal.

Pese a todo, cabe celebrar la noticia

Por mucho que se acalle, consciente o inconscientemente, la noticia, lo cierto es que el fin de la “actividad”de ETA -ya saben extorsionar, secuestrar, asesinar y sembrar el terror- es una gran noticia para nuestra democracia. Se pone fin a una rémora que arrastraba el País Vasco, que al fin podrá trabajar en su futuro en un clima de paz, reconciliación y libertad. Es un éxito para quienes lucharon por abrir la senda de la política y el fin de la lucha armada y es, también, un alivio para la cientos de familias que en toda España se vieron dramáticamente afectadas por el terrorismo de ETA, las fuerzas de seguridad del estado, los profesionales del periodismo y la política que se vieron amenazados y los empresarios a los que extorsionó la banda. Son ellos quienes tienen el derecho a cualquier opción sentimental porque nadie puede comprender su dolor.

Pero que se acabe ETA, y esto hay que decirlo alto y claro, es un triunfo de la democracia sobre la violencia y el simbolismo de un día como hoy tiene, con todo, un enorme significado histórico.

 

 

La imagen de portada es de EFE.

 

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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    Una Réplica

  1. xavier

    Los que solo contaban con ETA, para obtener mas votos y que ahora quieren hacer los mismo con el movimiento independentista, que su unico objetivo era la utilizacion de los atentados y de las victimas para realizar una vergonzosa instrumentalización , esos no se alegran.
    Y tampoco se alegran los que esperaban una derrota en plan guerra, con los vascos arrodillados, pidiendo perdon y arrastrandose de rodillas hasta Madrid.

    Yo si me alegro, no habran mas victimas y quiza esto proporcione algo de paz a familiares y amigos de las victimas.

    Saludos

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