08 de junio del 2018
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Se habrán dado cuenta que varios medios generalistas han comenzado desde hace tiempo una tendencia campaña para deslegitimar el uso y la repercusión pública de las redes sociales. En cabeza, cómo no, El País. Su director David Alandete lleva meses en plena trifulca con los medios de comunicación rusos por lo que él considera un plan orquestado que difunde noticias falsas a través de robots y que pretende influir en la vida política de nuestro país. Nunca han conseguido mostrar estas acusaciones pero siguen produciendo artículos que ahondan en esta idea.

 

 

En la misma línea, se lleva expresando meses el Partido Popular -al que cada vez se parece más El País, y viceversa-, que patalea sobre la injerencia rusa en España, algo que resulta tan surrealista como las explicaciones que dio su diputada Ana Belén Vazquez en el congreso de los diputados.

 

 

El repetido argumento de que los robots y algoritmos manejan el mundo virtual a su antojo, que el odio domina las redes sociales -incluso Jordi Évole le dedica un programa en Salvados–  y que las fuentes de información fidedignas son, únicamente, los medios de comunicación del mass media, comienza a establecerse como eje discursivo de una forma de entender la vida digital. ¿Redes sociales? Sí, pero sólo yo soy quien le saco partido. 

Es curioso como los mismos medios que acuden, día sí y día también, a las redes a nutrirse de contenido, los mismos que usan sus mismas técnicas de difusión, que diseñan campañas de pago de posicionamiento sólo a su alcance, que publican como información lo que es opinión o que incluso llegan a publicar editoriales teñidas de odio, luego den lecciones moral sobre el uso de las redes sociales.

Las redes sociales son como la vida. En ellas, te puedes encontrar de todo. Hay odio, mentiras y violencia… pero también hay amor, solidaridad, asociacionismo y verdad, mucha verdad. Cuando el pensamiento se libera de sus cadenas, suele salir a relucir la verdad. Y la verdad, como la poesía, es un arma cargada de futuro. El hecho de que las redes sociales sean tan accesibles, que multipliquen la visibilidad de los habitualmente ignorados y que se establezcan como canal alternativo de acceso a la información, supone una amenaza para muchos medios que hasta ahora disponían del control exclusivo de la información. Para el poder las redes sociales sólo significan una cosa: Contrapoder.

 

 

De ahí que se esté estableciendo, sin rigor ni pulcritud, un nuevo relato en torno a las redes sociales: Que son exclusivamente una fuente de mentiras y odio. Y no es cierto, en torno a las redes sociales nació el 15-M, nació la primavera árabe, organizaciones como las PAH, plataformas por un nuevo modelo energético, plataforma por una distribución y uso justo del agua, organizaciones contra la precariedad, en defensa de los consumidores, por el futuro de nuestros jóvenes o por la defensa de nuestros mayores. Casi ante cualquier injusticia, se puede encontrar abrigo. Casi cualquier iniciativa constructiva, se encuentra un efecto multiplicador.

Lo que debería ser una discusión en torno a la necesidad de un consenso sobre sus códigos de uso y una legislación que proteja los derechos y deberes de las personas en la red, lo que debería anunciar la necesidad de una pedagogía 2.0 que reconociera al usuario sobre el troll y sus amorales prácticas, se ha convertido en una apelación a la totalidad, con argumentos a menudo tendenciosos y las sombras de la ley mordaza y la censura tras el telón. Detrás del debate sobre la verosimilitud se esconde el temor a la pérdida de poder e influencia, mucho más importante para el director o medio de turno que lo que puedan ser tus derechos. Ojo, porque el mensajero que saca a la palestra la discusión oculta detrás no pocos intereses, muchos de los cuales no tienen nada que ver contigo.

 

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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