25 de abril del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Decía el psicólogo Abraham Maslow, cuando proponía su famosa pirámide de las necesidades humanas, que en el vértice más alto de la misma se encontraban las necesidades de autorrealización. Se refería con ello a la creatividad, la espontaneidad, la moralidad o la resolución de problemas que fuesen más allá de lo inmediato. Muy relacionado con esto, otro psicólogo, también hombre y estadounidense, Lawrence Kohlberg, propuso una teoría del desarrollo moral en la que en su último estadio, al que aseguraba que solo llegaban algunas personas, el ser humano afrontaba la necesidad de valores universales como la lucha por la justicia, por el bien común o por los derechos colectivos. Más tarde, Carol Gilligan, acertadamente, matizó a Kohlberg introduciendo una visión feminista.

Cada vez que leo a estos tres psicólogos siempre pienso que a lo largo de mi vida he tenido la suerte de encontrarme con mucha gente que transitaba a menudo el vértice de la pirámide o acostumbraban a desarrollar el último estadio del que hablaba Kohlberg. Será por esa cultural necesidad del ser humano de desarrollarse en lo que va más allá de sí mismo, en lo que respecta a su ser social y al alma colectiva que todos y todas tenemos. No abundan demasiado, pero he tenido la suerte de conocer a muchos.

He conocido y compartido mi tiempo con muchas personas que dedicaban su vida a cuestiones que iban más allá de su yo inmediato, de sus necesidades básicas y que afrontaban proyectos colectivos en los que desarrollaban lo mejor de sí mismas, en muchas ocasiones a costa de demasiadas cosas.

Algunas veces eran causas que yo no compartía, o incluso muchas veces pensé que eran verdaderas pérdidas de tiempo, pero tenían en común que iban más allá de sí mismo, del beneficio inmediato y personal, y que siempre requerían de los demás. Los hay que incluso creen, ingenua y equivocadamente, que no están haciendo política, cuando están trabajando por los cambios sociales mucho más que la mayoría de los que se dicen “políticos”. Como llamemos a esas personas que dedican su tiempo y su vida a esos proyectos depende del momento, de la intencionalidad o de lo que queramos destacar. Se les llama voluntarias, militantes, activistas, misioneros, depende de dónde te quieras colocar.

En estos tiempos políticos en los que tratamos de colocarnos en los consensos que comparten las mayorías sociales, no debemos olvidar que esos consensos no son cuestiones estancadas, inmutables ni permanentes. Lo que hoy son consensos sociales, hubo un tiempo que eran resistencias, pequeñas o grandes ideas defendidas por una minoría de activistas, militantes o voluntarios. Como ejemplo, si hoy hay una mayoría de la sociedad que se espanta cuando desahucian a una familia, es porque las condiciones materiales nos acercan a ello, porque las identidades cambian pero, de manera indispensable, es porque hace casi una década hubo un minoritario movimiento por la vivienda que comenzó a trabajar en ello. Si hoy hay millones de personas defendiendo unas ideas, es porque hubo un momento en que un grupo de militantes, activistas o voluntarias, defendieron algo que no era compartido por casi nadie.

Gilligan-Carol

Carol Gilligan

No quiere decir que simplemente por defender de manera abnegada e incasable unas ideas conseguirás que con el tiempo sean compartidas por millones. Nada más alejado de la realidad. Se tienen que dar muchas más condiciones y analizar y actuar estratégicamente, pero la militancia (o como lo queramos llamar), aunque no suficiente, es condición necesaria.

Vivimos en un mundo demasiado veloz, donde nos emborrachan de información fugaz y en ciento cuarenta caracteres, y donde la política se da en una relación que nos coloca en el papel de consumidores y clientes. Nos venden y nosotras compramos cada cuatro años. Si el producto no funciona como se esperaba reclama tus derechos como consumidor, algo que todas sabemos que sirve para más bien poco, y, sobretodo, en la próxima ocasión compra otra marca. Pero compra.

Aspiramos a cambiarlo todo. También esa forma de hacer política. Y para ello nuestro mejor antídoto será recordar al que dedica su tiempo por un objetivo colectivo sin esperar a cambio nada material. Esas personas no deben ser el centro de nuestra actividad, las últimas dos décadas nos enseñaron que había que cambiar las formas estéticas y organizativas, pero que millones de personas sigan ese ejemplo debe ser nuestro objetivo a desarrollar.

Sé que ni el tablero ni las reglas del juego las marcamos nosotros. También sé que el sentido común de la gente lo ha determinado un buen puñado de derrotas de aquellos que queremos cambiar el mundo de base y que las identidades, al igual que los consensos sociales, van cambiando. Pero también hay certezas, hay cuestiones de clase que determinan la realidad y relaciones que son evidentes.

Si nos limitamos a jugar en su juego relativista, a una especie de política-espectáculo, cuando llegue el momento que necesitemos de los que dan su tiempo sin esperar nada a cambio, quizás no estén, y los compañeros de viaje sean otros, y me temo que mucho peores. Hay que aprovechar las rendijas. No hacerlo sería estúpido. No solo estúpido, seríamos responsables de lo que viniera luego, también si dura de nuevo ochenta años. Pero si lo que aspiramos es a cambiarlo todo, pensar en el día después se hace imprescindible. 

En mi vida he conocido muchos de los del poema de Bertolt Brecht, de los imprescindibles. Gente que sacrifican ocio, oportunidades profesionales o relaciones, y que viven sea lo que sea con la pasión de quien sabe que está haciendo algo grande. Aunque a ojos de demasiados sean cosas pequeñas. Las razones, más o menos egoístas, son siempre inmateriales.

Gente que sabe que, como decía Antonio Gramsci, “vivir significa tomar partido”. Que se dejan las horas de sueño y que tienen más dolores de cabeza de los que deberían. Y con esa gente quiero compartir trinchera. No solo con esa gente, pues entonces ni siquiera habría trinchera. Pero yo detesto el relativismo, y no todo vale, sé quiénes son las mejores y las quiero en mi equipo.

Ahora tenemos consenso en que solos no podemos, que solo una mayoría haciendo política conseguiremos cambiar algo. Pero también quiero estar con las que llevan varios años dejándose la piel en tediosas minorías. Porque nada es nuevo, y hoy somos porque fuisteis.

Hace unos años, vi a un amigo que, entre clase y clase, repartía panfletos contra la privatización de la universidad. Un compañero se le acercó y le preguntó: – ¿Por qué lo haces? Él se quedó pensativo y tras unos segundos, como quien se ha quedado sin nada que decir, le respondió: – Porque no puedo no hacerlo.

 

Foto del reportaje: Valencia en blanco y negro.

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Jose Ignacio García Sánchez

Orientador educativo y psicólogo. Activista y miembro de la ejecutiva de Podemos Andalucía.

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