17 de noviembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Se cumple el año tercero del ingreso en prisión de Don Pedro. Don Pedro fue un adelantado a su tiempo, ya que puede considerarse la primera expresión de “populismo de matón y de maratón”. Así, recurría frecuentemente a alimentarse de enemigos externos para afianzar sus postulados (recuérdese el “Cádiz nos roba” como leit-motiv de su actividad política). Y en paralelo, concebía un reino taifa en Jerez sustentado en parte por un pacto de caballeros con don Dinero, y en otra por un matrimonio de conveniencia con el estamento cofrade de la ciudad.

Don Pedro pasó, pero quedó su legado. Su legado en forma de ciudad endeudada hasta el tuétano y de urbanismo insostenible. Para alimentar su megalomanía y la codicia de don Dinero, el exalcalde se sirvió de tecnócratas que blanquearon y amabilizaron sus espurios intereses. Pues bien: esos necesarios colaboradores, esos “tótem” del discurso amable para el modelo fallido, hoy son presentados ante la sociedad jerezana como catalizadores del cambio necesario.

A decir verdad, no se me ocurren peores lazarillos para esta ciega sociedad. El pospachequismo vive y convive con nosotras, tiene poco de rupturista, y es tan larga la factura que nos dejaron a deber en esos restaurantes donde compartían mesa y mantel con griñanes y gañanes, que casi mejor que no vengan a cantarnos milongas sentimentales.

Para colmo de males, Don Pedro nos legó una suerte de perfecto patriarcado, colocado expresamente en puntos estratégicos  del consistorio jerezano, donde manejan a su antojo los recursos municipales para moldear una fiesta como es la Semana Santa y utilizarla como expresión de un nacionalcatolicismo caduco y trasnochado. Los palcos de la Carrera Oficial constituyen así una expresión del posfranquismo, son el retrato en sepia de una España que se fue pero que cuatro patriarcas mal contados han impuesto a esta ciudad, socavando el derecho al espacio público y al libre tránsito, parcelando a su antojo y perpetuando una concepción clasista de una fiesta religiosa pero inevitablemente popular. Y no nos engañemos: esa concepción clasista no es inocente, ya que responde a claves ideológicas, desprende un evidente tufillo conservador y contacta en muchas ocasiones con el reservorio de la ultraderecha jerezana, que buscó refugio en los cabildos de salida y buen cobijo en el Palacio de Bertemati.

Don Pedro dio rienda suelta a estos señores, y ellos se han adueñado de la fiesta y de las calles de la ciudad durante casi 60 días.  Los palcos tal y como hoy en día se conciben responden a ese modelo, el del jerezanito imitador del señorito, el del dandy venido a menos que quiere dejarse ver mientras se levanta al paso del “Señor” como se dejaba ver el gentleman inglés en el hipódromo de Ascot el día que había carreras. Decimonónico en esencia, caduco en formas y contraproducente para el disfrute de una “fiesta de los sentidos” como debe ser la Semana Santa, si se entiende ésta como una manifestación de interés cultural y turístico.

Pospachequismo y Posfranquismo: dos patas para un mismo palco. Culto al tótem y caldo de cultivo para el anquilosamiento “ad eternum” de esta ciudad.

* Las fotografías pertenecen al blog de Jerez Intramuros
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Autor de Carnaval. Participante de los movimientos sociales de barrio.

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