10 de julio del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Hoy leía en Linkedin -la gran red social del mundo laboral- el post de un señor que acababa de decidir, por los motivos que fuese, dejar de trabajar en su empresa. Le unía una relación muy longeva a su empresa, pero como tantas veces, la coyuntura económica, la cultura empresarial, las relaciones humanas dentro de un entorno de trabajo o sencillamente, la vida, terminan truncando lo que muchos años funcionó. Así es este mundo, inclemente, frío, desconsiderado, para bien y para mal.

En un post de carácter emocional, muy bien escrito, hacía balance de su experiencia, aceptaba sus propios errores y pedía una nueva oportunidad: “Si te parece bien, comparte este post para darme visibilidad”. Tras el tono confesional y un perfil sobradamente preparado, una sensación de culpa y disculpa. Culpa por haber perdido el trabajo, disculpa por pedir un altavoz y, encima, tratarse de una persona mayor. Sea como fuere, la construcción del relato laboral siempre termina culpando a los mismos: la parte contratada.

Y ahí estaba él. Considerándose mayor con cuarenta y cinco años. Repito, cuarenta y cinco años, en un país con una esperanza de vida de 80,3 años.

Me pregunto qué clase de país estamos construyendo donde el trabajo fijo es privilegio de unos cuantos.  ¿Los jóvenes? Temporalidad, precariedad o exilio. ¿Las mujeres? Cobran un 30% menos -4745 euros en 2016-, soportan más precariedad y tienen un evidente techo de cristal. ¿Los mayores? Solo pueden acceder al 6,1% de las ofertas de trabajo. No solo el daño es cuantitativo a nivel estadístico, es que el daño que infringimos a las personas que excluimos de la vida laboral a nivel de autoestima es absolutamente irreparable. Que las personas que han soportado y levantado un país mientras tú y yo jugábamos en el patio del colegio, se vean hoy apartadas y ninguneadas ante cualquier dificultad laboral, es una evidencia de los tiempos que corren: solo vales durante tu tiempo de vida útil. Luego, eres pasto del olvido.

A todas las personas que pasan por un trance parecido, que se castigan a sí mismo por el único pecado de ser presos de las casualidades, me permito el lujo de decirle varias cosas:
– Perdón. Perdón por esta sociedad vendida al mejor postor, una sociedad amnésica e irrespetuosa, incapaz de entender que solo podrá descifrar el dónde vamos si entiende de dónde venimos.
– Que nadie te quite la fe en ti mismo. Recuerda cuando eras joven y sufrías un revés. Te levantabas y seguías caminando. Esto es lo mismo, o parecido. Todo aquello lo superaste, y esta situación la superarás de igual manera. Que no venga un país con una clase política corrupta, una corona infame y una patronal explotadora a derrumbar lo más sagrado de este mundo: tu dignidad. Vales mucho más que eso, vales mucho más que ellos.
– Y por último, quizás lo más importante: Gracias. A lo largo de mi vida he tenido muchos, muchísimos trabajos. Qué casualidad que en todos ellos aprendí mucho de los miembros más veteranos de la plantilla. Esa mezcla impagable entre pragmatismo, relativización y sabiduría. Si en algo soy bueno en mi trabajo hoy en día, es gracias a ti, a todo lo que aprendí a tu lado. Gracias por todo lo que me queda por aprender, por dejarme formar parte de tu equipo. Yo sí quiero trabajar contigo. 

 

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.
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