24 de junio del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Cuando uno se hace mayor tiende a pensar que el mundo poco a poco va encajando su caótico devenir en una apacible rutina desprendida de sobresaltos, de imprevistos y conflictos. Así pues, tenemos la tendencia de imaginar el futuro como los últimos meandros navegables de un río que poco a poco se acerca a un mar en eterna calma.

Una esperanza bucólica, sin duda, y de la que despertamos en la medida que observamos cómo la sociedad en la que vivimos es mucho peor de lo que pudimos llegar a imaginar. Nada de lo soñado se hace real cuando llegamos a una edad que antes era ya respetable y que hoy en día es denominada con el palabro “viejoven”, un eufemismo que oculta en su interior la sombra del Síndrome de Peter Pan y que es una de las explicaciones a buena parte de la actualidad en nuestro país. El dominio de las redes sociales ha convertido al ciudadano medio en juez y censor de todo lo que pasa ante sus ojos. En parte no deja de ser algo positivo, pues por fin cualquiera puede opinar y ser escuchado acerca de los temas que más le puedan interesar; por otro lado, pero, la tendencia del individuo a buscar el dogmatismo a empujado a las masas a convertir la opinión en una nueva clase de censura que siempre busca criticar cualquier pensamiento que se aleje de la propia visión del mundo. Eso sería un debate, de vivir en una sociedad intelectualmente sana, pero sólo basta con dar una vuelta por Twitter para ver que en realidad es una pelea sin argumentaciones entre “pros” y “antis” de cualquier aspecto de nuestro mundo.

¿Por qué hay tanta crispación, tanta falta de voluntad por el debate? Es una pregunta de difícil respuesta, y seguramente no exista una completamente satisfactoria; sin embargo, hay pequeñas explicaciones o motivos que fuerzan esta pregunta. Una de ellas es haber confundido u olvidado lo que significa la libertad de expresión: un medio para poder expresar las ideas. Así de simple, decir lo que uno piensa. En la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 19, lo expresa así: Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y de recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión. Por lo tanto, cuando escuchamos una opinión o una idea que no nos gusta, podemos no estar de acuerdo con ella, pero le debemos a esa persona el derecho a expresarlas. A partir de ahí llegaría el debate, la disensión, la oposición dialéctica.

Bien es cierto que en la actualidad hay límites para esa libertad de opinión, y no es otra que la que traspasa la propia frontera de otros derechos humanos. Se pueden decir atrocidades sobre la guerra, la violación, o el maltrato, y como sociedad tenemos la obligación de sancionar esas opiniones, de señalarlas y repudiarlas con todas nuestras fuerzas; en esos ejemplos sí existe la necesidad como sociedad de erradicar en lo posible tales pensamientos. Y en ese punto volvemos a la censura que se vive hoy en día en el mundo, que ha confundido los bordes de la libertad de expresión, estrechando sus límites y reduciéndolo a si no piensas lo que yo creo ya no tienes libertad a expresarte. Lo vemos todos los días en foros de política -si no piensas como uno de derechas no puedes ni opinar, y viceversa-, lo vemos en la cultura -¿cómo puedes opinar de cine si no te gustó El Padrino?-; al final censuramos lo que no nos gusta, aumentando con ello un aislamiento intelectual que a la larga será muy perjudicial.

En los debates, las confrontaciones de ideas, si están dentro de los derechos humanos, han de ser constastadas constantemente en un sano intercambio de argumentaciones, que a la larga no hacen sino que alimentarse de un modo muy positivo. Saber admitir que nuestra opinión puede no ser la correcta, o ser lo suficientemente sabios como para ser flexibles en nuestros pensamientos, nos daría las herramientas como sociedad para alcanzar realmente ese progreso y justicia necesarias para mejorar con el paso del tiempo; pero, como se ha escrito muchas veces, no interesa una masa social con criterio. Y por eso la nueva censura de las redes sociales es el maná inesperado con el que se han encontrado aquellos que quieren permanecer en lo más alto sin sobresaltos.

Los poderosos, aquellos que muchos se niegan a admitir que existen, los que no sabemos como se llaman, ni que negocios tienen. Ellos sí que navegan por meandros pacíficos, mientras los demás sorteamos como podemos las salvajes y peligrosas aguas de la que muchos han venido a llamar la poscensura.

 

La ilustración de portada es de El Mercantil.
The following two tabs change content below.

Alejandro F. Orradre

¿Escritor? || Coleccionista de blurays (480) || Bolaño || Librópata || Miembro de la PAE || Escribo cosas raras en @murraymagazine y @Neupic

Últimas entradas de Alejandro F. Orradre (ver todo)

Tags: , , ,

Participa libremente y desde el respeto. Del debate nos enriquecemos todos.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para ofrecerte una experiencia de usuario óptima. Si sigues navegando estás dando tu consentimiento a nuestra política de cookies.

ACEPTAR
Aviso de cookies