20 de mayo del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Hace unos días, supe gracias a las redes sociales que dos chicos famosos sufrieron una agresión homófoba, como intolerablemente muchas otras personas sufrimos a diario en el estado español. Desde aquí, rechazo expresamente cualquier agresión por este y por cualquier otro motivo que tenga que ver con el género, la orientación sexual, la raza o por motivos de clase, así como la que cometen los animales humanos contra los animales no humanos. 

Ahora bien, y digo “ahora bien”, no “pero”: ¿Queréis que os cuente cómo estos dos mismos chicos me amenazaron con despedirme de un empleo en el cuál no tenía contrato ni era remunerado tras la primera semana de trabajo, luego de poner de manifiesto no ya los nulos derechos laborales que se cumplían allí, sino además, las pésimas condiciones laborales específicas de la actividad laboral que estaba desarrollando según mi categoría profesional?

Los hechos, resumidos, fueron los siguientes: después de una semana trabajando en ese proyecto, una semana en la que había gastado dinero de mi propio bolsillo para hacer llamadas de teléfono o gasolina para desplazamientos exclusivamente dedicados a la actividad laboral -para asistir a diferentes localizacionesm prueba de vestuario y maquillaje y peluquería, o sesión de fotografía-, además del coste de la relación laboral estipulada en el convenio audiovisual por el cargo que desarrollaba en dicho proyecto y mi actividad durante toda esa semana como segundo ayudante de dirección, el primer día de rodaje uno de ellos se me acercó cautelosamente delante del resto del equipo de trabajo y me pidió con una sonrisa que lo acompañara para comentarme una cosa.

Acto seguido me invitó a entrar en una habitación, encajó la puerta tras de sí y entonces, ya sin sonrisa en la cara y con el dedo amenazante a media altura, me dijo que si volvía a oír una queja sobre mí y seguía produciendo “mal rollo” (para ser exactos, las personas que se quejaron de mi actitud reclamadora fueron cuatro personas del equipo de producción que mantenían una relación personal y extra laboral con estos chicos, directores del producto audiovisual a rodar, y no ningún miembro de los diferentes equipos técnicos que participan en un rodaje audiovisual como son el equipo de maquillaje y peluquería, vestuario, sonido, cámara, eléctricos, arte o dirección) en el equipo me tendría que despedir, cito textualmente: “si no, mañana no vienes, te despido”,  mientras hacía una pausa dramática mirándome fijamente a los ojos como un pequeño matón de serie española para a continuación marcharse de la habitación. ¿Pero cómo se puede despedir a alguien de un sitio en el que ni siquiera está contratado? Era lo único que pensé en ese momento, y atrapado en esa burbuja de estupefacción, fui incapaz de responder ante el acto tan denigrante al que acababa de ser sometido. Pero no acabó aquí, sino que mientras aún intentaba controlar mi ira y no poner en juego ni mi educación ni mi profesionalidad, se me acercó el otro director no para amenazarme directamente, pero sí a reafirmar las palabras de su compañero de una forma cínica, tras lo cual me encargué de hacer un repaso de todo mi curriculum audiovisual en el que, lo que acababa de ocurrir ese día y con ellos concretamente, se había convertido en el colmo de la explotación y malos tratos laborales. En definitiva, al día siguiente decidí no continuar en ese maravilloso trabajo en tales circunstancias.

No voy a negar que es un hecho que no he podido olvidar, aunque hace ahora casi dos años de aquél suceso y de no ser la primera vez que sufría explotación laboral dentro de la industria audiovisual, pero sí que me amenazaban de una forma tan directa y falta de escrúpulos. Así que, ¿qué tiene que ver todo esto con una agresión homófoba? Nada (o sí, aunque daría más  para un ensayo filosófico que un artículo de opinión). Pero con esta historia lo que pretendo es expresar la distorsión que produce la recreación, por parte del sistema, de nuestros símbolos, referentes, de aquéllas personas a las que les permitimos abanderar cualquier lucha por su posición dentro de los medios de comunicación, a quiénes estamos dejando esos huecos no ya como líderes (concepto que podría cuestionar en otro momento) sino como iconos -de los que no sabemos nada, ya que han nacido en la televisión y no en nuestros espacios comunes- de una lucha que debería ser construida por todos y no recreada por el espectáculo, derivándola en el bucle de la falsa conciencia del buenismo socialdemócrata, en definitiva, el reformismo de siempre, el mejor aliado para los pilares del Capitalismo y la perpetuación de este. ¿Es lo mismo Obama que Malcom X? ¿Es lo mismo Angela Davis que Beyoncé? ¿Es lo mismo Shangay Lily que Javier Maroto? ¿Es lo mismo Berta Cáceres que Al Gore? ¿Qué ocurre cuando se aplaude a un programa de televisión por visibilizar a personas que se encuentran en una situación de discriminación frente a otra parte de la población privilegiada a la vez que reproducen todo el canon liberal?

Lo parecen, pero no es lo mismo.

Estos programas y estos personajes que participan en ellos como profesores y actores principales no reclaman libertad, reclaman liberalismo. Y nos mienten cada día a través de Twitter, Instagram o Facebook, y por supuesto la televisión, porque su verdad no es revolucionaria, está guionizada. La libertad es revolución: no mantener el mismo sistema que os ha puesto ahí, no ser participes de la rueda que pone según el contexto histórico, a unos arriba y a otros abajo. Estos personajes y estas luchas no son más que secuelas del sueño americano en el mini Hollywood patrio. Al igual que esas organizaciones occidentales (por extender la idea) camufladas en el paraguas de la cooperación que impiden la deconstrucción de las identidades establecidas, en los que la teoría queer y la mirada post decolonial, por citar algunos ejemplos, intentan establecer y asentar la búsqueda de lo revolucionario en otras coordenadas geográficas no occidentales, desde  lo personal a lo colectivo.

Reconociendo el feminismo, el movimiento LGTBI, el antirracista, el ecologista y el animalista como motor revolucionario de un futuro que puede ser dinamitado, reconociendo que como expresó Audre Lorde “…debemos pensar, reconocer, visibilizar. Las diferencias no nos separan; es lo que nos permite establecer vínculos afirmativos y creativos, que no escondan ejercicios de poder y de dominación” donde encontrarnos y sobrevivir, ¿por qué no somos capaces de reconocer al enemigo? ¿Por qué no ser capaces de diferenciar a los compañeros de los cómplices,  lo común de lo individual desde el punto de vista liberal? Al igual que un día las personas que trabajaban como figurantes en el mundo audiovisual decidieron integrarse en un sindicato de clase como la CNT para hacerse visible ante esa pantalla del mundo del espectáculo, que no es más que otra industria capitalista pero donde el sistema pone en juego todo sus engaños más deslumbrantes y brillantes, hoy (más que nunca, como siempre se repite) nos toca a todos ser protagonistas de nuestras propias luchas y reconocernos como los únicos merecedores -y con la responsabilidad- del papel principal en el largo camino contra el capitalismo.

 

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Manuel Onetti, 31 de Agosto de 1985, Écija. Escritor y cineasta. He colaborado en numerosos fanzines y revistas digitales así como en varios festivales y muestras audiovisuales. Este año publico mi primer libro de poesía "Sol eléctrico amarillo" con las editoriales Groenlandia y Baile del Sol. Me puedes leer aquí http://estallidoenelsilo.blogspot.com.es y ver aquí https://vimeo.com/manuelonetti

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